Raven (Código Negro 3) Capítulo 5
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Capítulo 5

Claus

El médico familiar de confianza tarda casi una hora en marcharse.

No hace demasiadas preguntas, algo que agradezco más de lo que debería.

Examina las costillas de Eve, limpia correctamente las heridas que yo apenas había logrado contener y termina colocando una venda sobre el corte de su frente.

La fiebre sigue siendo preocupante, pero asegura que no está muriéndose.

Al menos no hoy. Le deja antibióticos, analgésicos y una lista de instrucciones que probablemente ignorará en cuanto abra los ojos, porque incluso inconsciente tiene el aspecto de una mujer que discute con cualquiera que intente ayudarla.

Cuando finalmente se queda dormida, puedo estar un poco tranquilo, al menos un poco después que el médico la revisó.

El calentador portátil mantiene el ambiente agradable, alejando el frío húmedo de la mañana, y varias mantas cubren su cuerpo hasta los hombros.

La venda blanca sobre su frente destaca demasiado sobre su piel pálida.

Ya no parece una desconocida peligrosa encontrada en medio del bosque.

Ahora parece alguien agotado. Alguien que lleva demasiado tiempo peleando sola.

Porque me arrancaré los ojos si esta mujer no vive el peligro cada día y por eso acabó aquí en este lugar.

Sigue sin gustarme no saber quién es.

Que apareciera en mi propiedad.

Y cada respuesta que consigo me deje con más preguntas. Pero eso acabará pronto, soy bueno encontrando a las personas, su pasado, de dónde vienen y quiénes son. Y ahora con un poco de sangre que fue extraída lo sabré muy pronto.

—Eve La Salvaje. Pronto sabré quién eres.

Cierro la puerta con cuidado cuando me marcho.

Ella necesita descansar. Y yo necesito dejar de pensar en ella.

La segunda parte resulta bastante más difícil.

Cuando regreso a la casa, el olor a café recién hecho y tostadas todavía flota en el aire.

La cocina está tranquila. Mi padre ocupa uno de los taburetes junto a la isla central mientras lee algo en una tableta.

Levanta la vista en cuanto entro y la expresión que aparece en su rostro me deja claro que ya sabe que he estado escondiendo algo.

Maldición.

Mi padre es un médico exveterano de guerra, y no es fácil engañarlo, es mi mejor amigo y eso significa que también es un grano en el culo.

Voy directamente hacia el fregadero y empiezo a lavar algunos platos del desayuno.

Es una tarea inútil. Una excusa. Los dos lo sabemos.

Porque tenemos gente que se encarga de eso y como otros cien trabajadores más que mantienen este rancho en orden cuando no estoy. Lo cual es casi siempre.

—Pensé que ese establo no tenía nada que te mantuviera ocupado tan temprano por la mañana.

No respondo inmediatamente. Termino de enjuagar un plato. Lo dejo secando y luego tomo otro.

—No es asunto tuyo, papá.

Mi padre resopla.

—Llama a la policía.

—No.

La policía se la llevaría, y ella está en mi propiedad, por lo cual eso en algún lugar del mundo o solo en mi jodida cabeza, la convierte en mía. De mi propiedad.

Mía.

—No queremos extraños en esta casa. —continúa él.

—Por eso la dejé en el establo.

El silencio dura apenas dos segundos. Después él sonríe. No necesito verlo para saber que está sonriendo. Y esa sonrisa me hace arrepentirme inmediatamente de haber abierto la boca.

—Entonces es una ella.

Aprieto la mandíbula.

—Papá.

—Eso lo hace aún peor.

—No empieces.

—¿Acaso eres un animal? —pregunta, dejando la tableta sobre la encimera—. Encuentras a una mujer herida y la metes en un establo maloliente.

Ni siquiera voy a preguntar cómo sabe que está herida, pero tuvo que haber visto el coche de nuestro médico aparcar enfrente así que no se necesita ser un genio para saberlo.

—Ella no se ha quejado.

—Porque probablemente estaba inconsciente.

—Además, no se quedará mucho tiempo. —Decirlo en voz alta me sabe mal.

Mi padre me observa durante unos segundos.

Llevo toda mi vida viendo esa mirada. Es la misma que utilizaba cuando yo tenía diez años y volvía a casa cubierto de barro después de hacer alguna estupidez.

La misma que utilizó cuando me marché a trabajar a la ciudad.

La misma que utiliza cuando sabe que estoy ocultando algo.

Y peor aún. La misma que utiliza cuando cree que me estoy mintiendo a mí mismo.

—Te conozco, Claus.

Maldición. Ahí vamos.

—Ayudas demasiado hasta que terminas metido en problemas.

—Estoy perfectamente. —Me defiendo.

—Pensé que habías venido aquí a descansar de tu trabajo en la ciudad.

La forma en cómo dice trabajo me sabe amarga, porque sé que no le gusta que sea parte de código negro. Ya es suficiente tener como mejor amigo al jefe de la mafia de Londres como para pertenecer a otra banda criminal.

Pero, aun así, mi padre lo entiende y sabe por qué lo hago.

—Y estoy descansando.

—¿Metiéndote en problemas?

—No es un problema.

—Claro que lo es.

Me apoyo sobre la encimera y cierro los ojos durante un instante.

—Solo es una mujer herida y perdida, papá.

—Las peores historias suelen empezar exactamente así.

—Y las mejores también.

Eso le arranca una carcajada.

—Vaya. Ya la estás defendiendo.

—No la estoy defendiendo.

—Entonces explícame por qué has llamado a un médico privado, has convertido medio establo en una habitación y llevas toda la mañana entrando y saliendo como un adolescente enamorado.

Lo miro.

Mi padre me devuelve la mirada. Los dos sabemos que acaba de exagerar deliberadamente.

—Tienes demasiada imaginación.

—Y tú demasiados años de experiencia metiéndote en líos. Y además soltero, apuesto a que es una mujer hermosa y te ha hechizado como un idiota.

Voy a responder cuando una pequeña voz nos interrumpe.

—¿Es malo meterse en problemas, papi?

Me quedo inmóvil. Lentamente giro la cabeza.

Hazel, mi hija de cinco años está de pie en la entrada de la cocina con un oso de peluche bajo el brazo y el cabello castaño claro completamente despeinado.

Todavía lleva puesto el pijama y me observa con esos enormes ojos curiosos color miel que parecen detectar cualquier conversación interesante a kilómetros de distancia.

Mierda.

Miro a mi padre. Él levanta ambas manos inmediatamente.

—Gracias, papá. —Quiero arrancarle la cabeza.

—No me mires a mí. —se defiende.

—Claro que voy a mirarte a ti.

—Yo no decidí meter un animal salvaje en el establo a escondidas.

Hazel parpadea.

Luego sonríe. Y esa sonrisa me hace presentir problemas.

—¿Tenemos un animal salvaje?

Mi padre tose para ocultar una risa. Yo cierro los ojos.

—No. —me pellizco el puente de la nariz y niego con la cabeza.

—El abuelo dijo que sí.

—El abuelo exagera.

—Mientes terrible —añade mi padre.

—No ayudas.

—Nunca ha sido mi trabajo ayudarte.

Hazel abandona el oso sobre una silla y se acerca a la isla de la cocina con toda la determinación de una niña que acaba de descubrir un misterio.

—¿Es un zorro?

—No.

—¿Un lobo?

—No.

—¿Un oso?

—Definitivamente no.

—¿Un caballo?

—Hazel.

Ella inclina la cabeza.

Pensando. Analizando tocando sus mejillas con sus pequeños dedos, cuyas uñas me hizo pintar el otro día de color rosa.

Mi hija es exactamente igual que su madre. La punzada aparece tan rápido que casi me deja sin aire. Cinco años después y todavía ocurre.

Mi padre lo nota cuando me quedo viendo demasiado tiempo a mi pequeña. Siempre lo nota. Porque sé que en mis ojos ve todavía a mi madre, la que nos dejó hace cinco años también por un cáncer de estómago.

Y es por eso cambia de tema antes de que el silencio se vuelva incómodo.

—Quizá deberíamos preocuparnos más por saber quién es el animal del que te hablé el otro día, que por dónde duerme.

La frase vuelve a tensar el ambiente inmediatamente. Que llame a Eve animal no me hace nada de gracia, es una salvaje, lo sé. Pero es mí Salvaje .

Pero tiene razón. Porque yo también llevo toda la mañana pensando exactamente lo mismo. Y porque, por mucho que intente convencerme de que todo esto terminará en cuanto se recupere, hay algo dentro de mí que no deja de repetir la misma pregunta.

¿Quién demonios es Eve? Y, más importante todavía... ¿Quién demonios la dejó medio muerta en mi bosque?

—Vamos a prepararnos para llevarte a la escuela—levanto a mí hija y le doy un beso en la cabeza mientras me sonríe. —y mientras me dices qué quieres desayunar.

—Quiero mantequilla de maní.

Ruedo los ojos y recuerdo a Eve cómo devoraba el maní en sus dedos cuando comía.

Joder.

…

Mi padre tiene razón, aunque no pienso admitirlo delante de él.

Llevo toda la mañana intentando convencerme de que esto es temporal, de que en cuanto esa mujer pueda caminar saldrá de mi propiedad y volverá a la vida de la que vino.

Sin embargo, cada respuesta que consigo de ella genera dos preguntas nuevas.

No sé quién es realmente Eve. No sé por qué apareció medio muerta en mitad de mi bosque.

No sé quién le hizo esas heridas ni por qué una mujer tan joven habla como alguien acostumbrado a vivir mirando por encima del hombro.

Lo único que sé es que nadie termina en este rincón perdido de Yorkshire por accidente y que, cuando despertó, no parecía preocupada por haber sobrevivido, sino por la posibilidad de que alguien la encontrara.

Y esa diferencia es demasiado importante como para ignorarla.

Mientras Hazel sigue intentando adivinar qué clase de animal escondo en el establo y mi padre me observa con esa expresión de hombre que cree tener razón en todo, una sensación incómoda se instala en mi cabeza.

Porque llevo años trabajando rodeado de mentirosos, criminales, y gente que haría cualquier cosa por dinero.

He aprendido a reconocer el miedo cuando lo veo. La desesperación también.

Y lo que vi en los ojos de Eve esta mañana no se parecía a ninguna de las dos cosas. Se parecía más a alguien que ha corrido durante demasiado tiempo y que, por primera vez, se ha quedado sin lugares a los que huir.

El problema es que todavía no sé de qué está huyendo. Y una parte de mí sospecha que, cuando finalmente lo descubra, desearé no haberla encontrado nunca.