Raven (Código Negro 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Maeve

La comida desaparece más rápido de lo que me gustaría admitir.

Intento mantener algo de dignidad mientras mastico, pero mi estómago parece haber tomado el control de la situación y ya no le importa lo que piense mi orgullo.

Claus permanece sentado frente a mí, apoyado contra una de las paredes del establo con una taza de café entre las manos.

No habla mientras como. Tampoco aparta la mirada demasiado tiempo.

Tiene la paciencia de un depredador. No la de alguien que espera.

La de alguien que sabe que tarde o temprano conseguirá lo que quiere.

Por eso no me sorprende cuando la primera pregunta llega.

—¿Quién te hizo eso?

La pregunta me encuentra con el vaso de leche a medio camino hacia mis labios. Levanto la vista. Claus no parece solo curioso también parece enfadado.

Y eso me desconcierta más de lo que debería.

—Iba caminando y me caí.

Su expresión no cambia. Ni un poco.

—Así que seguirás por ese camino.

—¿Cuál camino? —pregunto.

—El de mentirme en la cara.

Apoyo el vaso sobre mis piernas y sostengo su mirada.

—No estoy mintiendo. Me caí.

Claus asiente despacio.

—Me queda claro que fue una caída.

—Entonces estamos de acuerdo.

—No exactamente.

Se inclina apenas hacia delante. Lo justo para que la conversación deje de parecer una charla casual.

—La pregunta no es si te caíste. La pregunta es por qué caminabas sola por un lugar desconocido, sabrá Dios a qué hora y cuánto tiempo estuviste ahí inconsciente.

No hay nada interesante que ver aquí. Son kilómetros de campo, bosque y ganado.

Mi ganado. Nadie llega por accidente hasta esta parte de Yorkshire.

Frunzo el ceño.

—¿Y cuál es tu teoría?

—Todavía no tengo una.

—Qué decepción. —Me quejo.

—Pero estoy trabajando en ella.

La forma en que lo dice me provoca ganas de lanzarle algo a la cabeza.

—¿Crees que me enviaron a espiarte? ¿Acaso eres un mafioso, Vaquero ?

—Puede que sea algo peor, Salvaje.

—Vaya. Y luego dicen que las exageradas somos las mujeres.

Por primera vez algo parecido a una sonrisa aparece en su rostro, es pequeña pero está ahí. Y por alguna razón me molesta que me guste verla.

—¿Cuántos años tienes? —pregunta, y no sé si debería decirle la verdad.

—Veinte.

Claus suelta una risa baja que no suena a carcajada, es algo peor. Una de esas risas que te hacen sentir insultada inmediatamente.

—¿Te hace gracia?

—No.

—Pues parece que sí.

—Tu edad no me hace gracia.

—Entonces explícate.

Su mirada recorre mi rostro durante un instante.

—Pensé que eras mayor.

—¿Porque estoy herida?

—Porque pareces alguien que lleva demasiadas cosas encima.

Aprieto la mandíbula.

—Gracias por el cumplido. —respondo, con cierto sarcasmo.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

—Te ves mayor de veinte, Salvaje sin apellido.

Hijo de puta.

—Eres tan fácil de odiar, señor Radkle.

—Lo sé.

Da un sorbo a su café.

—Y aun así sigues aquí.

Mi respuesta se queda atrapada en algún lugar entre el orgullo y la realidad. Porque tiene razón. Sigo aquí. Porque no puedo caminar bien, no tengo a dónde ir sin saber quiénes son mis enemigos y aliados, y si salgo ahora mismo de esta propiedad, probablemente termine muerta antes del anochecer.

—No puedo irme todavía, señor Radkle.

La admisión me sabe amarga.

Claus arquea una ceja.

—¿Por qué? —pregunta, y el tono de su voz no debería afectarme como lo hace.

—Solo dame tiempo.

—¿Para qué?

—Te pagaré. —respondo, como último recurso.

Esta vez sí sonríe, y no con amabilidad. Debe de estarse imaginando todo tipo de cosas, pero no creo que sepa que soy la mafia. Es desconfiado, lo suficiente, pero no lo hace con una mujer que se ve frágil y joven como yo. Lo que me hace hacerme mucho tipo de preguntas.

—¿Con qué dinero?

Me quedo callada.

—No llevas bolso, identificación, nada. Eres nada aquí en mi propiedad, Salvaje.

Continúa observándome.

—Tampoco llevas teléfono.

Otro sorbo de café y sus ojos se clavan en los míos.

—No llevas absolutamente nada.

Mi estómago se tensa, porque cada palabra es verdad y es la primera vez  que escucharlo en voz alta hace que todo parezca más real y peligroso.

—Puedo devolverte el dinero cuando me marche.

—Claro.

—Puedo hacerlo. —Insisto, y odio sonar desesperada.

—No he dicho que no.

El silencio se instala durante unos segundos, entonces Claus deja la taza sobre una mesa cercana. Cuando vuelve a hablar, su voz es más grave:

—También podría matarte.

Mi cuerpo se queda inmóvil porque viniendo de él y todo lo que me ha demostrado es únicamente ser un hombre bueno aunque con una actitud de mierda, pero no ha querido hacerme daño.

—¿Qué?

—Podría matarte.

Lo dice con una tranquilidad escalofriante, como si la muerte no significara nada importante para él.

—Nadie sabe que estás aquí.

No aparta la mirada ahora ni siquiera parpadea. Y mi respiración se vuelve más lenta.

—Y estoy bastante seguro de que nadie vendría a buscarte.

El establo parece quedarse sin aire porque le creo, joder, claro que le creo. Este hombre sabe matar. Puedo sentirlo, tiene un aura peligrosa para solo ser un simple vaquero, o ha visto demasiada mierda en su vida como yo en la mía.

Lo veo en sus manos. En sus cicatrices. En la forma en que se mueve. Un vaquero pasa media vida sacrificando animales. Cortando carne, separando huesos. Un cuerpo humano no es tan diferente. De pronto una idea horrible atraviesa mi cabeza.

¿Qué pasa si realmente nadie me está buscando? No es que tenga familia además de la escoria de mi hermano, sé que hay muchos de mis guardias que me son fiel, que me vieron crecer y juraron lealtad.

Pero ¿qué pasa si tiene razón? ¿Qué pasa si todos ya me han dado por muerta?

El último bocado del sándwich se convierte en una piedra dentro de mi garganta. El establo empieza a girar y el calor aumenta.

Demasiado.

Mi piel se vuelve pegajosa y el vaso de leche resbala entre mis dedos y se estrella contra el suelo. El ruido parece venir de muy lejos.

—Mierda. —La palabra se escapa de mis labios.

Intento incorporarme de la cama para limpiar mi desastre pero no lo consigo. Todo se inclina hacia a un lado, o soy solo yo, no lo sé. Pero la visión de vuelve borrosa y entonces estoy cayendo.

Pero Claus es rápido.

Malditamente rápido.

Antes de que toque el suelo, sus brazos ya me rodean.

Me sostiene contra su pecho mientras una oleada de frío recorre todo mi cuerpo por sentir el calor de su cuerpo contra el mío. No debería sentirme así, pero desde que desperté en ese bosque y lo primero que vi fueron sus ojos, no pude ignorar cómo mi estómago se contrajo ante su tacto.

—Joder. —dice.

Su mano sube hasta mi frente.

—Estás ardiendo.

Parpadeo, pero me cuesta enfocar.

—Voy a morir. —En este punto, no sé si soy yo o mi mente jugando conmigo.

—No.

Su voz suena más cerca y dura.

—No en mi propiedad, maldita sea.

Una risa débil escapa de mis labios. O quizá es un gemido.

Ya no lo sé.

—Está bien...

—¿Qué está bien, Salvaje?

Mi cabeza pesa demasiado. Los párpados también.

—Que me dejes morir.

Escucho cómo maldice en voz baja.

—Eve…

—Tienes razón.

Mi voz apenas existe.

—Nadie vendrá a buscarme. Todos creen que morí.

El silencio que sigue dura apenas un segundo, pero se siente eterno.

—¿Quiénes son todos?

No respondo. Porque ya no estoy segura. Porque veo su rostro cada vez más borroso.

Y porque el cansancio y las ganas de morir son demasiado grandes en estos momentos.

—Eve.

La voz de Claus se vuelve más firme.

—Todos…

Trago saliva.

—Todos me quieren muerta.

Sus manos se tensan alrededor de mí. Y ahí está. Su protección no es normal, su forma de estar en guardia tampoco. ¿Quién es este hombre realmente?

—¿Quiénes? —insiste, tomándome del rostro para que me mantenga despierta.

Cierro los ojos.

—Claus...

—Respóndeme, joder.

La orden resuena a través de la niebla que empieza a tragarse mi cabeza.

—No te duermas.

Intento abrir los ojos, responder y decirle que no es tan sencillo. Que hay nombres que no pueden pronunciarse y familias que matan por menos. Que si supiera quién soy probablemente me sacaría de su propiedad y me dejaría en la carretera más cercana.

Pero las palabras ya no salen y lo último que siento es el brazo de Claus sujetándome con fuerza. Hasta que escucho algo parecido al miedo en su voz desde que llegué aquí:

—Maldita sea, Eve. Quédate conmigo.