Capítulo 3 #2
Un segundo está a dos pasos de distancia y al siguiente sus brazos me sostienen antes de que toque el suelo.
Una mano firme se cierra en mi cintura, la otra se coloca en mi espalda con una seguridad que me deja sin aire por razones que no tienen nada que ver con las costillas.
Quedo contra su pecho, rodeada por su calor, por el olor limpio de su camisa, por la fuerza tranquila de un cuerpo que no duda.
Levanto la mirada y él está ahí, demasiado cerca, mirándome con esos ojos grises y fríos detrás de las gafas.
No hay suavidad en su expresión, de hecho, mi cuerpo ha comenzado a temblar.
Y Durante un segundo ninguno habla. Puedo sentir la presión de sus dedos sobre mi cintura, la forma en que contiene su fuerza para no hacerme daño, el leve movimiento de su respiración.
Él puede ver mi cara de cerca, las pecas sobre mi nariz, los ojos verdes que seguramente brillan de fiebre y rabia, el cabello pegado a la piel por la humedad.
Estoy sucia, herida, débil. Qué vergüenza, en otra ocasión hubiera robado su mirada, con otra ropa, en otro lugar, en otra vida.
Debería sentir vergüenza. En cambio, siento algo mucho peor: conciencia. De él. De su tamaño. De su boca. De lo fácil que sería que un hombre como Claus Radkle se convirtiera en otra jaula si una mujer no tiene cuidado.
—Te llevaré a la ducha —dice al fin, bajo, sin apartar la mirada.
La frase me devuelve de golpe a mí misma. Mis dedos se tensan contra su camisa y el orgullo, bendito y maldito orgullo, me sube por la garganta antes de que pueda detenerlo.
—Te dispararé si te atreves a desnudarme.
Claus no se ofende. Tampoco sonríe. Solo baja la mirada un instante hacia mi mano, como si pudiera ver el arma incluso sin verla, y luego vuelve a mis ojos con una calma que me eriza la piel.
—No quiero desnudarte, Eve. Quiero que dejes de llenar de mierda mi propiedad, que te limpies esas heridas antes de que se infecten y que comas algo antes de desmayarte otra vez.
Si necesitas convertir eso en una amenaza para sentir que sigues teniendo el control, adelante, pero no confundas mi paciencia con permiso para jugar conmigo.
La dureza de su voz me deja inmóvil. No me asusta, sino porque desde que desperté alguien me habla como si no le impresionara mi rabia.
Como si no le importara mi apellido, aunque todavía no lo conoce, y si pudiera ver a través de todas las capas que uso para mantener a la gente lejos y encontrara algo debajo que no le interesa compadecer.
—No estoy jugando —respondo.
—Bien —dice—. Yo tampoco.
Me sostiene un segundo más, solo lo necesario para asegurarse de que no voy a caerme, y después me deja sentada en la cama con una lentitud casi irritante.
No me toca más de lo imprescindible. No invade ni siquiera mi espacio.
Y de algún modo eso vuelve la tensión más insoportable, porque sería más fácil odiarlo si lo hiciera.
Sería más fácil meterlo en la misma categoría que todos los hombres que creen que una mujer herida es una mujer disponible.
Pero Claus se aparta, recoge la toalla y la ropa, y las deja a mi lado como si estuviera entregándome herramientas, no favores.
—Hay una ducha en la parte trasera del establo. No es cómoda, pero hay agua caliente. Te llevaré hasta allí porque no puedes caminar sola. Te quedarás vestida mientras pueda ayudarte y después cerraré la puerta. Cuando termines, te cambiarás y comerás. Luego hablaremos.
Lo dice sin preguntarme. La orden cae entre nosotros con una naturalidad que me hace apretar la mandíbula.
Estoy acostumbrada a que me den órdenes.
Mi padre lo hacía todo el tiempo. Mi hermano también.
Los hombres de mi familia creen que proteger significa encerrar, vigilar, decidir por una.
Pero esto no suena igual. Claus no habla como alguien que cree tener derecho sobre mí.
Habla como alguien que está estableciendo límites en su territorio y espera que yo sea lo bastante inteligente para entenderlos.
—¿Y si no quiero hablar? —pregunto.
Sus ojos se fijan en los míos.
—Entonces comerás en silencio y yo haré las preguntas de todos modos.
La respuesta me enciende la sangre. Quiero levantarme, mirarlo desde mi altura, devolverle algo que lo obligue a retroceder.
Pero el cuerpo me traiciona incluso antes de intentarlo.
Estoy pálida, sudando frío, sosteniéndome apenas por pura rabia.
Claus lo ve. Por supuesto que lo ve. Y eso me enfurece aún más.
—No sabes quién soy —digo.
—No —responde—. Pero sé lo suficiente para no creerte inofensiva.
El silencio que sigue es distinto. Porque ahí está la verdad entre los dos.
No soy inofensiva. Nunca lo he sido. Fui criada entre hombres que enseñan a sus hijas a sonreír en público y a disparar en privado.
Sé mentir, aguantar dolor y mirar a alguien a los ojos mientras decido si puede vivir un minuto más.
Y aun así, ahora mismo, sentada en una cama ajena, con un vestido viejo sobre las piernas y el olor de mi comida favorita rompiéndome por dentro, me siento peligrosamente cerca de algo que no puedo permitirme.
—¿Por qué me ayudaste? —pregunto antes de poder evitarlo.
Claus no tarda en responder.
—Porque estabas muriéndote en mi bosque y odio la limpieza de animales salvajes.
Vaya, ¿cree que me hiere?
—Muchos hombres habrían mirado hacia otro lado.
—Yo no soy muchos hombres.
No lo dice con arrogancia. Lo dice como un hecho, y eso lo vuelve peor.
Más difícil de discutir. Más difícil de ignorar.
Lo observo mientras recoge la bolsa vacía, mientras ajusta la chimenea para que el calor no me dé directamente, y evita mirarme demasiado, aunque ambos sepamos que ya lo ha hecho.
Hay atracción ahí. No soy ingenua. La reconozco porque también la siento.
No es dulce ni cómoda. No es algo que invite a acercarse.
Es una corriente baja, tensa, llena de desconfianza, de límites, de cosas que ninguno debería querer tocar.
Claus vuelve a mirarme cuando llega a la puerta que conduce a la parte trasera.
—Vamos.
Miro la ducha, luego la comida, el arma bajo la manta.
Pienso en el bosque, en los hombres que podrían estar buscándome, en mi familia, en mi padre, en el apellido Kavanagh pesando sobre mí como una corona hecha de hierro.
Después miro a Claus Radkle, el vaquero inglés de gafas y tatuajes que no me conoce, que no confía en mí y que, aun así, ha traído calor, ropa limpia, comida y una forma de quitarme la sangre de encima.
Me odio un poco por necesitarlo. Me odio más por querer seguir mirándolo.
—Si intentas algo —digo, aferrándome a lo único que me queda—, te disparo.
Claus se acerca lo suficiente para ofrecerme el brazo, pero no tanto como para tocarme sin permiso. Sus ojos bajan un instante hacia mi boca y regresan a los míos con una lentitud que hace que el aire se vuelva más denso.
—Ya lo sé, Salvaje.
Su voz no es suave.
No es amable.
Pero se me queda en la piel de todos modos.
Y cuando acepto su ayuda para ponerme en pie, cuando su mano vuelve a cerrarse con firmeza alrededor de mi cintura para impedir que caiga, entiendo que la peor parte de todo esto no es el dolor, ni el establo, ni la sangre, ni siquiera las preguntas que vendrán después.
La peor parte es que Claus Radkle no parece el tipo de hombre del que una pueda escapar fácilmente. Y yo, que he pasado toda mi vida huyendo de jaulas, acabo de despertarme dentro de una que todavía no sé si quiero romper.