Raven (Código Negro 3) Capítulo 3
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Capítulo 3

Maeve

Cuando abro los ojos, el dolor me encuentra antes que la memoria.

Durante varios segundos no sé dónde estoy ni cuánto tiempo ha pasado, solo sé que respirar duele, que algo bajo mis costillas late con una violencia insoportable y que tengo la garganta seca, la piel pegajosa y el cuerpo tan pesado como si la noche me hubiera enterrado viva y luego se hubiera arrepentido a medias.

No me muevo. Aprendí hace mucho que el dolor también tiene un idioma, y si una sabe escucharlo antes de desafiarlo, a veces puede sobrevivir un poco más.

Primero inspiro despacio, apenas lo suficiente para llenar los pulmones sin que las costillas terminen de partirse; después abro los ojos del todo y observo el techo de madera, las vigas oscuras, las rendijas por donde empieza a colarse una luz pálida de amanecer.

Son las cinco de la mañana, o algo cerca de eso.

El sol acaba de salir, débil y frío, como si incluso él dudara de querer iluminar este sitio.

Y yo quiero morir, no sin antes matar a quien me tendió una trampa.

El olor llega después y me hace fruncir la nariz.

Heno húmedo, tierra mojada, madera vieja, animales, lluvia encerrada en las paredes y alguna cosa más que prefiero no identificar.

Este lugar apesta a sabrá Dios qué cosa mojada y joder, es desagradable.

Quizá a otra persona le parecería rústico, acogedor incluso, pero yo soy Eve Kavanagh, hija de una de las familias más temidas de Irlanda, criada entre mármol, coches blindados, escoltas armados y habitaciones donde todo olía a flores frescas, jabón caro y dinero limpio.

Nunca he tenido que pedir una toalla. Nunca he tenido que preguntarme si habría agua caliente.

Nunca he dormido en un establo con sangre seca tirándome de la piel, barro pegado al pelo y una pistola escondida bajo una manta áspera.

Soy una princesa de la mafia irlandesa, aunque ahora mismo no parezco una princesa de nada. Parezco lo que soy: una mujer que ha corrido demasiado, que ha caído mal, que ha perdido sangre y que todavía está viva porque el orgullo, a veces, funciona mejor que la suerte.

Intento moverme apenas y el dolor me castiga de inmediato.

Se me corta la respiración, aprieto los dientes y cierro los ojos hasta que la punzada se vuelve soportable.

Tengo costillas rotas. No necesito un médico para saberlo.

También necesito una ducha, ropa limpia, algo para limpiar las heridas y quizá un milagro discreto que me permita salir de aquí antes de que ese vaquero, Claus Radkle decida hacer demasiadas preguntas.

El problema es que no puedo levantarme sin sentir que el cuerpo se me parte en dos.

El otro problema es que, aunque me duela admitirlo, estoy demasiado débil para huir.

Mi mano busca la pistola por instinto y la encuentra bajo la manta, fría, fiel, una pequeña promesa de que todavía tengo alguna clase de control, aunque sea mentira.

Entonces escucho pasos acercándose.

Me quedo inmóvil. No respiro. No parpadeo.

Solo cierro los dedos alrededor del arma y espero mientras los pasos se acercan a la puerta del establo con una calma que no pertenece a un hombre descuidado.

Claus no camina como alguien que entra en un lugar sin saber qué puede encontrar dentro.

Camina como alguien que sabe que el lugar es suyo, que todo lo que pisa le pertenece y que cualquiera que esté dentro tendrá que adaptarse a sus reglas.

Cuando la puerta se abre y la luz gris del amanecer se derrama detrás de él, lo primero que veo es su tamaño.

Lo segundo, sus manos ocupadas. Lleva una chimenea portátil, una bolsa con cosas que no alcanzo a identificar y algo envuelto en tela.

Lo tercero que veo es su rostro, y ahí cometo el error de mirarlo demasiado.

Claus Radkle es el hombre más hermoso que he visto nunca, y odio que mi mente elija ese pensamiento en un momento como este.

Es un inglés fuerte, alto, ancho de hombros, musculoso de una manera que no parece construida para gustar sino para trabajar, para cargar peso, para romper cosas si hace falta.

Tiene tatuajes que asoman bajo las mangas remangadas, tinta oscura sobre piel marcada por una vida que no ha sido suave, y unas gafas que deberían restarle peligro, pero hacen lo contrario.

Un vaquero con gafas. La contradicción debería parecer absurda, pero en él resulta inquietantemente perfecta.

Lo vuelve más serio, más difícil de leer, más maduro.

Debe llevarme diez años, quizá más, y se nota en todo: en la forma de sostener la mirada, en la paciencia fría con la que observa antes de hablar, en esa calma de hombre que ya ha perdido suficiente en la vida como para permitir que una desconocida juegue con él.

No es un chico intentando parecer peligroso.

Es un hombre que no necesita intentarlo.

Entra sin acercarse demasiado a mí, y eso me dice que no es estúpido.

Deja la chimenea portátil a una distancia prudente, se agacha para encenderla y el calor empieza a crecer poco a poco, tímido al principio, luego más firme, extendiéndose por el suelo del establo como una amenaza amable.

Yo no bajo el arma, aunque la mantengo medio oculta bajo la manta.

Él lo sabe. No necesito verla reflejada en sus ojos para entenderlo.

El señor Radkle se da cuenta de demasiadas cosas. Eso lo hace peligroso.

—Vaya —digo, con la voz áspera y seca—. No se te ocurrió traerla anoche.

Claus termina de ajustar la chimenea antes de mirarme. No sonríe. Solo me observa como si estuviera midiendo cuánto dolor puedo soportar antes de quebrarme.

—Lo siento, Salvaje. El servicio a la habitación ya estaba cerrado.

El apodo no suena cariñoso. Suena como una advertencia envuelta en calma, como si para él fuera eso, algo Salvaje y sin rumbo y si hubiera decidido llamarme así porque todavía no sabe dónde colocarme: si en la categoría de víctima, amenaza o problema.

Tal vez en las tres. Yo no respondo porque cualquier frase ingeniosa me costaría más energía de la que tengo.

Además, no hay confianza entre nosotros.

No somos dos personas jugando a provocarse.

Él es el hombre que me encontró casi muerta en su bosque.

Yo soy la mujer que le apuntó con una pistola después de que intentara ayudarla.

Sí, es así como soy.

Claus deja una bolsa sobre una silla vieja y saca un paquete envuelto en una servilleta, un vaso cerrado y algunas cosas de limpieza.

Gasas. Jabón. Una toalla doblada. Algo que parece desinfectante.

Luego coloca un sándwich junto a la leche y el olor llega hasta mí antes de que pueda prepararme.

Mantequilla de maní. Me quedo mirando la comida durante demasiado tiempo, y esa pequeña debilidad me enfurece más que el dolor.

Él no puede saber que es mi favorito. No puede saber que, de niña, cuando me negaba a cenar después de alguna discusión con mi padre, mi madre entraba a escondidas con un sándwich de mantequilla de maní y un vaso de leche como si me estuviera entregando un secreto.

No puede saber que llevo años sin permitirme necesitar nada tan simple.

No puede saber que ese olor me golpea en una parte de mí que creía enterrada.

—Espero que no seas alérgica a nada —dice—. Es mantequilla de maní y leche descremada.

Trago saliva y aparto la mirada antes de que vea demasiado.

Me niego a llorar. Me niego a mostrarle que un sándwich barato en un establo miserable acaba de hacerme más daño que algunas de mis heridas.

Soy Maeve Kavanagh. Las mujeres como yo no se rompen por comida.

No delante de desconocidos. No delante de hombres que miran como si pudieran abrirte en dos y encontrar la verdad bajo las costillas.

—¿Qué más trajiste? —pregunto, obligándome a sonar fría.

—Lo necesario para que dejes de sangrar sobre mis cosas y puedas lavarte.

Su voz es grave, controlada, sin rastro de ternura.

Aun así, coloca todo con cuidado. Eso me molesta.

Me molesta porque no es amable de una forma obvia, no intenta agradarme ni tranquilizarme, pero sus gestos son prácticos, precisos, casi silenciosamente considerados.

Deja una toalla limpia, una botella de jabón de ducha que parece caro, vendas, agua y después sostiene la ropa.

Un vestido sencillo, algo viejo, de tela suave y gastada, junto con unas medias para soportar el frío.

No parece comprado para mí. No parece comprado para nadie en mucho tiempo.

—Es lo único que pude conseguir —dice.

Miro el vestido. No es lujoso, elegante y no es mío.

Y aun así, siento una necesidad casi desesperada de ponérmelo.

No por pudor, sino porque quiero quitarme de encima el barro, la sangre, el bosque y todo lo que ocurrió antes de llegar aquí.

Quiero arrancarme la noche de la piel aunque sepa que algunas cosas no se van con agua.

Intento incorporarme porque prefiero romperme otra costilla antes que pedir ayuda.

El movimiento es torpe, lento, humillante.

Apoyo una mano en la cama, luego otra, intento poner los pies en el suelo y durante un segundo creo que podré lograrlo.

Entonces el dolor sube por mi costado como fuego.

Se me nubla la vista, la respiración se me rompe y el cuerpo deja de obedecerme. Caigo hacia delante sin poder evitarlo.

Claus se mueve rápido.