Raven (Código Negro 3) Capítulo 2 #3
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Capítulo 2 #3

No se mueve. Yo tampoco. El silencio se instala entre nosotros con una facilidad inquietante, llenando cada rincón del establo mientras el viento golpea las paredes de madera y el olor a heno húmedo se mezcla con el de la sangre seca que todavía cubre parte de su piel.

No necesito acercarme ni repetir la amenaza.

A estas alturas no me interesa que confíe en mí.

Lo único que necesito es que entienda la situación en la que está.

Está herida, agotada, sola y en mi propiedad.

Las opciones que tiene son escasas, aunque sospecho que es el tipo de mujer que preferiría lanzarse de nuevo al bosque antes que admitirlo.

La observo con calma. Está sentada en el borde de la cama, intentando mantener la espalda recta a pesar de que cada movimiento parece costarle un esfuerzo enorme.

El arma sigue entre sus manos, pero ya no parece una amenaza real.

Más bien parece una extensión de sí misma, una última barrera entre ella y el mundo.

Sus ojos verdes recorren mi rostro con una intensidad obstinada, como si estuviera intentando decidir si soy peor que aquello de lo que ha estado huyendo, y la idea me provoca una satisfacción absurda.

—No me mires así, no sabes nada de mí, señor Radkle.

Vaya, tiene modales. Aunque la voz le sale áspera, desgastada por el cansancio.

—¿Así cómo? —pregunto.

—Como si ya supieras quién soy.

Una sonrisa apenas perceptible aparece en mi boca.

—No necesito saber quién eres para entender algunas cosas.

—¿Ah, sí?

—Sí. Entiendo que estás viva por pura terquedad. Que llevas un arma incluso cuando apenas puedes sostenerla. Y entiendo que has llegado hasta mi propiedad después de pasar por algo que todavía no estás dispuesta a contar.

La mandíbula se le tensa de inmediato. Ahí está el orgullo.

Lo he visto cientos de veces antes, pero en ella viene acompañado de algo más peligroso.

Algo que sigue luchando incluso cuando el cuerpo ya ha empezado a rendirse.

Lo compruebo cuando intenta levantarse. Apenas logra incorporarse antes de que el dolor la atraviese.

Su expresión se endurece, da un paso inseguro y tiene que apoyarse de nuevo sobre la cama para no caer.

El pequeño jadeo que escapa de sus labios confirma lo que ya sé.

No va a ninguna parte.

—Te vas a caer otra vez.

—No necesito que me cuides.

La respuesta sale inmediata, cargada de rabia.

—Menos mal —respondo mientras doy un paso hacia ella—. Porque no te estoy cuidando.

Su cuerpo reacciona antes que su mente. El arma vuelve a elevarse entre nosotros, aunque esta vez lo hace más despacio.

Más débil. Más consciente de que probablemente no podría dispararme, aunque quisiera.

Me detengo a poca distancia, lo suficiente para sentir su tensión y ver cómo su respiración se acelera.

No la toco. Ni siquiera lo intento. Pero tampoco retrocedo.

—Entonces, ¿qué estás haciendo? —pregunta.

La sostengo con la mirada durante varios segundos.

—Estoy decidiendo qué hacer contigo.

Algo cambia en sus ojos. Rabia. Desconfianza.

Desafío. Todo mezclado en una combinación que resulta tan problemática como atractiva.

Porque debería estar pensando en quién la persigue o en por qué apareció medio muerta en mi bosque.

Debería estar pensando en Hazel y en los problemas que esta mujer puede traer a mi puerta.

Sin embargo, me descubro observando las pequeñas pecas sobre su nariz, el cabello negro cayendo desordenado sobre sus hombros y esa absurda determinación que sigue brillando en ella incluso cuando apenas puede mantenerse consciente.

—Soy un problema para ti desde el momento en que me encontraste —dice.

Suelto una exhalación lenta.

—No. El problema empezó cuando decidí traerte aquí en lugar de dejarte donde estabas.

El arma vuelve a temblar entre sus dedos. Esta vez no por amenaza sino por agotamiento. Y ambos lo sabemos.

Me giro un segundo, lo justo para tomar una manta doblada del respaldo de una silla y tirarla sobre la cama sin suavidad. No es un gesto amable, no intento serlo. Solo práctico. Aquí hace frío por la noche, y si se muere de hipotermia en mi establo no voy a tener la conversación que necesito tener.

—Te quedas aquí —repito—. No sales. No caminas por ahí. Y si vuelves a apuntarme a la cara con esa arma, te aseguro que no vas a tener el lujo de hacerlo una tercera vez.

—¿Y si intento irme? —pregunta, desafiante, aunque la voz le traiciona un poco.

La miro directamente.

Ahora sí doy un paso más cerca, lo suficiente para que entienda la diferencia entre hablar y actuar.

—Entonces no vas a llegar muy lejos —digo, tranquilo—. Y no va a ser el bosque lo que te mate.

Un segundo de silencio.

Ella traga saliva.

El arma sigue en sus manos, aunque no me apunte, es una desventaja, tiene un arma y no sabe usarla, estoy demasiado cerca, si intenta levantarla y dispararme, fallará.

Eso me gusta más de lo que debería.

—Duerme, Eve —añado al final, ya girándome hacia la salida del establo—. Mañana veremos qué parte de tu historia merece la pena creerse.

Y justo antes de salir, sin mirarla, dejo caer la última frase con calma, como si no importara, aunque sí importa:

—Y te advierto algo… aquí no sobreviven los que mienten bien. Solo los que saben cuándo dejar de hacerlo.