Capítulo 2 #2
Al principio la subí a mi caballo. La sujeté por la cintura para evitar que se desplomara cada vez que el animal avanzaba sobre el terreno irregular.
Aguanta más de lo que esperaba. Se mantuvo erguida a pura fuerza de voluntad, aferrándose a la consciencia con una terquedad que empieza a llamar mi atención.
Pero llegó un momento en que su cuerpo dejó de obedecerle.
La noto perder tensión poco a poco, como si cada músculo decidiera rendirse por separado, hasta que termina cayendo contra mí.
No me queda más remedio que desmontar y recorrer el resto del camino con ella en brazos.
No habla durante todo el trayecto. Ni una sola palabra. Pero la siento.
Siento cómo permanece alerta detrás de ese aspecto destrozado.
Cómo lucha por no perder el conocimiento.
En más de una ocasión tengo la impresión de que me observa a través de las pestañas entreabiertas.
Incluso creo que me huele. Como si intentara reconocer qué clase de hombre la sostiene o si soy otra amenaza más de la que debe protegerse.
No pregunta quién soy. No se queja del dolor.
Solo permanece en silencio, vigilándome con una desconfianza que ni siquiera las heridas consiguen apagar.
La sujeto con más firmeza mientras avanzo hacia el establo.
El camino de tierra está húmedo y el viento se cuela entre los árboles, removiendo las ramas sobre nuestras cabezas y arrastrando el olor a lluvia y madera mojada.
Ella apenas pesa entre mis brazos. Es demasiado ligera.
Tan ligera que cuesta creer que todavía siga luchando por mantenerse consciente.
Y entonces vuelvo a sentirlo. El frío del metal. El arma ha vuelto.
No apuntándome directamente como antes. No amenazándome con una verdadera posibilidad de disparar.
Pero tampoco la ha soltado. La presión aparece contra mis costillas cada vez que me muevo, recordándome que incluso al borde del colapso sigue aferrada a esa pistola como si fuera lo único que la mantiene con vida.
Ella es divertida . Pienso para mis adentros, una pequeña mierdecilla herida y todavía tiene el valor de apuntarme con su arma, un arma cara, una que no cualquiera con poder adquisitivo puede permitirse. Ella es alguien, lo puedo oler.
Podría quitársela en cualquier momento. Bastaría con sujetarle la muñeca y arrancársela de los dedos antes de que pudiera reaccionar. Pero no lo hago. Y mientras sigo caminando hacia el establo con esta salvaje en brazos, empiezo a sospechar que ese detalle dice más de mí de lo que debería.
…
Empujo la puerta del establo con el hombro y el olor a heno, cuero y madera vieja nos envuelve de golpe.
Es un lugar simple, limpio dentro de lo posible, con una habitación pequeña que antes usaba el antiguo capataz.
Nadie la usa ya, pero no la he tirado abajo porque en algún momento todo esto fue más grande de lo que es ahora.
La dejo sentada en el borde de la cama unipersonal. Solo la bajo, la estabilizo, y me separo lo justo para poder verla entera. Tiene los ojos abiertos ahora, más claros de lo que esperaba, pero aún con esa capa de niebla encima, como si su cuerpo estuviera aquí pero el resto siguiera huyendo.
—¿Cómo te llamas? —pregunto.
Tarda un segundo.
—Eve.
No cambia nada en su cara cuando lo dice. No hay orgullo, ni miedo, ni intención de impresionar. Solo un nombre usado como si no significara nada.
Repito el sonido en mi cabeza. Eve. Demasiado simple para alguien que aparece sangrando en mi tierra con un arma en la mano.
—Eve —repito, probándolo—. ¿Tienes apellido, Eve?
Su mandíbula se tensa apenas. Lo sabía. No quiere que sepa quién es. Si tan solo supiera quién soy yo, la haría salir corriendo.
—No para ti —responde al fin, seca, cansada—. Solo soy Eve.
Sonrío sin querer. No porque me haga gracia, sino porque es exactamente el tipo de respuesta que da alguien que cree que aún puede decidir qué es y qué no es cuando está rota en medio de un establo ajeno.
Me apoyo contra el marco de la puerta, cruzándome de brazos, mirándola sin esconderlo.
—Bien, Eve la Salvaje … —Dejo que el apodo caiga despacio, con intención, sin suavizarlo— te quedarás aquí. En el establo. En esta pequeña habitación que llamarás palacio, tienes cama, tienes baño, tienes agua caliente si sabes usarla. Y te vas mañana.
Sus ojos se levantan de golpe.
—No —dice, más rápido de lo que debería—. No, por favor. No puedo irme.
Esa frase cambia algo en el aire y no es por el tono, sino el hecho de que no es orgullo lo que la sostiene ahora.
Es necesidad. Y la necesidad siempre complica las cosas más que las armas.
La observo en silencio un momento, midiendo lo que está diciendo sin que ella lo sepa.
No confío en ella. No debería estar aquí.
Está armada. Está mintiendo en algún nivel, aunque todavía no sepa cuál.
Y aun así… mierda, debí dejarla ahí y seguir mi camino.
No, no eres así . Dice la jodida voz en mi cabeza.
—Vas a decirme quién eres —digo al fin, sin subir la voz.
Niega con la cabeza.
—No… no confío en nadie.
Me río una vez, breve, sin humor.
—Vaya —respondo, inclinando apenas la cabeza— tenemos algo en común.
Eso la hace fruncir el ceño. Apenas. Pero lo hace.
Se queda callada unos segundos, como si estuviera decidiendo si seguir luchando o no, y entonces, como si fuera lo último que debería hacer y aun así no pudiera evitarlo, pregunta:
—¿Cómo te llamas?
Ahora sí levanto la mirada del todo.
La observo un segundo más de lo necesario. Yo no debería decirle mi nombre, pero de todas formas aquí solo soy Claus, dueño de Raven Valley y otras propiedades. Respetado y temido del pueblo también, viudo y padre soltero.
—Claus Radkle —digo despacio, sosteniendo su mirada sin el menor interés en apartarla—. Dueño de este rancho... y el hombre que te va a quitar esa arma de una forma muy poco agradable si decides seguir apuntándome.