Capítulo 2
Claus
El aire en Yorkshire Dales siempre tiene algo extraño cuando cae la tarde, como si el mundo se volviera más pesado sin avisar.
No es un silencio real, nunca lo es, pero sí una calma engañosa que te hace bajar la guardia si no sabes leerla.
Por eso mi caballo se detiene antes de que yo le dé la orden, tensando el cuerpo debajo de mí como si hubiera olido algo que yo todavía no alcanzo a ver, los pájaros explotan en el bosque, no cantan, no vuelan en formación, simplemente huyen como si algo los hubiera arrancado del aire.
Me quedo quieto un segundo, escuchando, dejando que el instinto haga su trabajo antes que la mente, y bajo de mi caballo sin prisa, aunque no estoy para nada calmado en estos momentos.
Respiro mientras mi mano roza el arma sin necesidad de sacarla del todo porque ya sé que algo no encaja.
Aquí nunca pasa nada. Esto ni siquiera son senderos para correr, mucho menos para que venga alguien solo a estas horas. Lo único que hay son árboles por todas partes, animales escondidos entre la maleza y quién sabe qué más observándote desde la oscuridad.
Entonces escucho un jadeo rompe el silencio y me obliga a detenerme.
Es un sonido débil, apenas un hilo de aire rasgando la noche, pero suficiente para llamar mi atención.
Frunzo el ceño y avanzo entre los árboles, apartando ramas y maleza mientras sigo el origen del ruido.
Cuanto más me adentro en el bosque, más extraño me parece todo. No debería haber nadie aquí.
Me quedo helado por lo que veo a unos metros más adelante.
Está al borde de una caída irregular del terreno, medio oculta entre la hierba alta, como si la propia montaña hubiera intentado tragársela y hubiera escupido lo que quedaba de ella.
Durante un segundo pienso que es un animal herido.
Un bulto inmóvil, cubierto de tierra y sombras.
Pero cuando me acerco, y me agacho a su lado apartando el cabello corto más negro que la noche que le cubre parte del rostro, y veo que es una mujer.
Una mujer joven.
Demasiado joven para estar sola en mitad de ninguna parte.
La ropa que lleva está rota en varios puntos. Tiene barro pegado a la piel, arañazos en los brazos y una herida sobre la ceja de la que ya no brota sangre, aunque las manchas secas le recorren la sien. Su respiración es irregular, tan débil que por momentos parece olvidarse de seguir viviendo.
No debería tocarla.
No debería involucrarme.
No debería importarme.
Pero antes de que pueda convencerme de marcharme, ya estoy inclinándome más sobre ella. Deslizo una mano bajo su espalda y la otra detrás de su cuello para incorporarla con cuidado, intentando evitar que cualquier hueso roto termine peor de lo que ya está.
Y por un instante me quedo inmóvil. Porque incluso así, golpeada, sucia y medio inconsciente, es imposible no verla.
Su piel es tan blanca que parece desafiar la oscuridad que la rodea.
Sobre sus mejillas y el puente de su nariz descansan pequeñas pecas que le dan un aspecto casi inocente, un contraste absurdo con el estado en que se encuentra.
Tiene el cabello negro, espeso, cortado a la altura de los hombros, desordenado por la caída y cubierto de hojas secas.
Algunos mechones están pegados a su frente por el sudor y la sangre, pero ni siquiera eso consigue ocultar lo hermosa que es.
Sus labios, aunque resecos y partidos, tienen una forma suave que llama la atención de inmediato.
Las pestañas oscuras descansan sobre sus mejillas pálidas y sus facciones poseen esa clase de belleza que no necesita esfuerzo para imponerse.
No es una belleza delicada ni perfecta. Es el tipo de rostro que obliga a mirar una segunda vez.
Mi mirada desciende sin querer.
Es delgada, quizá demasiado para alguien que parece haber pasado por un infierno antes de terminar aquí.
La ropa rota deja entrever una figura esbelta, pero también unas caderas pronunciadas que contrastan con su cintura estrecha que las marcan los jeans oscuros que lleva.
Todo en ella parece fuera de lugar en medio de este bosque.
Como si alguien hubiera arrancado a una mujer de una fotografía y la hubiera abandonado entre árboles y barro.
Es hermosa. Demasiado hermosa para estar sola y algo en el aire no huele bien, algo no está bien y no hablo solo de ella.
Y es entonces cuando lo siento.
El frío metálico contra mi mandíbula. Me quedo completamente inmóvil.
Es el cañón de una pistola.
La mujer que hace apenas unos segundos parecía estar a un paso de la muerte tiene la mano temblando alrededor del arma, apuntándome directamente a la cara. Sus ojos, oscuros y febriles, se abren por completo mientras lucha por mantenerse consciente.
—No… me toques —susurra con una voz rota, apenas audible, aunque el arma no tiembla tanto como debería.
Quizá yo no soy quien corre peligro de morir esta noche. Si continúa apuntándome, sacaré mi arma y le dispararé aquí mismo, no me importa lo hermosa que se vea, no me importa quién sea o quién la busque.
Nadie.me.apunta.con.una.puta.arma.
—Quita tus sucias manos de mi cuerpo —susurra.
La voz le tiembla, pero el arma no tanto como ella cree.
O quizá sí, porque sus dedos no la sostienen con fuerza, solo con orgullo, y eso es lo primero que me llama la atención.
No me aparto, ni levanto las manos, no reacciono como debería reaccionar alguien que tiene una pistola apuntándole a la cara, simplemente la miro desde arriba con calma, y como si la situación no tuviera suficiente peso como para sacarme de quicio.
—Vaya —digo despacio, sin apartar el contacto con ella porque cambiar eso ahora sería absurdo—, si quieres puedo soltarte aquí mismo y dejar que descubras por ti misma qué es lo que vive en estos sitios cuando cae la noche.
No hace falta que lo repita. Lo entiende.
Lo veo en el leve temblor que atraviesa su cuerpo, en la forma en que su respiración se quiebra por un instante y en cómo aprieta la mandíbula, luchando por aferrarse a algo que ya se le está escapando de las manos.
Tiembla entre mis brazos, y no sé si es el frío que se le está metiendo en los huesos, el dolor de las heridas o el miedo lo que está terminando de consumirla. Quizá sean las tres cosas a la vez.
Está demasiado débil para mantener la amenaza.
Demasiado herida para seguir fingiendo que tiene el control de la situación.
Sin embargo, sus dedos continúan aferrados al arma con una determinación casi desesperada.
No la baja. Como si soltarla significara aceptar una derrota de la que jamás podría recuperarse.
Y eso me dice mucho más de ella que cualquier palabra.
Porque la mayoría de las personas, cuando llegan a este punto, se derrumban. Suplican. Se rinden. Buscan a alguien que las salve.
Ella no.
Ella sigue apuntándome aun cuando apenas puede mantenerse consciente. Como si rendirse fuera algo peor que morir. Y la gente así siempre llama mi atención. Porque suelen ser las más peligrosas. O las más interesantes.
—Ayúdame… —consigue decir al fin, casi sin aire.
Ahora sí suena real. Ya no es una orden, ni una amenaza.
Es solo una petición simple. La miro un segundo más, lo suficiente para decidir lo que en realidad ya he decidido desde que la vi, y acerco un poco más su cuerpo al mío para que no se me rompa entre los brazos mientras su arma baja por fin, no porque confíe en mí, sino porque ya no puede sostenerla.
—¿Entonces es así, Salvaje ? —mi voz sale más baja ahora— ¿Apuntar a quien te está sujetando como si eso fuera la mejor idea que has tenido hoy?
Sus ojos se abren apenas más, entonces lo noto el hermoso color verde hoja en ellos, cansados, y rotos de una forma que no encaja con la terquedad con la que aún intenta sobrevivir.
Por un segundo siento cómo tiembla contra mí de verdad, porque su cuerpo ya no le está obedeciendo.
La mantengo firme sin soltarla, sin dar señales de que esto pueda ser algo más que lo que es, aunque en el fondo de mi cabeza ya sé que no voy a dejarla aquí.
—Tranquila —añado al final, sosteniéndola mejor contra mi pecho mientras ajusto el agarre para que no caiga— si hubiera querido hacerte daño, ya estarías muerta.
La pausa que dejo después no es para ella, es para mí, porque cuando baja la mirada apenas un poco, y se detienen en mi boca, me doy cuenta de que el problema no es que la haya encontrado, sino que algo en mí ya ha decidido que no pienso soltarla.
…
No la llevo a casa.
Desde el instante en que la encontré supe que era una mala idea.
De esas decisiones que parecen insignificantes al principio, algo que uno puede justificar con facilidad, hasta que un día descubre que ya es demasiado tarde para deshacer el error.
Hazel está allí. Probablemente despierta todavía, leyendo escondida bajo las mantas o haciendo cualquier cosa que sabe perfectamente que no debería hacer a esas horas.
Y yo no conozco a esta mujer. No sé quién es, de dónde viene ni por qué ha aparecido medio muerta en mitad del bosque.
No lo sé… todavía, pero lo averiguaré. Soy bueno averiguando cosas, incluso aquellas que te harán crear las peores pesadillas cada vez que cierres los ojos.
Lo único que sé es que no la quiero cerca de mi hija.
Y tampoco tengo ninguna intención de explicarle a Hazel por qué llego a casa cargando con una desconocida cubierta de sangre.
Por suerte, el establo está más cerca.