Raven (Código Negro 3) Capítulo 1
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Capítulo 1

No confío en esta reunión.

Lo supe desde el momento en que acepté sentarme con ellos, desde que pronuncié en voz alta que estaba dispuesta a negociar con los rusos como si eso fuera algo normal, como si no estuviera caminando directamente hacia la boca de un animal que no duda antes de morder.

Pero a veces liderar no es elegir lo seguro, sino lo necesario, y desde que mis padres murieron, todo lo que hago lleva ese maldito sello: necesario, no correcto.

Somos los Kavanagh, líderes de la mafia irlandesa y esta reunión no me quebrará.

El coche avanza por una carretera que se estrecha cada vez más, rodeada de campo abierto, sombras largas y ese silencio incómodo que solo existe cuando algo va mal.

No digo nada. Nadie en el vehículo lo hace.

Mis hombres saben leerme, saben cuándo hablar y cuándo quedarse quietos, y ahora mismo lo único que necesito es pensar.

O intentar pensar.

Porque hay algo que no encaja. No es la ubicación. No son los rusos. No es siquiera el acuerdo.

Es la sensación.

Esa que se te mete debajo de la piel y no se va, como si alguien estuviera respirándote en la nuca aunque estés sola. Y algo ya hubiera empezado y tú fueras la única que aún no lo ha entendido.

Y entonces, inevitablemente, pienso en él.

En mi hermano.

Aprieto la mandíbula y giro ligeramente la cabeza hacia la ventana, observando cómo el paisaje se vuelve cada vez más oscuro, más cerrado, como si el mundo se estuviera encogiendo alrededor de nosotros. Me dijeron que estaba en rehabilitación. Que estaba limpio. Que ya no era un problema.

Mentira.

Un hombre como él no deja de ser lo que es.

Solo aprende a esconderlo mejor. Cuando mis padres murieron, todo el mundo esperaba que él tomara el control.

Era el hijo mayor. El heredero natural. El hombre.

Pero también era inestable, cruel, impredecible.

Un arma sin seguro. Y la organización no necesita locura. Necesita control.

Por eso me eligieron a mí.

Leal. Fría. Capaz.

O eso creían. Desde entonces, él me mira como si le hubiera robado algo que siempre fue suyo. O cada decisión que tomo fuera una provocación. Y como si mi existencia fuera el error.

Y ahora… esta reunión en Inglaterra, demasiado sospechoso, no confío en los ingleses y mucho menos en los rusos, pero el maldito Denis Rudenko representa a los suyos aquí, líder de la mafia rusa en inglaterra.

Rudenko quiere nuestras armas, pero a un precio más bajo de lo que está en el mercado, y cuando no se le da lo que quiere tal cual niño mimado, busca joderlo todo, o es lo que me han hecho, he pospuesto esta reunión demasiado tiempo y es momento de salir de este problema de una vez por todas y largarme de esta maldita isla.

Pero esa sensación no se va. Demasiadas piezas encajan mal.

—Estamos llegando —dice uno de mis hombres desde el asiento delantero.

Asiento despacio, sin apartar la mirada de la oscuridad que se abre ante nosotros.

Perfecto.

Vamos a ver quién miente.

El lugar es un descampado rodeado de árboles, lo suficientemente alejado como para que nadie escuche nada, lo suficientemente abierto como para ver venir cualquier problema.

O eso debería ser. Salgo del coche con calma, sintiendo el peso del arma contra mi costado, familiar, tranquilizador.

El aire es frío. Húmedo. Huele a tierra y a algo más… algo metálico.

Sangre. No la veo. Aún no. Pero la huelo. Mis hombres se colocan a mi alrededor, tensos, atentos. Y entonces los veo.

Los rusos.

Demasiados. Muchos más de los que acordamos. Mi pulso no se acelera, pero algo dentro de mí se tensa como una cuerda a punto de romperse. Camino hacia ellos igualmente, porque dar un paso atrás ahora sería admitir debilidad, y eso es algo que no puedo permitirme. No aquí. No nunca.

—Esto no era lo pactado —digo, con voz firme, clara, sin elevarla cuando veo a Denis, lleva un perfecto traje negro a la medida, calvo, bastante atractivo de hecho y lo que es mejor, no me subestima.

—No me voy a disculpar por venir preparado, princesa .

Princesa . Odio esa jodida palabra.

Uno de sus hombres sonríe. Y en ese instante lo entiendo. No hay negociación.

Nunca la hubo.

Todo sucede demasiado rápido después de eso.

Un ruido seco. Un disparo. Luego otro. El aire se rompe en mil pedazos y mis hombres reaccionan, pero ya es tarde, porque ellos estaban preparados y nosotros no.

Me muevo por instinto, saco el arma, disparo sin pensar, sin contar, sin medir. Solo sobrevivir.

Solo salir.

Alguien grita mi nombre, pero no me detengo. No puedo. Si me quedo, muero. Si dudo, muero. Así de simple. Así de claro. Esto fue una trampa y ahora no puedo confiar en mis hombres. Mierda.

Corro.

El sonido de los disparos me persigue, las balas silban cerca, demasiado cerca, y el mundo se convierte en una mezcla de oscuridad, ramas que golpean mi cara, barro bajo mis botas y ese único pensamiento repitiéndose en mi cabeza: traición.

Esto no es cosa de los rusos. Esto viene de dentro. De alguien que sabía y que quería verme caer.

Mi hermano.

Tiene que ser él o Rudenko.

Sigo corriendo hasta que dejo de oír disparos, hasta que el ruido se convierte en silencio, y se vuelve insoportable. No sé cuánto tiempo pasa. Minutos. Horas. Da igual. Mis pulmones arden, mis piernas tiemblan, pero no me detengo.

No puedo.

La noche cae sin que me dé cuenta, envolviéndolo todo en una oscuridad densa, pesada, que lo vuelve todo desconocido. Ya no sé dónde estoy. No reconozco nada. Solo árboles. Más árboles. Y ese frío que empieza a calarse en los huesos.

Un mal paso es lo que me recuerda que quizás sí soy débil y no sé nada del mundo exterior.

El suelo desaparece bajo mis pies y no tengo tiempo de reaccionar, solo de sentir cómo mi cuerpo cae, golpea y rueda.

El impacto me roba el aire, el mundo se vuelve un borrón de dolor y tierra, y cuando por fin dejo de caer, todo se queda en silencio.

Durante un segundo no siento nada.

Luego llega el dolor.

Agudo. Brutal. Me arranca un quejido que no logro contener mientras intento moverme y una punzada me atraviesa el costado, la pierna, no sé dónde empieza ni dónde termina, solo sé que está ahí, que me quema por dentro. Intento incorporarme, pero mi cuerpo no responde como debería.

Mierda.

Respiro hondo, demasiado rápido, intentando mantener la cabeza fría, pero el aire no llega bien, y el mareo empieza a envolverlo todo. Miro hacia arriba, pero apenas veo más que oscuridad y la silueta irregular del barranco por el que he caído.

Estoy sola, herida y perdida. Una risa seca, casi inaudible, se escapa de mis labios.

Perfecto, Maeve. Perfecto.

Intento mantener los ojos abiertos, obligarme a pensar en qué hacer, en cómo salir de ahí, en cómo no morir en mitad de la nada como un animal herido. Pero el cuerpo tiene otros planes. El cansancio, el dolor, la pérdida de sangre… todo se mezcla y empieza a arrastrarme hacia abajo.

Lucho. Juro que lo hago. Pero esta vez no es suficiente. Lo último que pienso antes de que todo se apague… no es en la traición.

—No puedo morir así. —me digo a mí misma, pero no me permito llorar. Ni siquiera lloré la muerte de mis padres, no lloraré ahora, no en el suelo, bañada de mierda y dolor.

No aquí.

No todavía.