Raven (Código Negro 3) Prólogo
2%
Raven (Código Negro 3)

Raven (Código Negro 3)

Por Kris Buendia

© inepub.com

Prólogo

Solo hay una persona en esta vida capaz de detenerme.

Una. Y cuando lo pienso con la frialdad que me caracteriza, con esa parte de mí que no duda en apretar el gatillo cuando hace falta, entiendo que quizá ya he llegado al límite.

Que es momento de hacerlo. De parar. No por redención —no creo en eso—, sino por ella, ella me necesita.

Porque fallarle no es una opción. Antes muerto…

pero tampoco puedo permitirme morir. No cuando todo lo que hago, cada decisión, cada cadáver que dejo atrás, también es por ella.

El motor eléctrico de mi Tesla apenas emite sonido mientras dejo atrás Londres, como si la ciudad, con todo lo que arrastra conmigo, pudiera desaparecer en el retrovisor y dejarme respirar, aunque sea por unas horas.

Podría haber tomado un avión, habría sido más rápido, más eficiente, pero odio los aviones, odio no tener control, odio esa sensación de estar encerrado sin salida.

En una misión es distinto, la adrenalina lo cubre todo, pero hoy no hay misión, hoy solo soy yo, Claus Radkle, treinta y tres años, y una regla que nunca rompí hasta que ella apareció: no dejar que nadie se acerque lo suficiente como para importarme.

Fui al infierno y volví, obtuve mi venganza, pero yo ya estaba muerto por dentro.

Ser parte de Código Negro no ayudó, lo empeoró, porque he visto el infierno caminar entre nosotros con rostro humano, he estrechado manos que deberían haber sido cortadas hace años, he escuchado súplicas que no cambiaron nada y después he apretado el gatillo sin titubear, una bala limpia, directa, el tipo de justicia que no sale en los periódicos.

Eso es lo que me digo para poder dormir, aunque algunas noches ni siquiera eso funciona.

El paisaje cambia sin pedir permiso y sé exactamente dónde estoy incluso antes de ver el cartel: Yorkshire Dales.

El gris desaparece, el aire pesa menos y las carreteras se estrechan entre colinas abiertas que parecen no terminar nunca.

Aquí todo es demasiado limpio, demasiado honesto… demasiado lejos de lo que soy.

Treinta minutos después, el letrero aparece medio oculto entre la hierba alta: Raven Valley. No necesita más. Nunca lo ha necesitado, es todo mío.

Este lugar no es solo un rancho. Es legado.

Los Radkle llevamos generaciones aquí, levantando algo que desde fuera parece simple, casi humilde, pero que en realidad sostiene media región.

Ganado, caballos, tierras que se extienden más allá de lo que alcanza la vista…

y gente. Mucha gente. Familias enteras que trabajan para nosotros desde hace décadas, hombres y mujeres que no son empleados, son parte de algo más grande, algo que mi apellido ha protegido y mantenido en pie mucho antes de que yo naciera.

Somos dueños de media ciudad… pero elegimos vivir aquí. Porque el dinero nunca fue lo importante.

O eso me dijeron.

Reduzco la velocidad y entro por el camino de grava, escuchando el crujido bajo las ruedas mientras las cercas de madera negra enmarcan praderas abiertas donde los caballos corren libres, fuertes, indomables.

A lo lejos se ven los establos, grandes, sólidos, construidos para durar generaciones, y más allá, la casa.

No es una mansión.

Nunca lo fue, y nunca tuvo intención de serlo.

Así lo quiso mi padre, y así se ha mantenido con los años, intacto en lo esencial, como si el tiempo respetara su decisión.

La construyó él mismo hace más de treinta años, con sus propias manos, tabla a tabla, piedra a piedra, rechazando cada sugerencia de hacerla más grande, más imponente, más…

digna del apellido que llevamos. Él no quería una mansión.

Quería algo suyo. Algo real. Un lugar donde el silencio no pesara y las paredes no parecieran observarte.

Decía que el lujo era una forma elegante de mantener la distancia, de recordarte constantemente lo que tienes y lo que los demás no, pero que eso no significaba nada cuando llegaba la noche y te quedabas solo contigo mismo.

Por eso eligió lo contrario. Espacios amplios pero vividos, madera que cruje al pisarla, ventanales abiertos al campo, una cocina que siempre huele a algo caliente, aunque no haya nadie dentro.

Quería un hogar, no un símbolo. Y con eso también muchas habitaciones que nunca llenó.

Porque el dinero puede comprarte tierra, poder, respeto… incluso miedo. Pero hay algo que nunca ha estado en venta.

El calor.

Y mi padre lo sabía. Cuando mi madre murió también.

Aquí crecí.

Aquí aprendí a montar antes que a pelear.

Aquí tuve una vida que no necesitaba sangre.

Y aun así… me fui.

Dejé todo esto atrás porque no era suficiente, porque quería más, porque la calma me asfixiaba más que cualquier avión.

Y fue en esa búsqueda donde encontré el amor y la pérdida.

La venganza gracias a Theron, el jefe de la mafia de Londres, y donde entendí que el mundo no era tan simple como estas colinas, donde entré en Código Negro y dejé de ser solo un Radkle para convertirme en algo… diferente.

Algo peor.

Estaciono frente a la casa y apago el motor, quedándome unos segundos en silencio, observando un lugar que debería sentir mío y que, sin embargo, cada vez me resulta más lejano. Papá lo ha hecho bien en mi ausencia.

Salgo del coche, me coloco los anteojos de montura negra por costumbre y tomo la bolsa de regalo del asiento antes de cerrar la puerta con suavidad. El aire huele a pasto, a tierra, a vida… y por un instante me pregunto en qué momento dejé de pertenecer aquí.

Entonces la veo.

Mi persona favorita en todo el mundo.

La única capaz de desarmarme sin esfuerzo, de reconstruirme incluso cuando no lo merezco. Sale por la puerta y corre hacia mí, y todo lo demás desaparece, como si nunca hubiera existido.

Es por ella.

Por ella sigo metiendo las manos en la oscuridad, asegurándome de que nada de lo que hay ahí fuera llegue hasta este lugar. He visto lo que ese mundo le hizo a Theron, a Max, a Azrael, incluso a Noel… y no voy a permitir que toque esto. Que la toque a ella.

Todo es por ella.

Cada decisión.

Cada bala.

Cada pecado.

Porque ella lo es todo.

Y por eso… no puedo morir.

—¡Papi!