RANGER CREED (Brotherhood Protectors nº 14) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

El refugio estaba ubicado en lo que había sido una granja lechera.

El enorme y viejo granero, donde las vacas iban a ser ordeñadas, había sido limpiado y convertido en viviendas para mujeres y sus hijos pequeños que necesitaban un lugar donde esconderse de relaciones brutales y abusivas.

La fundación estaba financiada por una celebridad que prefería permanecer en el anonimato.

Se rumoreaba que la celebridad había sido en su día una mujer que necesitó ayuda y una casa de acogida donde vivir.

Atendido por psicólogos titulados, trabajadores sociales y especialistas ocupacionales, el refugio estaba allí para proporcionar un lugar donde vivir y para ayudar a las residentes a adquirir nuevas habilidades y, en última instancia, a ser independientes y capaces de cuidar de sí mismas.

También contaban con un abogado para ayudar a las mujeres a conseguir las órdenes de alejamiento, los acuerdos de separación y los divorcios que necesitaban para empezar una nueva vida lejos de situaciones tóxicas.

Cuando llegaron al refugio, Briana aparcó en la entrada trasera, por donde la gente que lo regentaba prefería que entraran las posibles residentes. Aunque estaban en las afueras, cuanta menos gente supiera de las idas y venidas, mejor podían mantener a las mujeres ocultas de sus abusivas parejas.

Tan pronto como pasaron bajo el voladizo, una mujer salió de la entrada con una sonrisa y un gesto de preocupación en el rostro. Empezó a abrir la puerta del copiloto, pero rápidamente cambió y abrió la puerta trasera.

—Hola, soy Sandy. Bienvenida a Serenity Place.

Briana sonrió mientras salía del vehículo y se ponía al lado de Sandy.

—Hola, Sandy. Esta es… Jane y su hija, Jill. Necesitan un lugar seguro donde quedarse.

Sandy extendió la mano.

—Ha venido al lugar adecuado. Aquí somos muy discretos. Nuestra principal preocupación es la seguridad de nuestras residentes, tanto las grandes como las pequeñas.

Alejandra le cogió la mano y dejó que la ayudara a ella y a la bebé a salir del coche.

—Gracias.

En los minutos siguientes, la mujer asignó a Alejandra y a Bella una habitación con una cama de matrimonio, una cuna y un paquete de pañales desechables. Una vez que Alejandra le cambió el pañal a Bella, Sandy las llevó a un comedor donde ayudó a Alejandra a prepararse un sándwich.

—¿Quieres uno tú también? —le preguntó Sandy a Briana.

Ella negó con la cabeza, aunque le rugían las tripas.

—No, gracias. Tengo que volver a la ciudad antes de que se haga mucho más tarde. —Briana abrazó a Alejandra y le deslizó una tarjeta de visita en la mano—. Si necesitas algo, llámame.

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Ya has hecho mucho.

Briana le dedicó una sonrisa amable.

—Nada más que lo que habría hecho cualquiera con un ápice de compasión. Cuídate mucho y cuida de tu pequeña. —Rozó con un dedo la barbilla de la bebé y luego se giró para marcharse.

Sandy la siguió hasta la salida.

—Cuidaremos muy bien de ellas.

Briana se volvió hacia Sandy.

—Está asustada. Por lo que me ha contado, gente muy mala la persigue. El padre de la bebé tiene algunos contactos. Si la encuentran, no será bueno ni para ella ni para la gente que la acoja.

—Ya nos hemos enfrentado a situaciones parecidas. —Sandy le tocó el brazo—. Estaremos alerta.

—Gracias, Sandy —dijo Briana—. Tiene mi número. Lláme si necesita algo o tiene alguna preocupación.

Ella asintió.

—Ten cuidado al volver a la ciudad.

Briana se subió a su coche y se dirigió a Chicago.

Durante todo el camino, pensó en Alejandra y su bebé.

La desesperación en los ojos de la mujer le había llegado al corazón.

Ya había visto esa mirada antes en los rostros de las jóvenes madres que había visitado.

Con demasiada frecuencia, permanecían en situaciones terribles, pensando que no tenían otra alternativa.

Alejandra había dado el paso para alejarse del hombre que las había amenazado a ella y a su hija.

Se necesitaba mucho valor para dejar a un hombre maltratador.

Lo menos que se merecía era un lugar seguro donde esconderse hasta que pudiera recuperarse, quizá cambiar su identidad y empezar una nueva vida en otro lugar.

De vuelta en su apartamento, Briana subió las escaleras hasta el segundo piso y entró.

—¿Eres tú? —gritó su compañera de piso, Sheila Masters, desde la cocina.

—Soy yo —respondió Briana mientras dejaba las llaves en la mesa de la entrada.

—Llegas tarde a casa. ¿Tenías una cita interesante? —Sheila salió de la cocina y le entregó a Briana una copa de vino.

—Eres un regalo del cielo —dijo Briana, aceptando la ofrenda con un profundo suspiro—. Necesito esto y un largo baño de agua caliente.

—Pues adelante. Yo estaré aquí viendo la tele. He tenido un día muy ajetreado en la oficina. He tenido que formar a la nueva. —Llevó su propia copa de vino hacia el salón, hablando mientras caminaba—. No sé por qué siempre me toca a mí formar a los nuevos.

—Porque tienes más paciencia que nadie en esa oficina. ¿Quién más podría hacerlo?

Sheila se giró, con los labios fruncidos.

—Tienes razón. Sherry tiene muy mal genio, Lana está demasiado metida en lo suyo y Trent está demasiado ocupado para formar a nadie.

—Lo que te deja a ti. —Briana le tocó el brazo a su amiga—. Por eso te quiero tanto. Eres la mejor amiga que una chica puede tener. Y tienes la paciencia de escucharme despotricar todos los días.

—Tía, no sé cómo lo haces. Yo estaría hecha un manojo de nervios todos los días. —Sheila la abrazó—. Venga, date ese baño. Estaré aquí fuera.

Briana asintió, demasiado cansada para pensar más allá del baño y el vino. Tomó un sorbo.

—Saldré en un rato.

—Tómate tu tiempo. Veré las noticias hasta que salgas.

Una vez en el dormitorio, dejó el bolso en la mesilla de noche, sacó el móvil y comprobó si tenía alguna llamada perdida. Ninguna. Con suerte, Alejandra y Bella se estarían instalando en el refugio.

Briana sabía que estaba demasiado somnolienta para darse un baño largo y caliente.

En lugar de eso, optó por una ducha rápida y caliente, más interesada en el vino y en poner los pies en alto que en quedarse dormida en la bañera.

Después de la ducha, se secó, se puso unos leggings y se estaba poniendo la camiseta por la cabeza cuando oyó un fuerte estruendo procedente de la otra habitación.

Acababa de salir del baño para entrar en su dormitorio cuando oyó gritar a Sheila.

El corazón se le aceleró y se le cortó la respiración mientras corría por su dormitorio. No había cerrado la puerta del todo antes. Cuando fue a coger el pomo, la mano se le quedó paralizada.

A través de la rendija, vio a un hombre con un pasamontañas de pie sobre el cuerpo desplomado de Sheila. Tenía una pistola en la mano con un silenciador acoplado al cañón.

Sheila yacía inmóvil en el suelo, con los ojos abiertos, y un líquido rojo se acumulaba bajo su brazo.

Por favor, que sea vino.

La mirada de Briana se dirigió a la mesa de centro, donde la copa de vino de Sheila, aún llena, seguía sin terminar. Se le encogió el corazón.

El hombre empujó a Sheila con la bota.

Ella no se movió, no parpadeó sus ojos muy abiertos. Sheila yacía tan quieta como la muerte.

Briana se tragó con dificultad un gemido que le subía rápidamente por la garganta y se apartó de la puerta.

Miró hacia la ventana y negó con la cabeza.

Nunca podría salir por ella sin que el hombre la oyera, y la caída de dos pisos podría provocarle huesos rotos o la muerte.

El cuarto de baño estaba descartado. Miraría allí después.

Sin ningún otro sitio adonde ir, Briana cogió el móvil de la mesilla de noche, se tiró al suelo y se deslizó debajo de la cama.

Marcó el 112 y rezó por una respuesta rápida, apretándose el teléfono contra la oreja.

Se oyeron pasos que se dirigían al otro dormitorio, desvaneciéndose a medida que se alejaba.

—Ha llamado al 112. Indique cuál es su emergencia.

—Le han disparado a mi amiga —susurró.

—¿El tirador sigue ahí? —preguntó la operadora.

Los pasos se hicieron más fuertes a medida que se acercaban a su dormitorio.

—Sí —susurró Briana y dio su dirección—. Deprisa, por favor. —Terminó la llamada, puso el teléfono en silencio y se quedó quieta, con la mirada fija en la puerta mientras se abría.

Botas negras y pantalones negros era todo lo que Briana podía ver del hombre mientras entraba en la habitación, se dirigía al baño privado y abría la puerta de golpe.

Briana observó cómo desaparecía por la puerta. Oyó el sonido de las anillas de la cortina de la ducha rozando la barra metálica. Las botas reaparecieron y se detuvieron junto a su cama. Las piernas del hombre se flexionaron y sus talones se levantaron como si se estuviera agachando.

Con el corazón desbocado, Briana se deslizó silenciosamente por el suelo hacia el otro lado de la cama.

El leve sonido de una sirena ululó en la distancia.

Las piernas se enderezaron y las botas lo llevaron fuera de la habitación. Un instante después, el silencio reinó en el pequeño apartamento de Briana. Permaneció tumbada un largo momento, contando los segundos desde la última vez que oyó el sonido de los pasos.

Durante todo ese tiempo, Briana se preocupó por su amiga Sheila. ¿Seguiría viva? ¿Esa sangre era solo de una herida superficial? ¿Debería salir de debajo de la cama y averiguarlo?

Finalmente, Briana salió rodando de debajo de la cama por el lado más alejado de la puerta.

Gateó por la alfombra y atisbó por la puerta abierta del salón.

Sheila yacía donde Briana la había visto por última vez.

Sus ojos seguían abiertos, su rostro pálido, la sangre bajo su brazo formando una mancha oscura en la alfombra de pelo blanco que habían comprado juntas la primavera pasada.

Briana miró hacia la entrada. La puerta de su apartamento estaba abierta, el marco partido como si alguien la hubiera reventado de una patada.

Nada se movía. No se oían pasos en el suelo de baldosas de la entrada.