RANGER CREED (Brotherhood Protectors nº 14) Capítulo 1
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Capítulo 1

Briana Hayes se acomodó la bandolera de cuero, apoyándose la correa en el hombro mientras bajaba por la escalera del destartalado edificio de apartamentos.

El día había sido largo y deprimente. Ya había estado en seis casas distintas.

Dos de los padres de niños pequeños la habían amenazado.

Un niño tuvo que ser apartado de su hogar y entregado a una familia de acogida después de que la pareja de la madre lo quemara repetidamente con un cigarrillo.

Había días en los que Briana odiaba su trabajo como funcionaria de protección de menores del estado de Illinois.

La mayoría de los días era consciente de la importancia de su labor.

Su prioridad era la seguridad de los niños.

Por suerte, el último hogar había sido uno en el que la madre parecía estar enderezando su vida por el amor que sentía por su hija.

Debido a su drogadicción, el estado le había quitado a su pequeña.

Tras un tratamiento de desintoxicación, había encontrado trabajo, había demostrado que podía mantenerse a sí misma y a la bebé, y había recuperado la custodia.

Briana rezaba para que la mujer no recayera en sus viejos hábitos.

La niña necesitaba que la criara una madre en condiciones.

El sol se había puesto tras las azoteas de los edificios circundantes, sumiendo las calles y los callejones en la penumbra. Un viento gélido arrastraba nubes de un gris oscuro por el cielo. El olor a humedad en el aire prometía lluvia. Pronto.

Briana aceleró el paso y pasó de largo un callejón de camino al aparcamiento donde había dejado su pequeño y anodino sedán de cuatro puertas.

Un sollozo captó su atención y redujo la marcha.

Echó un vistazo al oscuro callejón y un escalofrío de aprensión le recorrió la espina dorsal.

Esa parte de Chicago no era la más segura para andar por ella después del atardecer.

Aunque no quería quedarse por allí mucho tiempo, no pudo ignorar el segundo sollozo.

—¿Hola? —dijo en voz baja.

Los sollozos se hicieron más frecuentes y el llanto de un bebé se sumó a la angustia.

A pesar de la preocupación por su propia seguridad, Briana se adentró en el callejón. —¿Oye, qué pasa? ¿Puedo ayudarte?

—No —susurró una voz de mujer—. Nadie puede. —Aunque hablaba un inglés perfecto, su voz tenía un ligero acento hispano.

Briana entrecerró los ojos, tratando de distinguir formas en las sombras. Una figura estaba sentada, encorvada, con la espalda contra la pared y sosteniendo un pequeño bulto.

—Dime qué te preocupa. Quizá pueda ayudarte.

—Briana se acercó con cautela, buscando más allá de la figura encorvada por si había una posible trampa.

Cuando nada más se movió en la oscuridad, se agachó junto a una mujer menuda que llevaba un suéter negro y una capucha que le cubría el pelo.

La miró, con los ojos enrojecidos y lágrimas que habían dejado surcos en el rímel de sus mejillas.

La bebé que tenía en brazos gimió.

—¿Cómo te llamas? —preguntó Briana.

—No puedo. —Los hombros de la mujer se hundieron.

—Me llamo Briana —dijo—. Solo quiero saber tu nombre.

Durante un largo momento, la joven madre vaciló. Luego, en un susurro, dijo:

—Alejandra.

—Es un nombre bonito —dijo Briana, con el tono que usaba cuando quería calmar a alguien que estaba angustiado—. ¿Y la bebé?

La mujer sonrió al mirar a la pequeña que tenía en brazos.

—Bella.

—Es preciosa. —Briana no podía dejarlas solas en el callejón—. ¿Necesitas ayuda para volver a casa?

Ella negó con la cabeza.

—No puedo ir allí.

—¿Alguien te ha hecho daño? —preguntó Briana, sacando el móvil del bolsillo—. Puedo llamar a la policía. Podemos hacer que lo detengan.

—¡No! —La mujer extendió la mano y agarró a Briana por la muñeca.

La alarma recorrió a Briana. Instintivamente, retrocedió.

La mujer se aferró con fuerza a la muñeca de Briana, sujetando a la bebé en el hueco del otro brazo.

—No llames. No puedo… No puede saber dónde estoy.

—Si te está amenazando, tienes que informar a la policía —insistió Briana, liberando su muñeca de la mano de la mujer—.

Pueden dictar una orden de alejamiento contra él.

—Cuando la mujer miró por encima del hombro de Briana, esta también se giró.

Una pareja pasó por la entrada del callejón sin detenerse.

—¿Tienes miedo de volver a casa? —preguntó Briana.

—No tengo casa. —La madre soltó el brazo de Briana y se inclinó sobre su bebé, sollozando—. Hizo que la quemaran hasta los cimientos.

Briana se quedó boquiabierta.

—Entonces tienes que ir a la policía.

Ella negó con la cabeza.

—No pueden detenerlo. Ni siquiera vive en este país.

—Entonces, ¿cómo…?

—Tiene gente —dijo—. En todas partes.

Briana se arrodilló a su lado.

—¿Por qué te está haciendo esto?

La mujer levantó la vista de la bebé que tenía en brazos y miró a Briana.

—Quiere a mi hija. No parará hasta que la tenga.

Briana estudió a la mujer y a la niña mientras caían las primeras gotas de lluvia.

—No podéis quedaros aquí fuera. Tú y la bebé necesitáis un refugio. —Extendió la mano—. Ven. Podéis quedaros en mi apartamento.

—No. —Alejandra se encogió contra la pared, acercando a la bebé a su cuerpo—. Es demasiado peligroso para ti.

—Me arriesgaré —la tranquilizó Briana.

—No. No te haré eso. Matará a cualquiera que interfiera en su intento de llevarse a mi hija.

—¿Es el padre? —preguntó Briana.

A Alejandra se le escapó un sollozo.

—Sí. Lo es. Pero es un hombre muy malo.

—¿En qué sentido?

—Es El Chefe Diablo —susurró Alejandra—. El jefe del Cártel de Tejas de El Salvador.

Aunque la palabra «cártel» le provocó un escalofrío, Briana no pudo ignorar las necesidades inmediatas de la mujer y la niña.

—Me da igual si es el jefe de la CIA o de la mafia rusa, tú y Bella no podéis quedaros aquí bajo la lluvia.

Si no es por ti, tienes que encontrar un verdadero refugio para la bebé.

—De nuevo, le tendió la mano—. Ven conmigo.

Si no quieres quedarte conmigo, encontraremos un lugar seguro y anónimo para que os alojéis.

Alejandra negó con la cabeza.

—Cualquiera que me ayude se pone en peligro.

Briana apretó la mandíbula.

—Insisto, me arriesgaré. Y conozco un lugar donde no os encontrarán. Es un refugio de mujeres de gestión privada donde no registran nombres ni hacen demasiadas preguntas.

Alejandra levantó la vista, parpadeando mientras la lluvia le caía en los ojos.

—¿No tendré que decirles quién soy?

—No —le aseguró Briana. Volvió a tenderle la mano—. Vamos. Te llevaré allí.

La mujer abrazó a su bebé con más fuerza.

—¿Tú… tú… no trabajas para él, verdad?

—¿Qué? —Briana frunció el ceño—. No. Por supuesto que no.

Mi trabajo es ayudar a los niños. Tu bebé necesita protección contra la lluvia.

Tú necesitas protección contra el mal tiempo.

Si no vienes conmigo, no puedo dejarte. Tendría que quedarme aquí contigo.

—Le dedicó una sonrisa torcida—. Entonces acabaríamos las tres caladas y heladas.

—Siempre me encuentra. No importa adónde vaya. —Alejandra cogió la mano de Briana y dejó que la ayudara a levantarse—. No puedo escapar de él.

—Te llevaremos al refugio. Nadie más tiene por qué saber dónde estás. Solo tú, yo y la pequeña Bella.

—¿Y la gente del refugio? —preguntó.

—No sabrán quién eres. Puedes decirles que te llamas Jane Smith.

Alejandra enarcó las cejas.

—¿No me pedirán ninguna identificación?

—No. Incluso han ayudado a inmigrantes que no tenían adónde ir. —Briana le pasó un brazo por los hombros y la ayudó a llegar a su coche—. Venga. Sube a mi coche. Puedo poner la calefacción. Entraréis en calor en un periquete.

Briana ayudó a Alejandra y a la bebé a subir al asiento trasero del coche.

—Espera. Tengo una manta en el maletero. —Rodeó la parte trasera del vehículo, abrió la tapa del maletero y buscó en el fondo, donde guardaba una manta, un osito de peluche y botellas de agua. Cogió lo que necesitaba y cerró el maletero.

Alejandra se había abrochado el cinturón y se había levantado la camisa para que la bebé pudiera tomar el pecho.

Briana les echó la manta por encima, le dio a la mujer la botella de plástico con agua y dejó el osito de peluche a su lado.

—El refugio está a unos treinta minutos de Chicago. Será mejor que te acomodes para el viaje.

Alejandra asintió y reclinó la cabeza en el reposacabezas.

—Gracias. —Cerró los ojos, con el brazo firmemente pegado a la bebé que mamaba de su pecho.

Briana se subió al asiento del conductor, metió la marcha y salió de Chicago hacia el refugio que sabía que no recibía ayuda del gobierno y que, por lo tanto, no se regía por todas las comprobaciones de antecedentes o requisitos de identificación.

Alejandra y Bella estarían seguras allí.

Una vez que las hubiera instalado, podría volver a su apartamento, sabiendo que las dos estaban a salvo y a resguardo del mal tiempo, al menos por esa noche.

El tráfico para salir de la ciudad era denso. Finalmente, se desvió de la autovía principal para tomar una secundaria y, a continuación, una carretera comarcal de la Illinois rural.

Una mirada al retrovisor hizo sonreír a Briana.

Alejandra, con Bella en brazos, dormía, su rostro cansado en paz, a excepción del ceño fruncido.

La esposa o novia del líder de un cártel de la droga…

Briana se había topado con mujeres que huían de narcotraficantes, mafiosos o miembros de bandas.

Todas estaban aterrorizadas de que las encontraran, de que les quitaran a sus hijos o los asesinaran.

Sus miedos tenían un fundamento real. Briana había presenciado las secuelas de la venganza de un pandillero, y el recuerdo todavía la atormentaba.

Le resultaba incomprensible que un hombre pudiera asesinar a una mujer y a un niño por puro odio.