RANGER CREED (Brotherhood Protectors nº 14) Capítulo 6
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Capítulo 6

Rebecca se inclinó hacia delante, rodeó a Lani con los brazos y la abrazó con fuerza. —Os deseo una vida maravillosa juntos. Te mereces ser feliz.

—Gracias, Rebecca. —A Lani le ardían las mejillas. Odiaba mentirle a Rebecca sobre su compromiso. La mujer era su amiga y se merecía toda la felicidad que les estaba deseando a ella y a Zach—. Tú también te mereces lo mismo.

Rebecca se rio y miró a Zach. —¿No tendrás un hermano por casualidad?

Zach se encogió de hombros. —Lo siento. Soy hijo único.

—Por preguntar que no quede —dijo Rebecca—. Que paséis buena noche.

—Ten cuidado —dijo Lani—. Que alguien te acompañe al coche al salir del trabajo y no pares a recoger a nadie en la carretera.

Rebecca frunció el ceño. —¿Crees que podría ser un objetivo?

—Todavía no hemos encontrado al asesino —dijo Lani—. Le aconsejaría a todo el mundo que hiciera lo mismo. Hasta que lo encontremos, no os fiéis de nadie.

La camarera asintió. —Odio que tengamos que ser tan desconfiados.

Lani le apretó el brazo a Rebecca. —Yo también. —Recogió las dos cajas de comida y se giró hacia la puerta.

Zach le pasó un brazo por la cintura a Lani y la guio hacia la salida.

Le gustaba que el brazo de él a su alrededor se sintiera tan natural y excitante al mismo tiempo. Se descubrió deseando que de verdad sintiera eso por ella y que continuara rodeándola con el brazo, pero porque quisiera hacerlo. No porque fuera parte de su tapadera.

Fuera, él le abrió la puerta del copiloto de su camioneta y le cogió las cajas. Una vez que ella se hubo subido y abrochado el cinturón de seguridad, le entregó las cajas.

—Tenemos tiempo de sobra para llevar esta comida a mi casa —dijo Lani.

Zach se marchó del restaurante y empezó a girar en dirección a casa de Lani, en la esquina sur del pueblo.

—Antes de ir a mi casa —dijo Lani—, pasémonos por el almacén abandonado. Quiero ver si hay alguien escondido por allí.

—¿Te refieres a Mark? —preguntó él.

Lani suspiró. —O a cualquiera. No sabemos si Mark es el asesino. Pero me gustaría mucho hacerle preguntas sobre con quién podría haber tenido contacto Ben.

—¿Por dónde? —preguntó Zach.

Ella giró la cabeza hacia la derecha. —Tira hacia el norte.

Zach se incorporó a la calle principal, atravesando Browning en dirección al norte.

Lani escrutaba las calles, buscando en los rostros de la gente que estaba en las esquinas, sentada en sus porches o paseando en el atardecer mientras el sol se hundía tras los picos de las montañas en la distancia.

Debería haber sido una estampa de una vida idílica.

En cambio, intentaba ver más allá de sus miradas o sus saludos despreocupados.

¿Sería uno de ellos el asesino, escondiéndose tras una fachada amable?

—Odio pensar que cualquiera de ellos podría estar sonriendo mientras planea la muerte de su próxima víctima —murmuró Lani.

—Hasta que encontremos al asesino, tienes que pensar así. Si no lo haces, podrías ser la siguiente de su lista.

Lani asintió. —Lo sé. Y me mantengo alerta.

Pero no tiene por qué gustarme tener que tratar a cada persona del pueblo como un posible asesino.

—Le miró—. Quiero decir, ¿y si fuera Rebecca o Lou?

Me sorprendería tanto como a Ben y Tyler.

He visto sus cuerpos. Ninguno de los dos tenía heridas defensivas en las manos o los brazos. No sabían que estaban a punto de morir.

—Dudo que fuera Rebecca. Aunque parece estar en buena forma física, no podría haber subido a Ben o a Tyler a un vehículo, y luego haber cargado con Tyler por las escaleras de una caravana para deshacerse de su cuerpo.

—Cierto. Pero Lou es lo bastante fuerte para hacer todo eso.

—Negó con la cabeza—. Es que no me imagino a algunas de estas personas siendo lo bastante crueles como para matar.

La mayoría solo intentan ganarse la vida a duras penas para alimentar a sus familias.

—Levantó una mano—. Y antes de que preguntes, tanto Tyler como Ben todavía tenían las carteras en los bolsillos, con todo el dinero y las tarjetas de crédito intactos.

Los labios de Zach se crisparon. —No iba a preguntar. Pero gracias. Al menos, ahora, no tengo que planteármelo.

—Lo siento. —Le dedicó una sonrisa torcida—. A veces, me adelanto y anticipo las preguntas. —Miró a la carretera—. Gira a la izquierda aquí.

Él tomó el desvío y condujo varias manzanas. La carretera terminaba en un almacén abandonado de dos pisos de altura. Parte del revestimiento exterior había sido arrancado, y varias láminas del techo de metal o bien faltaban o bien estaban levantadas por el viento.

—Algunos de los materiales del edificio han sido retirados por gente que vive en la reserva para parchear las paredes exteriores de las casas en las que viven —explicó Lani—.

El consejo de la reserva hizo construir una valla alrededor del lugar para mantener a la gente fuera porque era demasiado peligroso.

Y era menos caro levantar la valla que derribar el edificio.

—Señaló con la cabeza un hueco en la valla—.

Las vallas no siempre impiden el paso a la gente.

Zach puso la camioneta en punto muerto.

Lani dejó las cajas de comida sobre la consola y se bajó de la camioneta, encontrándose con Zach frente a la barrera que tenían delante. Se coló por el boquete que alguien había hecho en la valla metálica y caminó hacia el almacén.

Zach se agachó para pasar por la valla y la alcanzó, sacando su pistola de la funda que llevaba bajo la chaqueta. —Esto no me gusta nada.

Lani desenfundó su arma mientras se acercaba al edificio. —No tienes por qué entrar. Solo quiero ver si alguien ha estado viviendo aquí de okupa o está usando el edificio para vender drogas.

—¿Dejo que entre yo primero…? —preguntó él.

—Soy una agente de la ley bien entrenada. Puedo encargarme de esto —insistió ella.

—Me contrataron para protegerte —argumentó él—. Deja que entre yo primero.

—Necesito que me cubras la espalda. No quiero que te maten por estar ayudándome.

Zach frunció el ceño. —Esto es un desastre.

—¿Porque soy mujer? —Le lanzó una mirada de reojo, con las cejas enarcadas—. Si yo fuera el jefe Black Knife, ¿insistirías en entrar tú primero?

Él vaciló antes de responder con sinceridad: —No.

Las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba. —Entonces, déjame hacer mi trabajo.

Sus labios se apretaron en una fina línea. —Entonces, ten cuidado.

—Siempre —dijo ella y se acercó a un hueco en los paneles del revestimiento exterior, haciéndole un gesto para que se pusiera detrás de ella.

Con la espalda pegada a un panel existente, se asomó por el borde hacia el oscuro interior, dándoles a sus ojos la oportunidad de acostumbrarse a la escasa luz de dentro.

Cuando pudo distinguir formas entre las sombras, se deslizó dentro del edificio, fundiéndose con la oscuridad.

Paso a paso, colocaba con cuidado los pies delante de ella, abriéndose camino por un suelo de madera que hacía tiempo que se había deteriorado y perdido su rigidez.

En varios puntos, el suelo se hundía bajo su peso.

Le habían dicho que el almacén tenía un sótano bajo el suelo original.

La madera crujió detrás de ella.

—¿Zach? —susurró.

—Justo detrás de ti —dijo él.

—No te acerques demasiado. No estoy segura de cuánto peso puede soportar este suelo.

—Entonces no avances más —le instó él.

—Quédate donde estás. Vuelvo enseguida —dijo ella y avanzó, sacando el móvil del bolsillo y activando la linterna. Sosteniéndola en alto, iluminó frente a ella y hacia los rincones más alejados. Nada se movió.

—No hay nadie —dijo Zach detrás de ella.

—Quiero buscar pruebas de que han estado viviendo aquí. Dependiendo de lo que encuentre, podría indicarme cuánto tiempo hace que no ha venido nadie.

—Este suelo es peligroso —dijo Zach. Debió de dar otro paso, porque las tablas crujieron.

—En serio, pesas más que yo. No te adentres más en el edificio —le advirtió Lani.

—Si no estoy cerca de ti, no puedo ayudarte —dijo él—. Por favor, sal.

—Necesito saber si ha habido alguien aquí. —Continuó avanzando por el suelo. En el rincón más alejado, vio lo que parecía ser una especie de manta o lona, hecha un gurruño en el suelo. Al acercarse, mantuvo el arma delante de ella. De nuevo, nada se movió.

Lani empujó la tela con el pie. Una rata salió corriendo de debajo.

Sobresaltada por el animal, Lani ahogó un grito.

—¿Qué pasa? —gritó Zach—. ¿Estás bien?

Se llevó una mano al pecho, donde el corazón le latía tan fuerte y rápido que sintió como si se le fuera a salir por la boca. —Lo siento —dijo, tragando saliva—. He asustado a una rata.

—Las ratas pueden tener la rabia —dijo él. Un fuerte crujido sonó desde las inmediaciones de donde estaba Zach.

—¿Qué ha sido eso? —preguntó Lani, quedándose completamente quieta, con el corazón en un puño.

—Las tablas del suelo han crujido bajo mi peso.

—Por favor —le suplicó—. No avances más.

—Confía en mí, no lo haré. Casi me caigo —dijo él—.

Veo otra puerta en el lateral, más cerca de ti.

Quizá quieras salir por ahí. El suelo de este lado ha estado expuesto a la intemperie demasiado tiempo.

No creo que aguante mucho más peso. Voy a retroceder.

Te veo por el otro lado. —El suelo de ese lado del edificio crujió y gimió mientras Zach se abría paso de vuelta por donde habían entrado.

Sola de nuevo, Lani se tragó una repentina oleada de pánico. Era policía. Una profesional. Tenía un arma y su ingenio.

IrGUIENDO los hombros, apartó la manta y se quedó mirando envoltorios de comida arrugados, una jeringuilla usada, colillas, un paquete de tabaco vacío verde y blanco y latas de cerveza aplastadas.

Cogió el paquete de tabaco. Los objetos parecían bastante recientes.

Si no de días, de la última semana o dos.

Puso la mano sobre las colillas, pero no sintió calor, ni olió a humo persistente.