Capítulo 5 #2
Tan pronto como ese pensamiento apareció en su cabeza, sus mejillas ardieron.
Las comisuras de los labios de Zach se curvaron hacia arriba.
¿Acaso podía leerle los pensamientos pícaros? Más calor se extendió por su cuello y sus mejillas.
Su jefe se rio entre dientes.
—No hagáis nada que yo no haría. Y si lo hacéis, usad protección. —Guiñó un ojo y se metió en su vehículo de servicio—. Y avisadme si encontráis algo que podamos usar en nuestra investigación.
Lani tragó saliva, se volvió hacia el jefe y se llevó dos dedos a la sien.
—Sí, señor.
El jefe Black Knife se marchó, su todoterreno traqueteando por el camino que llevaba a la autopista y al asfalto.
—¿Lista? —preguntó Zach.
Oh, estaba lista... pero él no necesitaba saber para qué. Sus pensamientos se dirigían a un territorio peligroso. Un territorio en el que no tenía por qué adentrarse. Zach estaba en una misión temporal.
Ella.
No estaba allí para rascarle el picor que le había provocado la primera vez que lo placó en Afganistán.
Zach le sujetó la puerta de la camioneta a Lani, aunque sabía que ella podía hacerlo sola. Era la poli dura que podía derribar a un delincuente que le doblaba el tamaño e inmovilizarlo en el suelo. Aun así, debajo de la placa era toda una mujer.
Había despertado su interés en Bagram. Había pensado que era un deseo pasajero.
Tras redesplegarse en los Estados Unidos, se había encontrado pensando en la belleza de los Blackfeet y preguntándose qué estaría haciendo ella.
¿Se había redesplegado? ¿Había dejado el ejército y regresado a Montana como había dicho que haría?
Aunque le había dado su número de móvil, Zach no había esperado volver a saber de ella.
Cuando recibió su llamada, se había emocionado más de lo que creía posible por una mujer que había conocido durante un despliegue.
No era como si se hubieran acostado, ni siquiera besado.
La había encontrado fascinante. Sus antecedentes similares a los suyos y su dedicación a ayudar a los demás le hicieron desear conocerla aún más.
—¿Adónde vamos? —preguntó mientras se alejaba de la destartalada caravana.
—A la cafetería. —Ella lo miró—. No sé tú, pero tengo hambre, y tenemos tiempo que matar hasta que vayamos al bar esta noche.
—¿La cafetería es como la mayoría de las cafeterías de un pueblo pequeño? —preguntó Zach.
—¿Te refieres a lugares a los que todo el mundo acaba yendo y donde el café y los cotilleos fluyen libremente? —Sonrió y asintió—. Sí. Puede que nos enteremos de algo más mientras comemos.
A Zach le encantaba cuando Lani sonreía. Su cara entera se iluminaba. Pasaba de ser la poli profesional, centrada y consumada a una joven accesible y muy deseable.
Cuando llegaron a la carretera asfaltada, todo en lo que Zach podía pensar era en cuánto deseaba besar los carnosos y exuberantes labios de Lani.
Tuvo que sacudirse como recordatorio de que estaba en una misión para proteger a esta mujer, no para hacerle el amor.
Y, así sin más, la idea de hacerle el amor a Lani llenó su cabeza.
Cuando habían estado en Bagram, la había visto correr con sus pantalones cortos de deporte.
Sus piernas largas y esbeltas, con sus músculos bien definidos, le habían hecho la boca agua y la entrepierna se le había contraído.
El recuerdo seguía siendo igual de impactante.
Podía imaginarse esas piernas enroscadas alrededor de su cintura.
Menos mal que se dirigían a un lugar público, y no de vuelta a la casita de ella donde estarían solos.
El café y la comida le ayudarían a quitarse de la cabeza el cuerpo escultural y los labios besables de Lani.
Al menos, eso esperaba.
Minutos después, estaban de vuelta en Browning. Zach entró en el aparcamiento de la cafetería y apagó el motor. El aparcamiento estaba lleno de vehículos. Miró el reloj del salpicadero y se dio cuenta de que ya eran las seis y media.
—No me había dado cuenta de que se estaba haciendo tan tarde. Nos hemos saltado el almuerzo por completo.
Lani resopló.
—Me salto el almuerzo más a menudo de lo que lo recuerdo.
Lo que explicaba que estuviera delgada, casi demasiado flaca.
—Recuérdame que hagamos la compra cuando terminemos aquí. Se me da bastante bien la cocina.
—El hombre sabe cocinar, disparar un fusil M4A1 y rescatar a una damisela en apuros. —Asintió, con una sonrisa asomando en sus labios—. Diría que cumples todos los requisitos de un caballero de brillante armadura.
—Todavía no te he rescatado —le recordó—. Y una armadura brillante es un blanco demasiado fácil.
—No, todavía no me has rescatado, pero me estás manteniendo a salvo y ayudándome a investigar los asesinatos. Diría que eso marca esa casilla.
Él negó con la cabeza.
—Resérvate tu juicio hasta que me haya puesto a prueba… en la cocina, en el campo de tiro y cubriéndote las espaldas. Mientras tanto, vamos a comer algo. Me muero de hambre. —Saltó de la camioneta y rodeó el guardabarros delantero.
Lani se encontró con él allí. Adiós a la caballerosidad. Le abriría la puerta, pero ella era rápida y se abría sus propias malditas puertas.
Zach se sintió un poco irritado. No era un caballero.
No había hecho nada extraordinario por ella, y no le gustaba atribuirse el mérito de nada que no hubiera logrado.
Lo mejor que podía hacer, por ahora, era asegurarse de que no saliera herida y ayudarla a encontrar al asesino.
Solo entonces podría demostrar su valía como su protector y como un valioso activo para los Brotherhood Protectors de Hank Patterson.
Llegó antes que ella a la puerta de la cafetería y se la abrió, lo que le dio una pizca de satisfacción.
Dentro, una camarera de ojos oscuros y una larga trenza negra que le caía por la mitad de la espalda gritó:
—Buscad un sitio. Los menús están en la mesa. Ahora mismo estoy con vosotros.
Lani tomó la delantera y eligió un reservado en un rincón. Se sentó de espaldas a la pared, con la mirada fija en la puerta.
Zach reprimió una sonrisa. Aquella mujer era del Viejo Oeste. Apostaría a que, si jugase al póquer, tendría la pistola en el regazo, con la mano en la empuñadura.
Zach se sentó frente a ella, girándose un poco en el asiento para tener una mejor vista del resto del interior del local. Así también podía vigilar la puerta por el rabillo del ojo. Cogió una carta plastificada que estaba encajada entre el servilletero y los saleros y pimenteros.
—Hola, Lani —la camarera que les había gritado llegó al reservado, con una cafetera y dos tazas en las manos—. ¿Café? ¿O no os deja dormir?
—Tomaré una taza —dijo Lani.
—Que sean dos —secundó Zach. Lo necesitaría para mantenerse despierto más tarde esa noche en el Mick’s Bar and Grill.
La camarera plantó las tazas sobre la mesa y las llenó de café.
El celestial aroma llenó las fosas nasales de Zach. Inspiró profundamente.
—¿Nata? —preguntó ella.
—Solo —dijo Lani al mismo tiempo que Zach. Se rio al encontrarse con su mirada—. Aprendí a tomarlo solo cuando estaba desplegada. Es más rápido, más fácil y más fiable. No siempre podíamos conseguir nata.
—Empecé a beber café a los siete años. Siempre solo, sin azúcar. —Levantó su taza y sorbió el líquido caliente.
—Cuidado —dijo la camarera—. Está muy caliente.
Se tragó el brebaje humeante.
—Está perfecto.
Ella sonrió.
—Debes de ser el prometido de Lani. Soy Rebecca.
—Zach —se presentó él.
—Encantada de conocerte —dijo ella—. Y he oído que eres piesnegro.
—Una cuarta parte —corrigió él—. Mi abuela lo era al cien por cien.
—Bienvenido a Browning. —Le tendió la mano.
Zach dejó su taza en la mesa y le estrechó la mano a la camarera.
—Encantado de conocerte, Rebecca.
A la mujer se le sonrojaron las mejillas. Soltó la mano de él y sacó un bloc de notas y un lápiz del bolsillo de su delantal.
—¿Qué os pongo para comer?
—Yo tomaré lo de siempre —dijo Lani.
—Una ración de estofado de ternera. —Rebecca anotó algo en el bloc y luego miró a Zach—. ¿Y tú?
Zach deslizó la carta de nuevo en su sitio.
—Tomaré lo mismo.
La camarera se fue a pasarles el pedido a la cocina, a servir platos de comida en otra mesa y a rellenar los vasos de agua de otras.
—Rebecca está criando a dos hijos sola y va a la universidad a tiempo parcial —dijo Lani, siguiendo a la otra mujer con la mirada por el restaurante—. Tiene un gran corazón y muchísima determinación. Cumplirá sus sueños, a la vez que da un gran ejemplo a sus hijos.
—Es una mujer admirable —dijo Zach—. Mi madre me crio sola. Tenía un par de trabajos para llegar a fin de mes y mantener un techo sobre nuestras cabezas.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Lani, cambiando su atención hacia Zach.
Él apretó los labios y se quedó mirando el interior de su taza de café medio vacía.
—Murió de cáncer de mama, justo después de que me graduara del instituto.
—Lo siento.
Se encogió de hombros.
—Fue hace mucho tiempo.
Ella alargó la mano por encima de la mesa y le cogió la suya.
—Es duro perder a un padre a una edad tan temprana.
Él le envolvió los dedos con los suyos; le gustaba lo cálidos y fuertes que eran.
—Me alisté en el ejército después del funeral. No podía quedarme en mi ciudad.
—¿Cuál era tu ciudad? Sé que dijiste que eras de Montana, pero ¿de qué parte de Montana?
—Me crie en Great Falls —dijo él.
—A unas dos horas de aquí.
Él asintió.
—Tu determinación y tu deseo de volver me inspiraron a regresar a casa. Pensé que era hora de volver y ver si quedaba algo que me retuviera aquí.
Ella le apretó la mano.
—Espero que te quedes. El estado necesita que sus hijos vuelvan a casa. Solo los que nacieron y se criaron aquí entienden la profundidad de los ríos, lo azul que es el cielo y la altura de las montañas.
—No había vuelto desde el fallecimiento de mi madre. —Le sonrió al otro lado de la mesa y entrelazó sus dedos con los de ella—. Y tienes razón. Este lugar sigue en mi sangre.
—He descubierto que es más que un simple lugar. Es el aire que respiro, el latido de mi corazón y mi estado de ánimo. —Su mirada se encontró con la de él—. No importa la gente que ya no está. Es mi hogar.