Raíces y Ceniza (Harlow Creek 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Duluth en agosto

La operación de la madre de Nora estaba programada para el catorce de agosto.

Nora y Rhett salieron de Harlow Creek el diez, en la camioneta de Rhett, con cuatro horas de carretera por delante y la conversación fácil de dos personas que ya no necesitan llenar los silencios para que no pesen.

Rhett conducía. Nora llevaba la música, que era una mezcla de country de los setenta que Rhett había puesto sin consultarla y que Nora había aceptado porque le gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir en voz alta.

—¿Dolores escucha country? —preguntó Rhett, que era el nombre de la madre de Nora.

—Dolores escucha lo que suene en la radio. Nunca fue muy selectiva con la música.

—¿Y contigo?

—¿Conmigo cómo?

—¿Era selectiva?

Nora miró la carretera.

—No mucho. Dolores es del tipo de persona que te quiere sin condiciones pero que no siempre sabe cómo decírtelo. —Una pausa—. Así que a veces el querer estaba pero no llegaba como debería.

—¿Y tú cómo lo manejaste?

—Poniéndome distancia. No el tipo de distancia que duele, sino el que... protege.

—¿Y ahora?

—Ahora tengo treinta y un años y sé que el querer de Dolores es real aunque no siempre llegue bien. —Miró la carretera—. Y también sé que si algo le pasa y no he hecho el esfuerzo, me va a costar más que la incomodidad de ir a verla.

Rhett asintió.

—¿Seth va a estar?

—Sí. Llegó ayer. Y la tía Carol, que es la hermana de mi madre y la persona más organizada del planeta. Ya tiene el hospital, los médicos, el hotel y el menú de la semana coordinados.

—¿Y tu madre lo permite?

—A la tía Carol no se le dice que no. Nadie lo ha intentado con éxito.

Llegaron a Duluth entrada la tarde. El hotel lo había reservado la tía Carol, que era un Best Western cerca del hospital, limpio y sin complicaciones.

Rhett lo aceptó sin comentar el hecho de que había reservado una habitación doble porque Nora se lo había dicho y la tía Carol lo había aceptado sin hacer preguntas, que era su manera de decir que aprobaba la situación.

Dolores Vance tenía cincuenta y nueve años y el pelo blanco que Nora iba a tener algún día y la misma manera de mirar de frente.

Estaba en casa cuando llegaron, sentada en el sofá con un libro y una expresión de calma que Nora reconoció como la calma de quien ya ha aceptado lo que viene y no ve sentido en el pánico.

—Nora —dijo, cuando entró.

—Mamá.

Se abrazaron. No fue largo, pero fue real, y Rhett lo vio desde la entrada sin moverse hasta que se separaron.

—Este es Rhett —dijo Nora.

Dolores lo miró.

—El vaquero de Michigan —dijo.

—Rhett Caulfield —dijo él, y le tendió la mano.

Dolores la estrechó.

—Seth me contó que trabajas en un rancho.

—Llevo siete años en el rancho Kellerman.

—¿Y antes?

—Texas. El rancho de mi padre.

—¿Y por qué Michigan?

—Porque el rancho de mi padre se vendió y Michigan necesitaba capataz.

Dolores lo miró durante un momento con esa atención que Nora había heredado.

—¿Y Harlow Creek le gusta?

—Mucho.

—¿Por qué?

Rhett la miró.

—Por las razones correctas.

Dolores tardó un segundo y luego sonrió, y en esa sonrisa había algo que Nora no había visto con frecuencia: aprobación genuina.

Los cuatro días en Duluth fueron de los que no se planean bien pero salen mejor de lo esperado.

La operación fue el catorce, cinco horas que Nora pasó en la sala de espera del hospital con Seth a su izquierda y Rhett a su derecha y la tía Carol entrando y saliendo con cafés que nadie había pedido pero todo el mundo necesitaba.

Dolores salió bien. El cirujano dijo que había ido mejor de lo previsto. La tía Carol lloró, que era la primera vez en memoria de Nora que la tía Carol mostraba algo así, y Seth le puso la mano en el hombro sin decir nada, que era lo correcto.

Nora lo procesó en el pasillo, apoyada en la pared, con los ojos cerrados.

Rhett se puso a su lado.

—¿Bien? —dijo.

—Sí. —Abrió los ojos—. Sí, bien.

—¿Segura?

—La operación fue bien. Mi madre está bien. —Una pausa—. Estoy bien.

Rhett la miró.

—¿Cuándo fue la última vez que alguien te preguntó cómo estás tú y no el consultorio o el rancho o tu madre?

Nora pensó.

—Cassidy, la semana pasada.

—Y antes de Cassidy.

—Adaia.

—¿Y antes de Adaia?

Nora tardó más en responder esa vez.

—Hacía tiempo.

Rhett le tomó la mano en el pasillo del hospital.

—¿Cómo estás tú, Nora?

Ella lo miró.

—Bien —dijo, y esta vez lo decía de verdad—. Contigo aquí, bien.

Pasaron dos días más en Duluth. Visitaron a Dolores en el hospital, que se estaba recuperando con la eficiencia de alguien que tiene cosas pendientes y no puede permitirse tardar.

Pasearon por el lago Superior una tarde con Seth, que resultó ser más fácil de tratar cuando no cargaba con la noticia que había tenido que dar, y comer en un sitio junto al agua donde el pescado era bueno y la vista mejor.

La última noche, en el hotel, Nora le dijo a Rhett:

—Gracias.

—No tienes que darme las gracias.

—Sí tengo. Viniste sin que fuera tuyo venir.

—Todo lo tuyo me importa. —La miró—. ¿Eso no era evidente?

Nora lo miró durante un momento.

—Cada vez más —dijo.