CAPÍTULO 13
Junio y lo que se construye
Junio en el rancho Kellerman era el mes del trabajo sin contemplaciones.
Los pastos necesitaban mantenimiento, las cercas revisión, el ganado una atención que en invierno podía repartirse más y en verano se concentraba.
Rhett llevaba el ritmo del campo con la eficiencia aprendida de quien lleva años haciéndolo, pero ese junio había algo distinto: había algo a lo que volver por la tarde que no era solo el rancho.
Los miércoles comía con Nora. Los sábados cenaban. Los domingos, cuando el rancho lo permitía, iban al sendero del norte. No todos los domingos. Pero suficientes para que fuera un hábito, y Rhett sabía que los hábitos buenos son los que construyen las cosas que duran.
Lucas lo observaba con esa atención discreta que había desarrollado en el último año y que no había tenido cuando llegó.
—¿Cuándo la traes al rancho a quedarse? —preguntó un martes mientras desenganchaban el tractor.
—Nora tiene su casa.
—Ya lo sé. Tiene su casa y tú tienes la habitación del ala oeste. —Lucas lo miró—. Estoy preguntando cuándo eso cambia.
—Lucas.
—Solo pregunto.
Rhett enganchó el remolque.
—Cuando sea el momento.
—¿Y cuándo sabrás que es el momento?
—Cuando lo sea.
—Eso no es muy preciso.
—No. Pero es lo que hay.
Lucas lo dejó estar, que era lo que hacía cuando la conversación había llegado donde podía llegar.
Lo que Rhett no le dijo a Lucas, porque era el tipo de cosas que Rhett guardaba para sí mismo, era que ya sabía que lo de Nora era de las permanentes.
Lo había sabido antes de las flores, en ese nivel donde las certezas viven antes de subir a la superficie.
Lo que no sabía era el ritmo, y el ritmo con Nora era importante porque Nora había llegado a Harlow Creek huyendo de algo también, aunque de algo diferente a lo suyo, y los dos habían construido sus vidas aquí con la misma cuidadosa deliberación de quien sabe que lo que construye tiene que aguantar.
Eso merecía el tiempo que mereciera.
Nora, por su parte, también lo estaba pensando. Se lo dijo un miércoles en el diner, a mitad del estofado de ternera.
—Cassidy me preguntó el otro día si me iba a mudar al rancho.
Rhett levantó los ojos.
—¿Y qué le dijiste?
—Que no lo había pensado.
—¿Y lo habías pensado?
Nora sostuvo la mirada.
—Sí.
—¿Y?
—Y no lo sé todavía. —Una pausa—. Mi casa está en el pueblo. El trabajo está en el pueblo. Venir al rancho siete días a la semana no tiene sentido práctico.
—No te estoy pidiendo que vengas siete días a la semana.
—Ya lo sé. Pero si alguna vez... —Se paró—. Si alguna vez eso cambia, tiene que ser por las razones correctas. No por la comodidad de hacerlo.
—¿Y cuáles serían las razones correctas?
Nora lo miró.
—Ya lo sabremos cuando lleguen.
Rhett asintió.
—De acuerdo.
—¿No tienes nada más que decir?
—Tienes razón. Cuando sea el momento, lo sabremos. —La miró—. No tengo prisa, Nora. Tengo claro lo que quiero, pero no tengo prisa en llegar.
Nora lo miró durante un segundo.
—¿Desde cuándo eres tan paciente?
—Llevo siete años practicando.
Eso la hizo reír, y la risa de Nora en el diner era una de las cosas que Rhett había decidido que quería seguir escuchando.
Dotty pasó con el café y no dijo nada, pero la expresión que tenía era la de alguien que ha escuchado exactamente lo que necesitaba escuchar y está satisfecha con el universo.
El mismo miércoles, por la tarde, Cassidy le contó a Nora que Elliot había aparecido en la biblioteca el jueves anterior.
—¿Y? —preguntó Nora.
—Y resulta que le gustan los libros de historia. Lleva meses leyendo sobre la historia del condado de Whitmore.
—¿Eso te parece bien?
—Me parece perfecto. Porque yo llevo tres semanas leyendo lo mismo para tener algo de qué hablar con la gente del pueblo.
Nora la miró.
—Cassidy. ¿Empezaste a leer historia del condado por Elliot?
—Por el pueblo. Y quizás un poco por Elliot.
—¿Y qué pasó en la biblioteca?
—Hablamos durante dos horas sobre la historia de los Kellerman y los primeros colonos del río Whitmore. —Una pausa—. Y me invitó a comer el sábado.
Nora se quedó quieta.
—¿Y aceptaste?
Cassidy la miró con esa expresión de quien ha recibido el consejo de alguien y ha decidido seguirlo antes de que lo repitan.
—Acepté.
—Bien.
—Sí. —Cassidy cogió su chaqueta—. No tan difícil cuando no llevas siete años esperando.
—Eso ha sido un golpe.
—Ha sido la verdad.
—También.