Raíces y Ceniza (Harlow Creek 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Scout y el sendero del norte

El sábado amaneció con ese cielo de mayo que en Michigan tiene algo de regalo: limpio, azul sin fisuras, con el sol ya con temperatura suficiente para que no hiciera falta más de una capa.

Rhett ensillado a Scout antes de las nueve.

El alazán había cambiado mucho desde agosto: seguía siendo de carácter propio, pero había aprendido a confiar en Rhett con esa lealtad silenciosa que tienen los caballos cuando por fin deciden que alguien los merece.

Lo miraba llegar sin respingos y movía las orejas cuando escuchaba su voz.

Nora llegó al rancho a las nueve y cuarto con las botas de trabajo que le había prestado Adaia porque las suyas no eran adecuadas para el sendero.

—¿Cómo están las botas? —preguntó Adaia desde la puerta del establo.

—Dos tallas grandes pero aguantan.

—Las mías son del cuarenta y dos.

—Gracias por el dato.

Adaia sonrió y fue a buscar a Oliver.

Scout miró a Nora cuando se acercó con la misma evaluación pausada con que miraba todo lo nuevo. Nora extendió la mano y esperó, sin moverse, sin forzar.

Scout la olfateó. Resopló. Bajó la cabeza.

—Te eligió —dijo Rhett.

—¿Tan fácil?

—Scout no elige fácil. —La miró—. Le caes bien.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no resopló para alejarte. Resopló para presentarse.

Nora le pasó la mano por el cuello y Scout lo aceptó sin moverse.

—¿Y Biscuit? —preguntó, mirando a la yegua torda que asomaba la cabeza por la puerta del box siguiente.

—Biscuit es de Adaia. Pero es buena para quien no lleva mucho tiempo montando. —Rhett la miró—. ¿Cuántos años hace que no montas?

—Quince, quizás. Dieciséis.

—Entonces Biscuit.

—¿No Scout?

—Scout para cuando hayas calentado la memoria del cuerpo.

Nora aceptó sin discutir, que era algo que Rhett había aprendido a reconocer: cuando Nora aceptaba algo sin discutir, era porque confiaba en el criterio de quien lo decía. Tardó en ganarse esa confianza pero cuando llegó fue sin reservas.

Rhett montó a Scout y llevó a Nora en Biscuit por el tramo inicial del sendero del norte, que era amplio y llano y permitía ir al paso sin dificultad.

El bosque de pinos empezaba a doscientos metros del rancho y desde dentro tenía esa luz filtrada de las mañanas de primavera que convierte todo en algo más tranquilo de lo que ya es.

Nora fue encontrando el ritmo. El cuerpo lo recordó como había prometido Rhett: despacio, con vacilaciones al principio, pero sin perderlo del todo.

—¿Qué ves desde aquí que no ves desde abajo? —preguntó Nora, mirando el bosque.

—Todo.

—Eso no es una respuesta.

—Es la respuesta más honesta. —Rhett miró entre los pinos—. Desde el suelo ves el rancho. Desde aquí ves dónde está el rancho.

Nora lo miró de reojo.

—¿Eso también es una metáfora?

—Es un bosque.

—Rhett.

—Y puede que también una metáfora.

Llegaron al claro donde el sendero se abría y desde donde se veía el río Whitmore brillando en el valle. Pararon.

El panorama era el que era: el río, los pastos verdes que empezaban a tener altura, el pueblo de Harlow Creek en la distancia con sus tejados y su iglesia bautista y el agua del depósito municipal reflejando el sol.

—¿Lo viste así el primer día? —preguntó Nora.

—El primer día llegué en noviembre con nieve. No vi mucho.

—¿Y cuando lo viste así por primera vez?

Rhett pensó.

—La primavera del primer año. Vine aquí solo un domingo por la mañana porque necesitaba entender en qué sitio me había metido.

—¿Y lo entendiste?

—Sí.

—¿Qué entendiste?

—Que me quedaba.

Nora miró el horizonte.

—Yo lo entendí en el consultorio. El segundo invierno. Un día de enero con tres pacientes seguidos que llevaban veinte años viviendo en el mismo pueblo y se conocían de toda la vida. —Una pausa—. Pensé que quería eso.

—¿Y lo tienes?

Nora lo miró.

—Cada vez más.

Volvieron al rancho al paso, sin prisa, con el sol ya alto y el bosque calentándose a su alrededor. Nora había recuperado la soltura y llevaba a Biscuit con una confianza que antes no tenía.

—¿Puedo volver el domingo que viene? —preguntó.

—Puedes venir cuando quieras.

—¿Con Scout esta vez?

Rhett la miró.

—Con Scout esta vez.

Lucas los estaba esperando en el patio del rancho con la excusa de revisar el tractor, que era la misma excusa que usaba siempre que quería estar en un sitio sin que pareciera que había ido aposta.

—¿Bien? —le dijo a Nora.

—Bien.

—Scout se portó.

—Biscuit se portó. Scout la semana que viene.

Lucas miró a Rhett con una expresión de satisfacción que Rhett decidió no comentar.

—¿A comer? —dijo Lucas—. Bram está haciendo el chili del mediodía.

—¿Desde cuándo sabe Bram hacer chili? —preguntó Nora.

—Desde que le enseñé —dijo Lucas—. Aunque él dice que ya lo sabía y que yo solo lo refiné.

—¿Y tú qué dices?

—Que el chili es mío y Bram tiene buena memoria para lo que le conviene.

Entraron. El chili de Bram, o de Lucas, o de los dos, estaba en el fogón y olía bien y había pan de la panadería de los Hollis en la mesa porque Adaia había pasado esa mañana.

Comieron los cinco, con Oliver llegando tarde porque el turno de la mañana se había alargado, y fue de esas comidas que no tienen orden del día ni necesitan tenerlo.

Nora se quedó hasta las cuatro. Cuando se fue, Rhett la acompañó al coche.

—El miércoles —dijo Nora.

—¿Qué pasa el miércoles?

—Que tengo el mediodía libre. Si quieres comer.

—¿Dónde?

—En el diner. Ya me resigné a Dotty.

—Dotty no es tan mala.

—Dotty es maravillosa. El problema es que maravillosa y discreta no caben en la misma persona.

Rhett sonrió.

—El miércoles a las doce.

Nora abrió el coche. Antes de entrar se giró.

—Rhett.

—¿Qué?

—El sendero del norte era precioso.

—Ya lo sé.

—La próxima vez que vengas aquí solo un domingo por la mañana a entender en qué sitio te has metido, llévame.

Rhett la miró durante un momento.

—De acuerdo.