CAPÍTULO 10
Warren Tully y el pasado de Texas
Warren Tully apareció en Harlow Creek a finales de mayo como aparecen las cosas del pasado que uno no ha terminado de cerrar: sin avisar y en el peor momento.
Rhett lo vio aparcado frente a la oficina del sheriff un martes por la tarde cuando iba a buscar a Oliver para un asunto del rancho, y tardó tres segundos en reconocerlo: cuarenta y ocho años, más pesado que la última vez, el bigote que siempre había tenido y la placa del sheriff adjunto del condado de Bexar en Texas.
Warren Tully había conocido a Rhett hace diez años, cuando Rhett tenía veinte y trabajaba en el rancho de su padre y Warren era el adjunto que había investigado la muerte del toro de los Hargrove que el padre de Rhett había comprado sabiendo que estaba enfermo.
No fue una historia limpia. Nadie en esa parte de Texas pretendía que lo fuera.
Warren lo vio antes de que Rhett llegara a la puerta.
—Caulfield —dijo.
—Warren. —Rhett se paró—. ¿Qué haces en Michigan?
—Estoy buscando a alguien y el rastro lleva hasta aquí. —Lo miró—. ¿Tienes un minuto?
—¿Para qué?
—Para que hablemos de Devin Harker.
Rhett procesó el nombre. Devin Harker, el capataz de Drayden, el hombre que había recibido instrucciones del abogado Brinkley para organizar lo del establo del rancho Kellerman.
—Harker está en el condado —dijo Rhett—. El caso Drayden...
—Ya sé lo del caso Drayden. —Warren bajó la voz—. Harker no es solo el capataz de Drayden. En Texas tiene un historial que Michigan no conoce todavía.
Rhett lo miró.
—¿Qué historial?
—Cuatro cargos de extorsión entre el dos mil catorce y el diecisiete. Los tres primeros los retiró la fiscalía por falta de testigos. El cuarto fue sobreseído porque el testigo principal desapareció.
—¿Desapareció cómo?
—De las maneras en que desaparece la gente cuando alguien no quiere que hablen.
—¿Y lo buscáis desde entonces?
—Lo buscamos desde el año pasado, cuando un caso nuevo nos dio una pista. El rastro llegó hasta aquí hace tres semanas.
Rhett lo miró.
—Tendrías que hablar con el agente Crane.
—Vine a hablar con Crane. Pero primero quería saber si sabías algo que él no sabe todavía.
—¿Por qué yo?
Warren lo miró.
—Porque llevas seis años en ese rancho y en ese pueblo y conoces mejor que nadie los movimientos de la gente de Drayden.
Rhett pensó.
—Harker sigue trabajando para Drayden. O trabajando para quien le pague lo que Drayden ya no puede pagarle desde que el caso lo hundió.
—¿Y eso quién sería?
—No lo sé. Pero en tres semanas en el condado de Whitmore puedo encontrarlo.
Warren lo miró durante un momento.
—¿Estás ofreciéndome ayuda?
—Estoy diciéndote que si hay algo que saber, lo averiguo antes que cualquiera de fuera.
—Crane tiene que saberlo.
—Crane lo sabrá esta tarde.
Warren asintió.
—Bien. —Le dio una tarjeta—. Llámame si encuentras algo.
Oliver supo lo de Harker esa tarde y llamó a Pickett, que llamó a la fiscalía del condado, que llamó a Warren Tully. La coordinación tardó menos de lo habitual porque el caso Drayden había dejado los canales abiertos.
Lo que no estaba previsto era que Harker, que al parecer tenía mejores fuentes de información que nadie, desapareciera del condado de Whitmore en menos de cuarenta y ocho horas de la llegada de Warren.
—Se fue —le dijo Oliver a Rhett el jueves por la tarde—. La pensión donde vivía desde que Drayden lo dejó ir. Esta mañana encontraron la habitación vacía.
—¿Y?
—Y no podemos hacer nada hasta que lo encuentren. El caso es de Texas.
Rhett miró hacia el rancho.
—¿Hay riesgo para Kellerman?
—Harker ya no tiene motivos para molestarte. Drayden está en proceso judicial y Harker no trabaja para nadie conocido.
—¿Seguro?
—No del todo. —Oliver lo miró—. Por eso voy a pedirle a Warren que se quede unos días.
Rhett asintió.
—Bien.
—¿Y tú?
—Yo qué.
—¿Hay algo del pasado de Texas que deba saber?
Rhett lo miró.
—Nada que afecte a esto.
—Pero hay algo.
—Hay una historia que es mía y que ya está cerrada. —Lo miró—. Si hubiera algo relevante para la investigación te lo diría.
Oliver asintió.
—De acuerdo.
Esa noche Rhett le contó a Nora lo de Warren y lo de Harker. Se lo contó todo, incluida la parte de Texas, sentados en el porche de la cabaña de Adaia porque la suya no tenía porche y el de Adaia era el mejor sitio del rancho cuando hacía buena noche.
Nora escuchó sin interrumpir.
—¿Cerraste lo de Texas? —preguntó, cuando él terminó.
—Sí.
—¿Completamente?
Rhett la miró.
—¿Por qué lo preguntas?
—Porque hay una diferencia entre cerrar algo y dejarlo atrás. Y quiero saber cuál de las dos hiciste.
Rhett pensó en el rancho de su padre, en la historia del toro y en lo que vino después. En los dos años que tardó en irse de Texas después de aquello.
—Lo dejé atrás —dijo—. Cerrar habría requerido que hubiera una resolución y no la hubo. Pero lo dejé atrás.
Nora asintió.
—¿Y Warren?
—Warren es del pasado. Pero es buen hombre. Solo hace su trabajo.
—¿Te alegras de haberlo visto?
Rhett lo pensó.
—Me alegra haber podido ayudar. El resto no importa.
Nora le puso la mano en el brazo.
—¿Cuándo se va?
—El lunes.
—¿El fin de semana libre entonces?
—El fin de semana libre.
—Bien. —Lo miró—. El sábado quiero ir con Scout al sendero del norte. Si el tiempo acompaña.
—¿Montas?
—Monté de pequeña. No sé si todavía sé.
—Lo que se aprende de pequeño no se olvida.
Nora sonrió.
—Eso me dijo mi madre con la natación y casi me ahogo.
—Los caballos son más lentos que el agua.
—Eso espero.