CAPÍTULO 9
Seth Vance llega al pueblo
Seth Vance llegó a Harlow Creek un jueves de mayo, sin avisar.
Nora lo supo porque lo vio aparcado frente al consultorio cuando salió a comer, con los brazos cruzados y esa postura de quien lleva un rato esperando y no tiene prisa pero tampoco ganas de seguir esperando.
Se parecía a ella en los ojos y en la mandíbula, aunque era más alto y llevaba el pelo más corto y tenía esa rigidez en los hombros de quien carga algo que no quiere mostrar.
—Seth —dijo Nora.
—Hola, Nora.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque necesito hablar contigo.
—Podrías haber llamado.
—Llamé tres veces en febrero. No contestaste.
Nora abrió la boca y la cerró.
—Entra —dijo finalmente.
Entraron al consultorio. Cassidy estaba con un paciente en la sala dos. Elliot estaba en su despacho. Nora llevó a Seth a la sala de espera vacía y cerró la puerta.
—¿Qué pasa?
Seth se sentó con las manos juntas entre las rodillas.
—Mamá está enferma.
Nora se quedó quieta.
—¿Qué tiene?
—El corazón. El médico dice que necesita una operación. Que no es urgente pero que hay que hacerla antes del invierno. —La miró—. No quería decírtelo por teléfono y no supe cómo escribirlo.
—¿Por qué no lo dijiste en febrero cuando llamaste?
—Porque en febrero todavía esperaban más pruebas. No estaban seguros.
Nora procesó la información.
—¿Cómo está ella?
—Asustada. Pero funciona. Ya sabes cómo es mamá.
—¿Dónde está?
—En casa. En Duluth. Con la tía Carol.
Nora y su madre llevaban cinco años con una relación que funcionaba pero que requería esfuerzo. No había una historia dramática detrás, solo la acumulación de distancias y silencios que se habían ido haciendo más fáciles de mantener que de cerrar.
—¿Necesita que vaya? —preguntó Nora.
—Necesita que la llames. —Seth la miró—. Y quizás que vayas antes de la operación.
Nora asintió.
—¿Cuándo es la operación?
—En agosto si todo va bien.
—Tengo tiempo.
—Sí.
—¿Y tú? ¿Cuánto te quedas?
Seth miró hacia la calle a través de la ventana de la sala de espera.
—Un par de días. Tengo que volver el viernes. —Pausa—. ¿Puedo quedarme en la pensión de los Patterson?
—Puedes quedarte en mi casa. Tengo habitación libre.
Seth la miró.
—No quiero molestarte.
—Seth. —Nora exhaló—. Eres mi hermano.
Seth asintió.
Esa tarde, Nora le contó a Rhett lo de su madre. Lo encontró en el rancho, con Scout en el potrero, y se lo explicó sin rodeos porque con Rhett ya había aprendido que los rodeos no servían para nada.
Rhett escuchó sin interrumpir.
—¿Qué necesitas? —preguntó, cuando ella terminó.
—No sé todavía.
—¿Quieres que te acompañe a Duluth cuando vayas?
Nora lo miró.
—¿Lo harías?
—Sí.
—No tienes que...
—Nora. —La miró—. Te pregunto si quieres, no si te parece bien que lo haga.
Ella pensó en su madre. En la tía Carol, que era la hermana de su madre y la persona más práctica del mundo. En Duluth en verano, que no era un mal sitio aunque fuera por razones difíciles.
—Sí —dijo—. Quiero que vengas.
—Entonces voy.
Esa noche, Rhett le dijo a Bram que en agosto iba a necesitar una semana.
Bram lo miró.
—¿Para qué?
—Para acompañar a Nora a ver a su madre.
Bram asintió.
—Agosto está bien. El rancho puede una semana.
—¿Seguro?
—Oliver, Lucas, Adaia y yo hemos gestionado este rancho sin ti alguna vez. —Bram lo miró—. No tan bien, pero lo hemos gestionado.
—Bram.
—La semana que necesites. —Se levantó—. Y Rhett.
—¿Qué?
—Me alegra.
Rhett no respondió, pero Bram no esperaba respuesta. Lo dijo y siguió con lo suyo, como hacía siempre.