CAPÍTULO 8
Lo que sabe el rancho
El rancho Kellerman recibió la noticia con la calma de quien ya lo sabía.
Adaia lo supo antes del viernes porque Nora la llamó el domingo por la mañana con esa voz de quien ha dormido bien y lo atribuye a razones concretas.
Oliver lo supo porque Adaia se lo contó.
Lucas lo supo porque vivía allí y tenía los oídos buenos.
Bram lo supo porque Bram sabía todo lo que pasaba en ese rancho antes de que nadie se lo dijera.
June lo supo porque Dotty la llamó el sábado por la noche a las once y diez, quince minutos después de que Rhett y Nora salieran del restaurante, y le describió el beso desde la ventana del diner porque la carretera del lago pasaba junto al diner y Dotty estaba cerrando.
—¿Los viste? —preguntó June.
—Como te veo a ti ahora mismo si te miro por el cristal.
—Dotty, ¿estás mirando a la gente besar desde la ventana?
—Estaba cerrando. La ventana estaba delante. —Una pausa—. Era muy bonito, June.
—Me alegra.
—¿Verdad que sí?
—Siete años era demasiado tiempo.
—Eso mismo digo yo.
El viernes, cuando Nora llegó al rancho, todo el mundo hizo el esfuerzo notable de comportarse con normalidad.
Adaia la recibió como siempre. Oliver saludó como siempre.
Lucas fue a buscar algo a la cocina justo en el momento en que Nora y Rhett se saludaron, que era un nivel de discreción que en Lucas era genuinamente notable.
Bram le dio la mano a Nora, como hacía siempre, y dijo:
—¿Cómo está el consultorio?
—Bien. Cassidy ya funciona sola.
—¿El médico nuevo también funciona?
—Elliot funciona bien, sí.
—Bien. —Bram asintió—. ¿Te quedas a cenar?
—Si hay sitio.
—Siempre hay sitio.
Y eso fue todo. No hubo preguntas, no hubo comentarios, no hubo nada que no fuera la cena y la conversación habitual. Pero cuando Rhett y Nora se sentaron a la mesa y quedaron con los hombros a menos de diez centímetros, nadie se molestó en fingir que no lo había notado.
Después de cenar, mientras June y Lucas fregaban y Bram se había ido al salón y Oliver y Adaia estaban en el porche, Rhett y Nora se quedaron en la cocina.
No dijeron nada durante un momento. Solo estaban allí, con el calor de la cocina y el otoño llegando a las ventanas.
—¿Cómo estuvo el domingo? —preguntó Nora.
—Scout se dejó montar.
—¿Por fin?
—Por fin. —Rhett la miró—. Tardó ocho meses.
—Pero lo hizo.
—Sí. —Pausa—. A veces las cosas tardan lo que tardan.
Nora lo miró.
—¿Eso es una metáfora?
—Es un caballo.
—Rhett.
—Y puede que también una metáfora.
Nora se rió. Fue la risa real, la que salía sin calcular, y Rhett la escuchó con esa atención que había estado guardando durante siete años para exactamente eso.
—¿Puedo quedarme el domingo? —preguntó Nora—. A ver a Scout.
—Puedes quedarte cuando quieras.
—¿Bram no...?
—Bram ya lo sabe.
—¿Cuándo se lo dijiste?
—No se lo dije. Bram sabe las cosas sin que nadie se las cuente.
Nora asintió.
—Como Dotty.
—Peor que Dotty. Dotty necesita al menos una fuente de información. Bram opera solo.
—¿Y no le importa?
Rhett la miró.
—Nora, Bram me preguntó hace dos años por qué no hacía algo y yo le dije que no había nada que hacer. —Pausa—. Me miró con la misma cara que pone cuando alguien dice una tontería evidente y siguió con su café.
Nora se quedó callada un momento.
—Hace dos años.
—Sí.
—¿Y solo Bram lo sabía?
—Bram, Adaia, June, Oliver, Lucas, Dotty y probablemente la señora Kim de la floristería.
Nora cerró los ojos un segundo.
—¿Todo el pueblo?
—La mayoría.
—Dios mío.
—Ya. —Rhett no se disculpó porque no había nada que disculpar—. Por eso cuando digo que tardé demasiado, lo digo sabiendo que era obvio para todo el mundo menos para mí.
—Para los dos —dijo Nora—. Para mí tampoco fue fácil.
—Lo sé.
—¿Y ahora?
Rhett alargó la mano y le tomó la suya, que era algo que no había hecho antes pero que resultó ser tan natural como respirar.
—Ahora vamos a cenar el sábado que viene también —dijo.
—¿Dónde?
—Donde quieras.
—¿En el diner?
—Dotty nos va a vigilar.
—Dotty siempre nos va a vigilar. —Nora le apretó la mano—. En el diner está bien.