Raíces y Ceniza (Harlow Creek 2) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El sábado por la noche

El restaurante de los Patterson en la carretera del lago no era el único sitio donde comer en los alrededores de Harlow Creek, pero sí era el único que tenía mesas con mantel y velas y una carta que cambiaba según la temporada.

Nora llegó puntual. Llevaba un vestido verde oscuro que le llegaba a las rodillas y el abrigo de lana gris que usaba para las noches frías, y el pelo recogido con esa sencillez que no es descuido sino exactamente lo contrario.

Rhett la estaba esperando en la puerta.

Llevaba la camisa azul marino que Adaia le había dicho una vez que le quedaba bien, lo cual él recordaba aunque nunca lo había admitido, y se había cortado el pelo, que era el detalle que confirmaba que se lo había tomado en serio.

—Puntual —dijo Nora.

—Siempre.

—A veces en el rancho llegas tarde.

—En el rancho no tengo reserva.

Nora sonrió y entraron.

La mesa era en el rincón, junto a la ventana que daba al lago. En abril el lago todavía tenía algo de hielo en los bordes pero el centro era agua oscura que recogía la luz de la luna.

Pidieron vino de la zona, que era lo que había, y la carta de temporada que el señor Patterson hijo presentaba él mismo cuando la cocina era suya.

—¿Vienes mucho aquí? —preguntó Nora.

—Algunas veces con Oliver y Lucas. En verano sobre todo.

—Yo no había venido.

—¿Por qué?

Nora miró el lago.

—No tenía con quién venir.

Lo dijo sin drama, como un hecho, y Rhett lo recibió de la misma manera.

—¿Y con el médico no has salido nunca?

Nora lo miró.

—¿Elliot?

—Sí.

—Hemos comido juntos por trabajo.

—No te pregunto por trabajo.

Nora dejó la copa.

—No. No he salido con Elliot.

—¿Por qué?

—Porque no quería.

—¿Por qué no?

Nora lo miró durante un momento.

—Rhett, ¿me estás preguntando si me gusta Elliot?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quiero saberlo.

—¿Para qué?

Rhett se apoyó en la mesa.

—Para saber en qué terreno estoy.

Nora lo sostuvo la mirada.

—No me gusta Elliot —dijo—. Elliot es buen médico y buena persona y no me gusta.

—¿Por qué no?

—Porque no es lo que busco.

—¿Y qué buscas?

La mesa quedó en silencio durante un momento. El señor Patterson junior pasó con el pan y los dos esperaron a que se fuera.

—Pregunta difícil —dijo Nora.

—Tenemos toda la noche.

—Rhett. —Cogió el pan—. Llevas siete años sin preguntarme nada y ahora me preguntas todo.

—Siete años callado me parecen suficientes.

—¿Qué cambió?

—Las flores.

—¿Las flores te cambiaron a ti?

—No las flores. El decidir comprarlas.

Nora lo miró.

—¿Y qué decidiste exactamente?

Rhett bebió el vino.

—Que me arrepentía más de no hacer las cosas que de hacerlas y que salir mal.

—¿Eso es una filosofía nueva o siempre la tuviste?

—Siempre la tuve con los caballos y con el trabajo. —Una pausa—. Con las personas me costó más aprenderla.

Nora sonrió. Fue despacio, como las sonrisas que no se planean.

—¿Y cuánto te costó?

—Siete años.

Los dos se quedaron mirándose durante un momento y algo cambió en el espacio entre los dos, algo que llevaba siete años ahí y que esa noche por fin tenía nombre.

—Bien —dijo Nora—. Ya era hora.

—Sí.

La cena duró dos horas y media. Hablaron del trabajo de los dos, de Texas, de Alabama y de Harlow Creek. De Cassidy y de cómo había llegado al pueblo como una tromba y lo había reorganizado sin que nadie se lo pidiera. De Lucas y de si iba a quedarse definitivamente.

—¿Crees que se queda? —preguntó Nora.

—Creo que Lucas necesita una razón para quedarse. —Rhett la miró—. Igual que todos.

—¿Y tú ya tienes tus razones?

—Desde hace tiempo. Solo que tardé en admitirlas.

Nora dejó la copa.

—Rhett.

—¿Qué?

—Si vas a decirme algo, dímelo.

Rhett la miró.

—Me gustas, Nora. Llevas años gustándome. Y soy consciente de que tardé demasiado en decirlo y de que eso no es justo para ti. Pero si todavía hay posibilidad, quiero intentarlo.

Nora lo miró durante un momento largo. El lago detrás de la ventana estaba oscuro y quieto y la vela de la mesa proyectaba una luz que hacía que todo pareciera más cálido de lo que era en realidad.

—¿Sabes lo que me enfada? —dijo ella.

—¿Qué?

—Que tardaste siete años.

—Lo sé.

—Siete años, Rhett.

—Lo sé.

—¿Y qué tienes que decir al respecto?

Rhett la miró.

—Que lo siento. Y que no pienso tardar siete años más en nada.

Nora exhaló.

—Bien —dijo—. Porque yo tampoco.

Salieron del restaurante a las once con el lago quieto a su derecha y el frío de abril mordiéndoles las manos.

Rhett le ofreció el brazo. Nora lo cogió.

Caminaron hasta los coches sin prisa.

—¿El viernes? —dijo Nora.

—El viernes.

—¿En el rancho?

—En el rancho. —Rhett la miró—. Y el domingo, si quieres.

—¿El domingo qué?

—Scout necesita que alguien que no sea yo lo vea de vez en cuando.

Nora lo miró.

—¿Me estás invitando a ver al caballo?

—Te estoy invitando a venir al rancho el domingo.

—Usando al caballo como excusa.

—El caballo no es una excusa. Le irá bien tener visitas.

Nora sonrió.

—El domingo, entonces.

La besó antes de que llegaran al coche. No fue un beso largo, pero fue de los que no necesitan serlo para dejar claro lo que son.

Nora puso la mano en su pecho y no se movió hasta que él lo hizo.

—Siete años —repitió ella, cuando se separaron.

—Ya lo sé.

—Bien.