Raíces y Ceniza (Harlow Creek 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El doctor Elliot

Elliot Marsh había llegado a Harlow Creek con la intención de quedarse un año, hacer el trabajo bien, y luego decidir qué quería hacer con su vida, que era una pregunta que llevaba aplazando desde que terminó la residencia.

Chicago le había dado trabajo y le había quitado otras cosas que no supo que necesitaba hasta que no las tuvo.

Cuatro años en urgencias de un hospital grande son cuatro años aprendiendo a funcionar a velocidades que el cuerpo no debería sostener.

Cuando la oportunidad de Harlow Creek llegó a través de su tía Dotty, que era del tipo de persona que cuando encuentra una solución la aplica sin pedir permiso, Elliot la había aceptado con el alivio de alguien que llevaba tiempo buscando una puerta de salida sin saber que eso era lo que estaba buscando.

Harlow Creek lo había recibido con la cautela habitual de los pueblos pequeños ante lo nuevo, que en este caso se había disuelto bastante rápido porque era el sobrino de Dotty y en Harlow Creek eso equivalía a venir con referencias.

El consultorio le gustaba. Le gustaba el ritmo distinto, la posibilidad de conocer a los pacientes en lugar de verlos una vez y nunca más.

Le gustaba Nora Vance, que era una profesional de las buenas: seria, eficiente, con esa calma que tienen las personas que han aprendido que la calma es más útil que la urgencia en casi todas las situaciones.

Y le gustaba Nora Vance de otra manera también, aunque intentaba no complicar las cosas.

Lo intentaba.

Un martes de marzo, con Cassidy ya integrada en el consultorio y Patricia oficialmente jubilada, Elliot le propuso a Nora comer juntos para revisar los protocolos de guardia del mes siguiente.

—Podemos hacerlo aquí —dijo Nora.

—Aquí no hay comida.

—Hay bocadillos en la máquina.

—Nora.

—Está bien. —Cogió el abrigo—. En el diner.

En el diner, Dotty los instaló en la mesa del fondo con una expresión que era exactamente la expresión de alguien que está conteniendo algo. Elliot lo vio y no dijo nada porque conocía a su tía lo suficiente para saber que lo que contenía iba a salir de todas formas.

Salió cuando les trajo el menú.

—¿Os habéis conocido ya bien? —preguntó Dotty, con la neutralidad de quien está haciendo una pregunta que no es neutral.

—Llevamos cuatro meses trabajando juntos —dijo Nora.

—En el trabajo. Fuera del trabajo.

—Dotty —dijo Elliot.

—Solo pregunto.

—Lo sé. —Elliot la miró—. ¿Qué recomiendas hoy?

—El estofado de ternera.

—Perfecto.

Dotty se fue con el pedido y Elliot desplegó los protocolos sobre la mesa. Nora los revisó con la atención concentrada que ponía en el trabajo.

—Las guardias de fin de semana —dijo—. Necesitamos cubrirlas mejor desde que Patricia se fue.

—Puedo hacer los sábados si tú haces los domingos.

—Los domingos los tengo libres desde hace años.

—¿Y los sábados?

—Los sábados suelo ir al rancho Kellerman por la tarde.

Elliot la miró.

—Dotty me habló del rancho.

—Dotty le habla del rancho a todo el mundo.

—¿Y de la gente del rancho?

Nora levantó los ojos de los protocolos.

—¿A qué viene eso?

Elliot sostuvo la mirada con esa tranquilidad suya.

—A que llevo cuatro meses y me parece que hay algo que todo el mundo en este pueblo sabe excepto yo.

—Hay muchas cosas que todo el mundo en este pueblo sabe.

—Me refiero a algo concreto.

Nora lo miró un momento.

—Elliot.

—No tienes que contarme nada —dijo él—. Solo quería que supieras que si quisieras contarlo, no sería el peor oyente.

Nora volvió a los protocolos.

—El estofado de Dotty está bueno —dijo.

Elliot entendió que era el cambio de tema y lo dejó estar.

Pero ese martes por la tarde, de vuelta en el consultorio, Cassidy le preguntó cómo había ido la comida y Nora le contó lo que Elliot había dicho, y Cassidy se quedó callada un momento antes de responder.

—¿Y? —dijo finalmente.

—¿Y qué?

—¿Le contaste lo de Rhett?

—No.

—¿Por qué no?

—Porque no hay nada que contar.

—Nora. —Cassidy la miró—. Llevas siete años sin contarlo y el resultado es que nada ha cambiado. Quizás el problema no es lo que cuentas. Es lo que no haces.

—¿Qué debería hacer?

Cassidy lo pensó.

—Hablar con Rhett.

—Ya hablamos.

—Hablar de verdad.

Nora cerró el ordenador.

—Es más fácil decirlo.

—Todo es más fácil de decir. —Cassidy cogió el abrigo—. Pero alguien tiene que decirlo o se queda sin decir para siempre.

Esa noche, Nora llamó a Adaia.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.

—Claro.

—Cuando decidiste decirle algo a Oliver. O cuando dejaste que pasara. ¿Cómo supiste que era el momento?

Adaia tardó un momento.

—No lo supe —dijo—. Solo lo hice.

—¿Y si hubiera salido mal?

—Habría salido mal. Pero al menos habría sabido la respuesta.

Nora guardó silencio.

—Rhett no es Oliver —dijo finalmente.

—No. Rhett es Rhett. Y lleváis siete años en lo mismo.

—Adaia.

—Nora, te quiero. Y precisamente por eso te digo que siete años es demasiado tiempo para seguir esperando que alguien haga algo que quizás no va a hacer si no le ayudas.

Nora no respondió a eso.

—¿Vienes el viernes? —preguntó Adaia, después de un momento.

—Sí.

—Bien.