CAPÍTULO 2
Lo que pasó en julio
Lo de julio Nora no se lo había contado a nadie.
Bueno: a Adaia sí, pero a Adaia en versión reducida, que era la versión en que el hombre del diner era su primo y punto, sin entrar en lo que había pasado antes de que el primo apareciera y lo que había pasado dentro de su cabeza cuando lo vio entrar por la puerta.
La versión completa era esta:
En julio, Nora había decidido que siete años era demasiado tiempo para querer a alguien que no hacía nada al respecto.
Había tomado esa decisión un miércoles por la tarde con la misma practicidad con que tomaba las decisiones difíciles: de frente, sin anestesia, con la lista de pros y contras hecha mentalmente y el resultado claro.
Rhett Caulfield no iba a moverse.
Nora Vance no podía seguir esperando a que lo hiciera.
Por lo tanto, lo sensato era dejar de esperarlo.
Lo que no había calculado era que dejar de esperar algo no significa que ese algo deje de existir. Significa que aprendes a vivir con ello de otra manera, que es más difícil y más silenciosa y te cuesta más de lo que cualquier lista de pros y contras puede prepararte.
El consultorio médico de Harlow Creek tenía dos enfermeras: Nora y Patricia Kessel, que era mayor que Dotty, llevaba treinta años en el puesto y se jubilaba en enero.
El doctor Henning, que había sido el médico del pueblo desde antes de que Nora llegara, tenía sesenta y ocho años y tampoco le quedaba mucho.
Eso significaba que en enero el consultorio iba a necesitar médico y enfermera nuevos, y el ayuntamiento del condado llevaba meses buscándolos.
En septiembre encontraron al médico.
Se llamaba Elliot Marsh.
Nora lo supo por Dotty, que lo supo por el ayuntamiento, que lo supo del hospital de Grand Rapids donde Elliot había trabajado los últimos cuatro años. Treinta y ocho años, especialidad en medicina de familia, formación en Chicago.
—Y es sobrino mío —añadió Dotty, con una expresión que mezclaba orgullo y la conciencia de que eso era información relevante.
—¿Tu sobrino viene a vivir a Harlow Creek? —dijo Nora.
—Mi sobrino viene a trabajar a Harlow Creek. Si se queda a vivir ya lo veremos.
—¿Cuándo llega?
—El quince de octubre.
Nora asintió y volvió al trabajo.
No pensó en Elliot Marsh hasta que lo vio, que fue el dieciséis de octubre, cuando entró al consultorio a las ocho de la mañana y encontró a un hombre de pie en la recepción mirando el tablón de horarios con una atención que era o curiosidad genuina o falta de algo mejor que hacer.
Era alto, con el pelo castaño y gafas de montura fina que le daban un aspecto de quien lee mucho y no le importa que se note. Bien parecido, de esa manera tranquila que no exige atención pero la recibe de todas formas.
Levantó los ojos cuando entró Nora.
—Buenos días. Soy Elliot Marsh. Empiezo hoy.
—Nora Vance. Enfermera. —Le tendió la mano—. Bienvenido.
—Gracias. —La miró—. ¿Es siempre así de tranquilo?
—Los lunes por la mañana sí. A las nueve empieza la agenda.
—¿Cuántos pacientes?
—Doce hoy. Patricia tiene la mitad.
—¿Patricia?
—La otra enfermera. Se jubila en enero. —Nora colgó el abrigo—. Le enseño las instalaciones si quiere.
—Por favor.
El consultorio era pequeño pero estaba bien organizado, que era el resultado de treinta años de Patricia Kessel y siete de Nora manteniendo el orden con la misma firmeza con que un rancho mantiene sus cercas.
Elliot lo recorrió con atención, haciendo preguntas precisas que le dijeron a Nora que sabía lo que buscaba.
—¿Cuánto tiempo lleva usted aquí? —preguntó, mientras revisaban el almacén de medicamentos.
—Siete años.
—¿Le gusta?
—Sí.
—¿Echaba de menos algo más grande?
Nora pensó en la pregunta.
—Al principio. Ahora no.
Elliot asintió.
—Mi tía dice que este pueblo es distinto.
—¿Qué dice exactamente?
Elliot sonrió. Era una sonrisa fácil, sin segundas intenciones.
—Que quien llega buscando algo lo encuentra. Y quien llega sin buscar nada también.
—Dotty tiene tendencia a la filosofía cuando no está ocupada.
—¿Y cuando está ocupada?
—Tiene tendencia a la filosofía y a hacer tortitas al mismo tiempo.
Elliot se rió. Era una risa real, de las que no calculan el efecto.
Nora volvió a recepción y empezó a preparar la agenda del día.
Esa tarde, en el diner, Dotty le sirvió el té y se apoyó en el mostrador con expresión de quien tiene cosas que decir.
—¿Qué te parece?
—Parece competente —dijo Nora.
—¿Y?
—Y nada más, Dotty.
—Es buen chico. Serio. No como los médicos de ciudad que llegan aquí y se van en seis meses porque no hay suficiente wifi.
—Ya veremos si se queda.
—Se queda. Lo conozco desde pequeño. Cuando Elliot decide algo, lo decide.
Nora bebió el té.
—Bien.
—¿Nada más?
—Nada más.
Dotty la miró con esa expresión que tenía cuando sabía que había más pero no iba a sacarlo a la fuerza.
—¿Vas al rancho el viernes? —preguntó.
—Sí.
—¿Y Rhett?
Nora dejó la taza.
—Dotty.
—Solo pregunto.
—Ya lo sé. —Una pausa—. Sí. Rhett también va.
Dotty asintió y se fue a la cocina. Nora se quedó con la taza de té y la certeza incómoda de que el viernes iba a ser más largo de lo habitual.