Raíces y Ceniza (Harlow Creek 2) CAPÍTULO 1
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Raíces y Ceniza (Harlow Creek 2)

Raíces y Ceniza (Harlow Creek 2)

Por Lily J. Leylla

© inepub.com

CAPÍTULO 1

Siete años de silencio

En Harlow Creek había dos cosas que todo el mundo sabía y nadie decía: que Dotty Marsh ponía demasiada sal en las papas fritas del almuerzo del jueves, y que Rhett Caulfield llevaba siete años enamorado de Nora Vance.

Rhett lo sabía también. Lo había sabido desde el primer invierno, desde una tarde de diciembre en la que Nora había entrado al diner con el abrigo empapado y el pelo pegado a la cara y había pedido un té de jengibre con la voz ronca de quien lleva una semana trabajando demasiado y durmiendo poco.

Lo había sabido con esa precisión molesta con que las certezas llegan cuando no las has invitado.

Y desde entonces había hecho lo que sabía hacer con las cosas que no tenía claro cómo manejar: no tocarlas.

Era un lunes de septiembre, con el verano todavía pegado al aire pero el otoño ya asomando en los bordes, cuando Nora Vance entró al rancho Kellerman por primera vez en seis semanas.

Había estado viniendo regularmente durante el año anterior, sobre todo desde que Adaia y Oliver habían encontrado su sitio y el rancho se había convertido en el centro de algo parecido a una comunidad.

Pero en julio algo había cambiado en Nora, un repliegue sutil que Rhett había notado sin preguntar, y en agosto había dejado de venir.

Ahora estaba en el patio, con una caja de melocotones que le daba a Adaia y una expresión que intentaba ser normal sin acabar de conseguirlo.

Rhett la vio desde la puerta del establo. Se quedó donde estaba.

—Nora —dijo Adaia.

—Los últimos de la temporada. Los Sully los estaban liquidando.

—Gracias. —Adaia la miró—. ¿Cómo estás?

—Bien.

—Nora.

—Bien, Adaia. De verdad.

Adaia cogió la caja. Nora miró hacia el rancho con esa forma que tenía de no mirar lo que estaba mirando, y Rhett dio un paso atrás dentro del establo sin saber del todo por qué.

—¿Viene Rhett a cenar el viernes? —preguntó Nora, en voz suficientemente baja para que creyera que no llegaba.

Llegó.

—Viene todos los viernes —dijo Adaia—. Siempre viene.

—Bien.

—¿Vienes tú?

Pausa de dos segundos.

—Puedo venir.

—Pues ven. A las siete.

Rhett volvió al interior del establo y siguió con lo que estaba haciendo, que era revisar los arreos del caballo nuevo que había llegado en agosto, un alazán de cuatro años que Bram había comprado en una subasta del condado de Montcalm y que todavía miraba el mundo con la desconfianza de quien ha cambiado de manos demasiadas veces.

—¿Quieres que hable contigo o prefieres seguir haciéndote el invisible?

La voz de Lucas Crane desde la puerta. Veintiún meses en Harlow Creek y ya hablaba con la confianza de alguien que lleva toda la vida.

—Estoy trabajando —dijo Rhett.

—Estás mirando los arreos sin tocarlos.

—También es trabajo.

Lucas entró y se apoyó en la pared.

—Era Nora.

—Ya lo sé.

—Llevas diez minutos parado.

—Lucas.

—Solo digo.

Rhett colgó los arreos.

—¿Qué quieres?

—Nada. —Lucas lo miró—. Adaia dice que el viernes viene Nora a cenar.

—Ya lo oí.

—¿Y?

—Y nada.

—Rhett.

—Lucas, tengo treinta años y sé lo que hago.

—¿Lo sabes?

Rhett lo miró. Lucas levantó las manos con esa inocencia que no era inocencia.

—Solo pregunto —dijo—. Porque desde fuera parece que llevas siete años sin saber exactamente lo que haces.

Rhett cogió el cubo del agua y fue a llenarlo.

—¿Sabes qué, Lucas? Hace año y medio te habrías ido corriendo de esta conversación.

—Sí. Pero llevo un año y medio viendo cómo funciona esto. —Hizo un gesto vago que abarcaba el rancho y el pueblo—. Y lo que aprendí es que esperar no resuelve nada.

Rhett lo miró.

—¿Eso lo aprendiste viendo a tu hermano?

—Lo aprendí viéndote a ti. —Una pausa—. Ollie tardó tres meses. Tú llevas siete años.

Rhett no respondió. Llenó el cubo y volvió al establo.

El alazán lo miró con esos ojos grandes y desconfiados que tenía y resopló cuando Rhett le puso el agua delante.

—Ya somos dos —le dijo Rhett al caballo.

El caballo bebió sin comentario.