Raíces Capítulo cuarenta y nueve
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Capítulo cuarenta y nueve

El arresto de Margaret Caldwell causó una enorme conmoción en Careyville. El impacto de la noticia resonó por todo el estado de Idaho y más allá. Una vez más, Patrick Gallagher estaba en el centro de la atención.

Su trabajo allí había terminado. En pocas semanas finalizaría su sustitución y los telespectadores no podían entender que fuera a engrosar las listas del paro. Él solo podía reírse al respecto. Su única declaración fue:

—Me vendrán bien unas vacaciones.

No dijo nada más, y su mutismo no hizo sino acrecentar el interés del público.

Mientras él se ocupaba del tedioso papeleo, Sarah y CJ se ponían al día. Para CJ fue fácil abrirse y desprenderse de todo aquello que, hasta hacía pocos meses, apenas era capaz de mencionar.

Le habló de John, de Daicy, de su decisión de acabar con todo y de la aparición de Siete Millas. Le contó aquella nueva oportunidad junto a Patrick y Mae, cómo empezaba a sanar y a atreverse a amar. Le habló de los miedos, de la soledad y de la esperanza.

Sarah lloró más que CJ. Cargaba con una enorme maleta de culpas, y el caso de Johana Hudson había reabierto todas las heridas que creía cerradas.

No podía dejar de pensar en qué habría pasado si hubiera sido valiente o en el remordimiento de no haber estado junto a CJ cuando el mundo a su alrededor se desmoronaba.

—Es increíble lo que voy a decirte —le confesó Sarah a su amiga—, pero tu empatía hace que todo sea aún más difícil.

CJ rio.

—Ya me lo han dicho.

—Patrick, ¿verdad?

CJ asintió con una sonrisa.

—Solo voy a decir una cosa al respecto: ¡que os den! No pienso cambiar. No voy a volverme más cruel ni más rencorosa solo para ponéroslo más fácil, ¿vale?

—Vale.

Sarah la abrazó con fuerza. Deseaba que aquella promesa fuera la más firme del mundo, que CJ jamás cambiara.

—Es increíble que pintes en blanco y negro cuando eres capaz de llenar la realidad de tanto color.

—Porque dejo los fantasmas sobre el papel. Es una especie de conjuro para atraparlos allí, en lugar de permitir que viajen conmigo.

Sarah asintió. Ella necesitaba encontrar la forma de purgar sus propios fantasmas, y CJ acababa de darle el primer empujón. Si su amiga era capaz de perdonar, de pasar página y de no guardar rencor, ¿no podía ella, al menos, intentarlo?

La tarde antes de regresar a Utah, después de despedirse de Walter, CJ, Mae y Patrick, hizo un último desvío. Condujo su coche por el camino destartalado y aparcó frente a la verja oxidada de lo que un día fue su hogar.

Chuck la vio. Miró a su hija y a su nieto y cayó de rodillas, suplicante. Dios había escuchado sus plegarias y lo recompensaba por su sobriedad.

Sin olor a alcohol, sin tambalearse ni proferir insultos envuelto en una bruma etílica, Chuck Bloom abrazó a su hija y le pidió perdón. Sarah lo perdonó y, al hacerlo, la mitad del peso de la maleta del pasado desapareció.

Más ligera, regresó a casa, a la vida que salvó aquella noche en la que decidió huir y en la que Johana Hudson ocupó su triste lugar.

Dos meses después…

El juicio ocupaba todos los informativos. Nadie sabía qué ocurría dentro del tribunal, pero, fuera, las cámaras no descansaban. Patrick tuvo que declarar en dos ocasiones: una a petición de la fiscalía y otra a instancias de la defensa.

Su testimonio fue clave y el intento de la defensa de desacreditarlo por sus relaciones personales cayó en saco roto.

Las noticias eran favorables. A Ethan le caerían más de veinte años de prisión con toda seguridad y a Margaret, al menos diez.

No era cadena perpetua, como muchos esperaban, pero sí la pena máxima posible ante la falta de una confesión y de pruebas concluyentes.

—Joder —se quejó Mae mientras subía el volumen del televisor—. ¿Les queda mucho con la sierra y el taladro?

—Pues sí. ¿O es que no quieres tu habitación con baño en suite? —bromeó CJ.

Mae le sacó la lengua.

—Vale, entonces supongo que puedo aguantar un poco más de ruido.

Los obreros siguieron trabajando sin prestar atención a las quejas de la adolescente. Noah pasó a recogerla y ambos fueron con Siete Millas a buscar más trufas. Ya habían montado un negocio bastante rentable.

CJ aprovechó aquella inesperada tranquilidad para ir a su nuevo despacho.

Se habían casado con Patrick en una boda íntima, lejos de las cámaras.

Tanto así que no fue hasta una semana después que conoció a sus suegros.

Era el único modo de no hacer de aquello un acto público.

El gran detective Gallagher seguía en boca de todos y el mundo parecía interesarse por cualquier nimiedad de su vida personal. Incluida CJ.

El rancho estaba en plena reforma y había sido idea de Patrick empezar por su lugar de trabajo. No podía estar más agradecida. Desde el reencuentro con Sarah, la inspiración había vuelto con fuerza.

Seguía dándole vueltas a la observación de su amiga: pintas en blanco y negro cuando llenas la realidad de color.

Era hora de poner color también sobre el papel, de añadir luz y brillo al pasado para dejar de verlo tan gris.

Se había embarcado en un nuevo proyecto en el que no solo era la ilustradora, sino también la narradora.

Extendió el papel, cogió las acuarelas y convirtió el blanco en un mundo lleno de vida y de color.

Así la encontró Patrick. Permaneció unos instantes en el umbral sin delatar su presencia. Solo cuando CJ se estiró para aliviar la tensión del cuello, él se acercó y besó la piel dolorida de su nuca.

—La silla ergonómica será la próxima inversión —dijo antes de besarla en los labios.

—A este paso te vas a gastar todo el dinero del documental en cumplir todos mis caprichos.

—¡Oye! Vendí mi imagen para ese maldito documental precisamente para cumplir tus caprichos. Es el dinero mejor invertido.

—Pues ya puedes empezar a ser más prudente, porque nuestra hija sigue soñando con una habitación con baño en suite.

—No hay de qué preocuparse porque... —Sacó el móvil y abrió el archivo adjunto de un correo electrónico—. Tu famoso marido acaba de firmar los derechos para otro documental.

—¡No me lo puedo creer!

—Al parecer, te has casado con toda una estrella.

CJ se puso en pie y lo abrazó. Patrick no tardó en aprovechar el movimiento para cogerla por las nalgas e invitarla a rodearle la cintura con las piernas.

—Mae está en el bosque. Walter, con los obreros... Vamos a convertir estos en los tres minutos más apasionados de nuestra relación —rio.

—¿Tres minutos? Vaya... Hoy vamos sobrados de tiempo.

Patrick soltó una carcajada y CJ rio con él. Fueron juntos a su habitación para celebrar el nuevo cheque que convertiría aquel Airbnb en un verdadero hogar.

Después de una celebración que duró bastante más de tres minutos, permanecieron en la cama, con los cuerpos y los pensamientos enredados.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella mientras le acariciaba el pecho y le besaba el mentón.

Nunca se cansaba de mirarlo, de empaparse de su imagen y de disfrutar de la sensación de sentirse entre sus brazos.

Segura, protegida, la prioridad de alguien por primera vez.

Ya no temía el futuro. Su pregunta nacía del deseo de vivir nuevas aventuras a su lado, no del miedo a que el sueño terminara.

Con Patrick, la eternidad había dejado de ser un concepto abstracto.

—Michael Donahue está convencido de que conseguirá lo que le pedí.

—¿Un puesto como agente de campo? ¿Ya no te dice que es poco para ti?

—Ya no. —Patrick sonrió—. Ese capullo manipulador tiene otros planes para mí.

—¿Qué planes?

—Pagarme como agente de campo, pero utilizarme como asesor en criminalística.

—¡Oye! Eso es hacer trampas.

Aun así, CJ sonrió. Era la solución perfecta.

Patrick podría dedicarse a lo que más le gustaba, atrapar criminales, sin tener que hacerlo en una gran ciudad, lejos de Mae, de ella y de la paz que había conseguido construir en Careyville.

¿El dinero? Ya se las apañarían. Ella había vuelto a ilustrar, el rancho empezaba a dar beneficios gracias al dinero de los documentales y los agentes de campo tampoco cobraban tan mal.

—Tendré que atrapar a unos cuantos asesinos retorcidos más para poder vivir de los documentales. ¿Qué te parece?

—Que me alegro por todas las víctimas, porque tú les harás justicia.

Lo besó en los labios. Él saboreó la felicidad en su boca y la miró a los ojos, rebosante de cariño.

—¿Nos darán para otros tres minutos?

CJ soltó una carcajada que se transformó en un gemido cuando Patrick volvió a cubrirla con su cuerpo para hacerle el amor.