Raíces Epílogo
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Epílogo

Tres meses después…

CJ estaba frente a la hoja en blanco. Le restaba un dibujo para finalizar su proyecto. La mano le temblaba y donde debían pintar las acuarelas pintaban sus lágrimas.

Pensó que iba a morirse, la angustia era tan grande y el miedo tan atroz que estaba paralizada. Había conseguido mantener la compostura esa mañana frente a Mae y Walter, pero al encerrarse en su estudio, el mundo se desmoronó.

Oyó la camioneta de Patrick entrar por el camino del rancho y consiguió volver a respirar. El dolor del pecho se hizo más hondo y las lágrimas más grandes, pero sus pulmones funcionaban y su corazón latía y con él cerca podría recomponerse, ¿verdad?

Los sonidos de Patrick al entrar, al saludar a Siete Millas, bromear con su hija, preguntar a Walter qué tal todo la mecieron como las olas del mar. La cafetera se puso en marcha, el aroma a café inundó el rancho, la voz de su esposo:

—¿CJ, trabajando?

Sus botas hicieron crujir la madera de la escalera, le indicaron que estaba cerca. A medida que la distancia entre los dos se acortaba, CJ se hacía más fuerte y volvía a confiar.

Un golpe suave en la puerta, el intento de Patrick de no cortarle la inspiración. ¿Cuál inspiración?, esta se había esfumado.

—¿CJ? —Al verla, el rostro de Gallagher se transfiguró—. ¿CJ, qué sucede?

Ella alzó la vista a él y las lágrimas se volvieron cataratas. Patrick la abrazó y meció sin entender, urgido por la necesidad de consolarla y protegerla de cualquier mal. Su mundo también pareció desmoronarse con el de ella.

—¿Qué ha pasado, cariño? Por favor, háblame.

CJ era incapaz de articular palabra. Buscó en su escritorio la evidencia y se la extendió. Patrick quedó petrificado ante la prueba de embarazo.

—CJ… Estará bien. Estaremos bien.

—No puedes prometer eso.

No, no podía. Patrick era capaz de atrapar a los más despiadados asesinos, proteger su hogar, a su hija, a su esposa… pero no podía vencer a la naturaleza.

—Quizá no pueda asegurarte que esta vez salga bien, pero hay un juramento que sí puedo hacerse, CJ, y es que no atravesarás por esto sola. Aquí me tienes, aquí nos tienes. Estamos juntos, ¿vale? Estamos juntos.

Ella lo abrazó, se aferró a su espalda y buscó sentir su fortaleza en cada célula de su ser. Con él podía hacerlo, ¿verdad?, él no la dejaría presa del dolor.

Once semanas después…

Eran un grupo extraño, sin duda. Walter, Mae y Siete Millas viajaban en la parte de atrás. Patrick y CJ, en los asientos delanteros. El trayecto hasta Boise era largo y procuraron mantener el ánimo. Casi consiguieron que Claire olvidara el motivo del viaje.

Casi.

La fachada del hospital los devolvió de golpe a la realidad. A partir de ese momento fue mucho más difícil mantener el buen humor y disimular que los cinco estaban aterrados. Hasta Siete Millas parecía angustiado.

Mae y Walter fueron a por café y se llevaron al cerdito. Dudaban que en el hospital les permitieran entrar con él. Un perro, bueno, todavía... ¿pero un cerdo? Y menudo cerdo. Siete Millas ya era adulto y había que reconocer que imponía bastante con aquel corpachón.

Patrick y CJ desaparecieron tras la puerta acristalada. La prueba era ambulatoria: una biopsia de vellosidades coriónicas para determinar si el feto presentaba la alteración genética de Daicy. Patrick permaneció a su lado en todo momento y compartió el silencio con ella.

Los resultados estarían en tres días.

Regresaron a casa envueltos en el mismo silencio opresivo.

Mae contuvo las lágrimas hasta refugiarse en su nueva habitación y solo se permitió llorar junto a Noah.

No quería que CJ cargara con más angustia.

Nadie lo quería. Todos parecían caminar de puntillas, como si hubieran puesto la vida en pausa.

Fue Claire quien logró encontrar la fuerza en su interior, la llama de la esperanza.

Entró en su estudio, preparó las acuarelas y terminó la última ilustración de su cuento:

El Conejito Ciro y el jardín de las oportunidades perdidas .

Ciro estaba muy triste. Su zanahoria favorita, la más grande y crujiente de todas, había desaparecido. Se sentó en el pasto y decidió que, hasta encontrarla, no volvería a jugar ni a sonreír.

Millie el cerdito vio a su amigo llorando y quiso ayudarlo.

—¡No estés triste, Ciro! Mira, te traje esta flor mágica para alegrar tu día —dijo Millie.

Pero Ciro, mirando el suelo, apenas murmuró:

—Solo quiero mi zanahoria.

Ciro no miró la flor. Estaba tan ocupado lamentándose, que la flor, al ver que nadie la admiraba ni la cuidaba, perdió su color y se marchitó. ¡Qué pena!, la alegría se había ido.

Millie no se dio por vencido.

—¡Ciro, mira! He hecho un barquito de papel para que naveguemos en el charco. ¡Será muy divertido! Pero Ciro seguía suspirando: —Nada es divertido sin mi zanahoria.

Ciro no levantó la vista. Como no usaron el barco, el agua del charco lo mojó tanto que el papel se deshizo por completo. Otra oportunidad de jugar se había escapado.

Millie insistió una vez más.

—Tengo una manzana deliciosa, Ciro. Comámosla juntos bajo el sol.

Pero Ciro seguía encorvado: —No tengo hambre, solo pienso en lo que perdí.

Ciro no tocó la manzana. Por estar tan ocupado pensando en el pasado, la fruta se echó a perder. ¡Ciro seguía sin zanahoria y ahora también sin manzana!

Millie suspiró y se fue. Ciro se quedó solo, rodeado de una flor marchita, un barco roto y una manzana seca. Por añorar lo que ya no estaba, se había perdido de todo lo bueno que el presente le ofrecía.

Ciro comprendió algo importante: la zanahoria no volvería por llorar, pero la vida seguía pasando.

Se levantó, sacudió sus orejas y decidió salir a buscar a Millie para pedirle perdón y agradecerle por su cariño.

¡Había aprendido que la vida es para disfrutarla hoy, no para perderla lamentando lo que ya se fue!

La mejor forma de honrar a su zanahoria era volviendo a apreciar lo que la vida ofrecía.

CJ llenó la hoja de colores vibrantes y de figuras tiernas, muy lejos de los negros y blancos de su estilo habitual. Ya no renunciaba a purgar sus fantasmas en ilustraciones a tinta, pero ahora se atrevía también a poner color al dolor como una forma de sanar.

Extendió la ilustración para que se secara justo cuando Patrick entraba con el sobre en la mano. Lo abrieron juntos, temblando, mirándose a los ojos.

Su mundo también estalló en colores. La palabra «negativo» brilló como un sol y la vida, igual que en su cuento, les regaló una nueva oportunidad.