Raíces Capítulo cuarenta y siete #3
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Capítulo cuarenta y siete #3

Empecé a resistirme. Los golpes se hicieron más frecuentes, pero no me importaba. Prefería que me matara antes que seguir un segundo más así.

Sabía que ese sería mi final. Moriría. Ethan estaba cada vez más violento, mi rebeldía lo volvía loco.

Quería que yo volviera a ser la muchacha sumisa a la que podía manipular mediante la culpa.

Pero tú te habías ido a la universidad y mi padre estaba borracho todo el tiempo, ¿qué tenía que perder?

Mi vida ya era una pesadilla. Morir era más liberador que seguir viviendo.

Me dolía cada hueso. Le dije a la enfermera del hospital que había sido Ethan, que, si moría, fuera a la policía y lo contara.

Pero no fui yo quien murió. Eso también lo sumo a la lista interminable de motivos para el remordimiento.

Monté una escena en el bar. Hasta llegué a plantearme follar con Morrison.

Quizá, si conseguía convencerlo de que era el amor de mi vida, se enfrentaría a Ethan y lograría que me dejara en paz.

No. Hank era un cobarde de mierda, no iba a mover un dedo por mí.

Salí de allí y regresé a casa. Mi padre se había orinado en el sofá y estaba inconsciente.

Como tantas otras veces, metí algunas prendas en una mochila, dispuesta a marcharme.

Ya casi no tenía ropa. Ethan había tirado a la basura mis prendas antiguas y las había sustituido por las de su madre.

Joder, hacía que Margaret las usara para dejar su olor en la tela y me impedía lavarlas.

Me daba unas palizas terribles si lo intentaba o si las rociaba con otro perfume.

Solo cogí la ropa negra que había conseguido en una tienda benéfica, la que busqué para rebelarme, y le di un beso en la frente a mi padre, aunque lo odiaba por no haber estado allí para ayudarme.

Al salir, me encontré con Margaret Caldwell. Estaba de pie junto a su camioneta azul, la que tenía entonces. ¿La recuerdas? Había vuelto a fumar. Cerré los ojos, rendida. Una vez más me había sorprendido intentando huir.

Pero aquella vez no me detuvo. Me tendió una bolsa de papel marrón con diez mil dólares y me dijo:

«Vete. Si vuelves, aunque solo sea para saludar a tu padre, te mataré».

Supe que hablaba en serio. Cogí la bolsa y me detuve frente a ella.

«Vete», insistió.

«¿Ahora? ¿A estas horas?».

«Ahora. Si amanece y tú sigues aquí, estarás muerta».

La observé una última vez. Reparé en que no tenía el aspecto de siempre, ese aspecto cuidado que Ethan buscaba reproducir en mí como reflejo de su madre.

Llevaba vaqueros, botas de agua y un cortavientos con capucha.

También guantes de jardinería. Su aspecto me cogió por sorpresa.

Incluso estaba embarrada. Pero, como hasta entonces los Caldwell eran las personas más desquiciadas que había conocido en mi puñetera vida, no le di más vueltas ni traté de entenderlo.

¿Entender qué? ¿Cómo puede alguien comprender que un hijo busca mujeres que se parezcan a su madre para follárselas?

¿Cómo asimilar que la madre lo sabe y se lo permite?

Hasta había presenciado los intentos de Ethan de tocar a Margaret, joder.

Verla embarrada en mitad de la noche era lo menos desquiciado que aquella mujer era capaz de hacer.

No le di más vueltas. Con la mochila al hombro, caminé desde mi casa hasta la carretera e hice autostop hasta que el primer camión me recogió.

Terminé en Oregón. Como me parecía demasiado cerca de aquellos dos psicópatas, volví a hacer autostop.

Seguí y seguí, hasta que me detuvieron en Utah por dormir en la vía pública.

Allí le dije a un policía que escapaba de un hogar violento.

No di más detalles y el hombre se apiadó de mí.

Habló con una conocida, me dieron trabajo y me establecí en Utah.

Traté de no pensar en lo sucedido, de dejar el pasado atrás.

Hasta que vi tu rostro en la televisión, CJ.

Hasta que comprendí por qué Margaret Caldwell estaba embarrada y con guantes de jardinería aquella noche, por qué me dejó escapar.

Ethan iba a matarme e iba a ser jodidamente difícil esconder dos cuerpos.

Ethan estaba a un paso de dejar de ser un psicópata con mummy issues para convertirse en un puñetero asesino en serie.

Ella lo estaba protegiendo a él, no a mí, pero aun así me entregó la llave para escapar.

Ahora debo sumar a mis remordimientos la muerte de Johana Hudson. Tenía que haber sido yo. Fui yo quien provocó todo aquello y quien estaba preparada para morir esa noche. Fui yo quien le tiró de la cola al diablo y salió con vida, porque otra ocupó mi lugar.

Sé que durante todos estos años te mantuve en la oscuridad, dejé que pensaras que nuestra amistad no había significado nada para mí.

Fue justo lo contrario. Siempre fuiste lo único valioso que tuve, CJ, y no quería contaminarlo con esto.

Fue mi manera de protegerte, de devolverte con cariño todo el cariño que me habías dado.

Eso fue lo que pasó.

(Pausa)

Hemos terminado, sheriff. Luego responderé cualquier pregunta que quede pendiente.

(Fin de la grabación)