Raíces Capítulo cuarenta y siete #2
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Capítulo cuarenta y siete #2

Cuanto más bondadosa eras tú, cuanto más intentabas recomponer nuestra amistad y que volviéramos a ser tres, más remordimientos me asaltaban y más me enredaba Ethan en ellos.

Ya no sentía aquella culpa romántica de los primeros días, esa sensación de caminar sobre las nubes que traía aparejada cierta esperanza: «CJ comprenderá que nos amamos y nos perdonará».

Lo hiciste, nos perdonaste, pero el amor no existía y me invadió la angustia ante la idea de volver a perderte, de confesarte: «Pues no, CJ, lo he estropeado todo para nada.

Ethan no me ama, yo le tengo miedo, y los dos te hemos hecho daño por capullos».

No tenía derecho a echarte mis problemas encima, a reclamarte esa amistad, ni mucho menos a ponerte en la situación de tener que elegir entre Ethan y yo, cuando siempre podríamos haber sido los tres.

Así lo creía entonces. Aún no era consciente de la magnitud de su violencia.

Mi padre es alcohólico. Mi padre me crio entre insultos y menosprecios.

La violencia de Ethan, al principio, era tan natural para mí que no la reconocí como tal o quizá simplemente pensé que era lo que me merecía.

Al fin y al cabo, lo había estropeado todo, ¿no?

Había herido a la única persona que se acercó a mí…

tal vez aquellos insultos eran, en realidad, adjetivos exactos para describirme.

Comencé a marchitarme y a sentirme más sola que nunca. Mi padre, ebrio, no prestaba atención a mis moratones ni a mis noches de llanto. Había apartado de mi vida a mi única amiga y había descubierto que la Bestia no se había convertido en Príncipe, sino el Príncipe en Bestia.

E inició la pesadilla. La verdadera pesadilla.

Fue una noche en la que me invitó a cenar.

Habíamos discutido y yo quería hacerlo todo bien para que no me levantara la mano.

Por eso, cuando llegó con un vestido, unos zapatos y me dijo que me peinara de determinada manera, obedecí.

El vestido era precioso, tal vez algo vintage, pero precioso.

Pensé que él también estaba intentando arreglar las cosas.

Creí que iríamos a cenar a Ponderay, pero me dijo que no, que comeríamos en su casa.

Sería una cena especial. Me arreglé y fui con él.

No podía creerlo cuando me hizo sentarme en la cabecera de la mesa, pensé que quería agasajarme.

También supuse que estaríamos solo los dos.

¿Por qué, si no, iba a ocupar yo el lugar de Margaret?

Fue cuando apareció Margaret cuando el desconcierto me hizo analizar la situación con otros ojos. Volví la vista hacia el cuadro que había sobre el aparador del comedor y me estremecí.

Vestía igual que Margaret en la pintura. Lucía igual que Margaret en la pintura. Miré a la madre de Ethan buscando socorro. ¡No podía estar de acuerdo con aquello! ¿Sería una víctima más de su hijo?

No. Ella solo hizo una mueca y me soltó entre dientes:

«Esfuérzate más. Yo nunca me vería aterrada».

Jamás había sentido tanto miedo en toda mi vida. La cena fue tensa. Ethan enfurecía con cada uno de mis errores. Margaret Caldwell no balbucearía. Margaret Caldwell no confundiría los cubiertos de ese modo. ¡Margaret Caldwell no apartaría las coles a un lado del plato!

Recibí varios bofetones correctivos, todos ellos frente a los ojos de su madre, que negaba con la cabeza, decepcionada por mi desempeño. Cuando mi fracaso fue evidente, Ethan se lanzó a los brazos de la mujer y lloró como un niño.

«No consigo que aprenda», se lamentaba.

Margaret me miraba con furia, me hacía responsable de la terrible decepción de su hijo.

«Ya lo conseguirá. Cuando vea las ventajas de ser una Caldwell, pondrá más empeño».

Como si la escena no fuera lo suficientemente tétrica, vi el modo en que Ethan intentaba colar la mano por debajo de la falda de su madre.

Esta le dio una palmada, ni siquiera demasiado furiosa, solo como una corregiría a su hijo que va a meter el dedo en la tarta ya decorada.

Ethan se puso de pie, me instó a seguirlo y me folló mientras usaba la ropa de su madre.

Estaba tan estupefacta que no supe reaccionar.

Sé que fue una violación y hasta el día de hoy no entiendo cómo no me resistí.

Sé que me hubiera golpeado, quizá hasta matado, pero cualquier cosa era preferible antes que yacer de ese modo, inamovible, mientras él se hundía en mí pensando que era su madre.

Al marcharme, fue ella quien sentenció: «Nadie te creerá, pero si lo intentas, desearás estar muerta».

La situación se repitió más veces de las que me gustaría admitir.

En algunas ocasiones, hacía todo bien, y no había golpes, aunque siempre violación.

La puerta permanecía abierta y Margaret oía desde el salón comedor.

Yo la oía a ella, escuchaba como degustaba el postre mientras su hijo abusaba de mí a pocos metros.

Intenté escapar la primera vez que la paliza fue tan grande que terminé en el hospital de Ponderay.

Margaret corrió el rumor de que había sido mi padre y que ellos me habían ayudado.

Cuando, adolorida, busqué la salida de emergencia para nunca más volver, Margaret me esperaba allí, fumando uno de esos cigarrillos delgados.

Lo aplastó con su zapato y me acusó de haberla hecho regresar al vicio.

«No irás a ningún lado, Sarah. Ethan te necesita. ¿No lo ves?».

Le dije a mi padre lo que pasó, le dije que había sido Ethan, que me ayudara. Pero estaba demasiado borracho y al otro día no se acordaba de nada.

Te vi en el pueblo unos días después. Ibas al correo, creo que recibías la respuesta de la universidad. Me saludaste a lo lejos, ¿lo recuerdas?

(Vos susurrada de Claire Juniper Barlow).

Quise decírtelo. Confesártelo todo. Di un paso hacia ti y una fuerza interior me detuvo. Supe que me ayudarías, supe que serías mi salvación, que me creerías y que…

(Pausa)

Supe que serías capaz de darme tus ahorros, el dinero que habías reunido año tras año para ir a la universidad. Estaba segura de que sacrificarías tu futuro por mí, para que yo huyera de allí, porque así eres tú, CJ. No pude hacerte eso.

(Voz de Claire Juniper Barlow)

(Pausa prolongada)

Me alejé. Al trago de traumas le sumé un chupito más de autodesprecio.

Merecido, debo añadir. Sé que dirás que no, sé que lloras en este momento porque no te habría importado darme ese dinero, porque habrías preferido hacer ese sacrificio entonces…

Sé que aún me quieres, porque tú solo sabes querer, CJ.

Era yo quien no era digna de recibir esa ayuda.

(Pausa)

Quise escapar muchas veces más. En todas fue Margaret quien me lo impidió. Parecía adelantarse a cada uno de mis intentos. Hasta aquella noche.

(Pausa)

Discutí con Ethan en el bar de Morrison.

Deseaba que perdiera los estribos delante de la gente.

Necesitaba testigos que vieran que no era un príncipe de cuento.

Si Margaret vestía con colores pastel, yo optaba por ropa negra.

Me pintaba las uñas de colores estridentes, me corté el pelo a la altura de la barbilla para que no pudiera disfrazarme de su madre.

El muy hijo de puta consiguió una peluca.