Capítulo cuarenta y seis
En Utah era un mediodía soleado, de esos que anuncian un verano caluroso. El calor resecaba la tierra, el viento era cálido y levantaba el polvo, y los habitantes del estado debían decidir si lavar el coche o reservar el agua para las plantas cuando llegara la sequía.
La mujer dejó el motor de su sedán gris en marcha para que el aire acondicionado siguiera haciendo su trabajo durante los pocos minutos que pensaba tardar. Cogió el bolso y bajó deprisa.
—Hola, Cris. ¿Qué tal se ha portado hoy?
Un niño rubio se volvió con una sonrisa al reconocer la voz.
—De maravilla, como siempre.
—Ya, no hace falta que me mientas.
Abrió el bolso sin perder la sonrisa y sacó un billete de cincuenta dólares.
Cris fue a buscar el cambio mientras la mujer recogía al bebé de dieciocho meses de la manta de juegos.
Cris se encargaba de cuidarlo los días en que ella tenía que asistir a las reuniones del proyecto; el resto del tiempo teletrabajaba y podía organizar bastante bien las horas de cuidado con la jornada laboral.
Y Greg, su esposo, cumplía con su parte de maravilla.
No era de esos hombres que llegan a casa después del trabajo, se abren una cerveza y se desploman en el sofá para ver el partido.
Al contrario, disfrutaba pasando tiempo con su hijo, Bran, y con ella.
La comunidad de Utah era muy religiosa y, en ocasiones, se sentía presionada por ser protestante en una ciudad de mayoría mormona.
Sin embargo, salvo los más fanáticos y sectarios, la gente la trataba bien.
Sabía, en el fondo, que con esa amabilidad intentaban convertirla, hacerle ver que aquel era el camino verdadero.
—Cris... —Fue tras la muchacha con Bran en brazos—. Si no tienes cambio, no pasa nada. Lo dejamos para la próxima. De hecho...
Se interrumpió al ver las noticias en el televisor de la cocina de Cris.
Creyó que iba a desmayarse.
—Sí, es un caso terrible. Tú eras de Idaho, ¿verdad? La maldad avanza. Vivimos tiempos que nos demuestran que el único camino es la fe.
Cris subió el volumen. Esperaba que aquella noticia tan atroz empujara por fin a su amiga a dar el paso y convertirse al mormonismo.
«Sí. La considero una hija. Aquí, señores, vive una familia, no un grupo de extraños. Una familia que se cuida mutuamente...».
Era un rostro y una voz que conocía demasiado bien.
Bran se removió incómodo en brazos de su madre. Al ver que no reaccionaba, Cris llenó el silencio con su voz.
—Los medios le han dado mucha cobertura porque el detective es famoso. Es el mismo que atrapó a aquel asesino horrible de hace años, el que mataba mujeres en Boston. ¿Conoces el caso?
La mujer asintió.
—Pues ahora lleva esta investigación. Hay fiscales corruptos, chicas asesinadas y un sospechoso que parece que va a irse de rositas gracias al dinero.
—¿Quién? ¿Cómo se llama?
—No estoy segura. Ethan... algo. Ethan...
—Ethan Caldwell.
Necesitó sentarse.
Cris cogió a Bran de sus brazos.
—¿Te encuentras bien?
—No. Sí. Tal vez.
Por fin consiguió mirar a su canguro a los ojos.
—Tengo que viajar a Idaho. Hay algo que debo confesar. ¿Podrás cuidar de Bran más horas?
***
El interrogatorio no avanzaba. Los abogados de Caldwell se aseguraban de que Ethan no se incriminara. Todas las pruebas eran circunstanciales.
—El reloj era de tu padre —indicó Patrick. Extendió una fotografía en la que se veía un reloj idéntico en la muñeca del anterior señor Caldwell—. Tenemos testigos que te vieron llevarlo hace años. Tu padre no lo perdió en el bosque. Lo perdiste tú.
—Eso es una suposición —insistió el abogado.
—Una suposición fundamentada. Imagino que habrás echado de menos un recuerdo de tu padre. Por tanto, más o menos recordarás cuándo lo perdiste.
—Tener mala memoria no es motivo de detención.
—Pasemos a la camioneta. Noah Pierce la reconoció como la que intentó atropellarlos.
—Mi cliente estaba en Ponderay.
Las preguntas se repetían una tras otra.
Patrick intentaba no revelar su hipótesis demasiado pronto.
Necesitaba agotarlo mentalmente, empezar a encontrar grietas en su declaración para luego tirar de los hilos.
Hacerle ver que lo tenían acorralado, que mentir solo iba a complicar aún más su situación.
De momento, ni Aston ni él lo conseguían.
El reloj seguía en el laboratorio. El primer análisis había revelado las insignias familiares y el número de serie que lo vinculaban al padre de Caldwell.
Pero, como bien había señalado el abogado, Ethan podía haberlo perdido en cualquier otro momento.
La supuesta escena del crimen tampoco estaba tan cerca del lugar donde apareció el cuerpo. Podía ser una casualidad.
La justicia odia las casualidades.
Gallagher ya se imaginaba en el juicio, viendo al jurado analizar las pruebas y concluir que no eran determinantes. Que existía una duda razonable.
Joder, claro que existía. Él mismo dudaba. No de que Ethan fuera el responsable, sino de que aún le faltaban piezas.
Aston tomó el relevo. Repitió las preguntas una y otra vez.
Dejaba escapar suspiros resignados, como si todo aquel proceso lo agotara por lo evidente del desenlace.
Transmitía ese mensaje que tan bien suele funcionar en los interrogatorios: «Si alargas esto más de la cuenta, seré mucho menos comprensivo al final» o «te estás interponiendo entre un policía y sus rosquillas, y eso se paga».
Ethan seguía hermético.
Patrick lo observaba mientras Aston dirigía el interrogatorio.
Había algo más que le chirriaba. Caldwell no era metódico.
Jonathan Reed había sido su pesadilla porque disfrutaba yendo tres pasos por delante, incluso jugando a ver quién agotaba antes al otro.
A veces fingía equivocarse en las respuestas, veía el brillo de esperanza en los detectives, ese triunfo momentáneo, para luego disfrutar apagándolo con una mentira perfectamente preparada.
No era el caso de Ethan. Él ni siquiera se creía más listo que su abogado. Dejaba que el letrado llevara las riendas y se comportaba como un niño regañado. Aquello lo hacía parecer inocente, un buen chico atrapado en una mala situación. Un jurado se los comería vivos.
Su móvil vibró.
Patrick miró la pantalla y leyó el nombre de CJ. Dudó si responder. Interrumpir el interrogatorio podía darle ventaja al abogado de Caldwell. Respirar. Era como una pelea bajo el agua: si permitías que el adversario sacara la cabeza para tomar aire, volvía a igualar las fuerzas.
Estuvo a punto de ignorar la llamada, pero en el último instante fue incapaz. El atropello de Mae cruzó por su mente. Recordó cómo su vida se había ido al garete por anteponer el trabajo a la familia.
Se levantó, pidió disculpas y salió de la sala de interrogatorios.
Aston soltó el aire sin reproches. Dejó que su adversario recuperara fuerzas y siguió al sheriff.
—¿CJ?
—Sé que no debería molestarte... —dijo la voz al otro lado.
—No molestas. Espero que no sea nada grave.
—Aún no lo sé.
La pausa se hizo dolorosamente larga.
—Sarah está aquí.
—¿Qué?
—Sarah Bloom está aquí. Dice que tiene algo que contarme, pero que solo me lo dirá a mí. ¿Qué demonios hago?
—Esperar a que llegue, joder. Voy para allá.
Cuando terminó la llamada miró a Aston.
—Ha aparecido Sarah Bloom y tiene información.
El detective de Nevada estuvo a punto de caer de rodillas de puro agradecimiento.