Capítulo cuarenta y cinco
El reloj iba camino del laboratorio de la capital del estado. Les correspondía a ellos, a Gallagher y a Aston, relacionarlo con el perpetrador y atraparlo.
—Vayamos a hablar con Emma Empey —propuso Patrick—. Que Luke siga buscando pruebas en el rancho de los Caldwell. El fiscal ha enviado refuerzos para continuar el rastreo en el bosque ahora que hemos encontrado algo.
—El fiscal es un capullo —dijo Aston.
—Lo es. Será vuestro trabajo aseguraros de que no lleve el caso.
Rick Aston asintió. Pensaba seguir el consejo del sheriff.
Acarreaba con demasiados años de aquel caso abierto como para dejar que un fiscal corrupto y narcisista lo echara a perder.
Se subió a la destartalada camioneta de Gallagher.
El vehículo oficial estaba en manos de Luke y de los pocos agentes que lo acompañaban en el registro del rancho Caldwell.
—¿Quién es Emma Empey, por cierto? —preguntó Aston una vez estuvieron en la carretera—. No recuerdo haber leído su nombre en la investigación.
—Es la novia de Ethan. Su supuesta coartada el día que intentaron arrollar a mi hija.
—Vale.
Rick guardó silencio durante unos minutos. Después exhaló despacio.
—Es hora de que sueltes la teoría que te ronda por la cabeza.
Fue el turno de Patrick de callar. Aston insistió.
—Llevo años siguiendo este caso por el camino equivocado.
Mi teoría siempre fue que el novio la encontró y la asesinó, deshaciéndose después del cadáver.
Me ha costado mucho abandonar esa idea y todavía no lo he conseguido del todo.
Lo que quiero decir —continuó al ver que su compañero seguía sin responder— es que entiendo que temas comprometerte con una hipótesis y que el sesgo te ciegue.
Pero ya no trabajas solo. Si veo que te estás obsesionando, te sacaré de ahí, ¿vale?
Gallagher asintió, pero aún no desarrolló su teoría.
—Solo quiero que conozcas a Emma Empey antes de contártela. De lo contrario, te sonará demasiado descabellada.
—Mira, has encontrado la escena del crimen en un bosque de... ¿cuántos acres?
—No estamos seguros de que sea la escena del crimen, ¿recuerdas?
—Ya...
Aston puso los ojos en blanco y dejó de insistir. Prefirió coger el café y darle un sorbo.
El viaje a Ponderay fue breve. Antes de terminar la bebida ya estaban entrando en un pueblo pintoresco, algo más grande que Careyville, pero que conservaba la misma esencia: casas de madera entre los árboles, pequeñas tiendas y, a diferencia de Careyville, un hospital decentemente equipado.
Giraron a la izquierda y aparcaron frente a una casa humilde de fachada blanca y flores silvestres. Patrick bajó del vehículo y esperó a su compañero antes de llamar a la puerta.
El rostro de Emma Empey no tardó en aparecer. Reconoció a Gallagher de inmediato, con el uniforme era difícil confundirlo. Miró al otro hombre con recelo, aunque enseguida llegó a la conclusión evidente de que era otro policía.
—¿Sí? ¿En qué puedo ayudaros?
No tenía cadena de seguridad en la puerta ni parecía asustada. Aun así, no los invitó a entrar hasta que Patrick se lo sugirió.
—Claro, adelante.
Emma se cruzó de brazos y permaneció de pie. Estaba a la defensiva. Sus ojos buscaban las sombras y daba pequeños respingos.
—Solo queríamos preguntarle si estuvo con Ethan Caldwell la tarde del martes pasado —dijo Gallagher.
Emma volvió a mirar por encima del hombro. Se mordió el labio. Incluso descruzó los brazos para observarse los dedos.
—Sí —respondió al fin, casi en un susurro.
Aston miró de reojo a Gallagher. Patrick permaneció impasible.
—Eso es todo.
—¿De verdad?
Emma contuvo la respiración. Volvió a abrazarse a sí misma.
—Sí. Salvo que quiera decir algo más, no se me ocurren más preguntas.
Patrick se puso en pie. Rick seguía sin entender para qué demonios habían ido hasta allí. Lo imitó y se dispuso a salir, pues desconocía el juego del sheriff.
—No, tampoco tengo nada que decir —susurró Emma.
Gallagher fue hasta la puerta y se despidió con amabilidad. Emma tembló mientras se apoyaba en el marco. Abrió los labios, pero solo dejó escapar un suspiro. Patrick se despidió y, antes de subir de nuevo a la camioneta, añadió:
—Mientras yo esté aquí, las denuncias se tomarán en serio, señorita Empey.
Emma bajó la mirada sin decir una palabra. Cerró la puerta tras de sí y Aston oyó cómo echaba la llave.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó el detective.
—Mi teoría, Aston. Esa es la hipótesis.
Rick se ahorró los intentos de hablar con Patrick de camino a Careyville. Necesitaba otra taza de café y, a ser posible, una galleta de la señora McCoy para afrontar aquella conversación. Al parecer, su colega también, pues fue directo a la cocina nada más llegar a la comisaría.
—Miente, ¿verdad?
—¿Quién? —Patrick le tendió una taza humeante.
—Emma Empey —especificó Rick—. Temblaba, dudaba... Miente.
—No. Decía la verdad.
Gallagher se apoyó en la encimera. Aston no parecía convencido.
—El temblor y ese gesto receloso no eran porque estuviera mintiendo, sino porque se debatía entre hacerlo o no. Estaba valorando las consecuencias de engañar a dos policías.
—No te sigo. ¿Piensas que quería incriminar a Caldwell?
—Sí. Ven. Te enseñaré una cosa más y luego te contaré lo que me ronda por la cabeza.
—Ya va siendo hora.
Aston lo siguió hasta la habitación que hacía las veces de despacho de Luke. Patrick lo condujo hasta una fotografía del pueblo y le indicó que la observara.
—¿Qué ves?
—Que la moda era mejor antes.
Patrick rio.
—Venga, fíjate bien en las personas de la foto.
Rick observó uno por uno a los vecinos de Careyville. Sus ojos se detuvieron en una mujer rubia y la señaló.
—Se parece muchísimo a nuestra víctima. Cuando dices que tu hipótesis es una locura, espero que no estés hablando de que el cuerpo es más antiguo de lo que parece o de viajes en el tiempo...
—Me interesa la teoría de los viajes en el tiempo —bromeó.
—¡Venga ya!
—No. Esa mujer es Margaret Caldwell. ¿A quién más se parece?
—A Emma Empey.
—Y te diré a quién más: a Sarah Bloom.
Patrick fue hasta su despacho, cogió las fotografías de las cuatro mujeres y las colocó una junto a otra sobre la encimera de la cocina. Después volvió a concentrarse en su café.
—Vale, se parecen mucho más de lo normal. Caldwell sí que tiene un tipo y empiezo a ver por dónde vas. Pero, Gallagher, los asesinos en serie matan a más de una víctima.
—Nunca he dicho que fuera un asesino en serie.
—Entonces no te sigo.
—Es un agresor en serie, no un asesino. No las mata. Johana Hudson fue un error.
Aston necesitó sentarse. Patrick permaneció de pie y expuso su hipótesis.
—La mayoría de los psicópatas no son asesinos en serie, Aston. Son CEO. ¿Lo sabías?
—No.
—CEO o políticos. Esas son sus profesiones favoritas.
—La segunda opción suena creíble. —Rick sonrió.
—Se esconden tras fachadas de padres perfectos, maridos ejemplares, jefes eficientes...
Nadie estudia a sus víctimas porque la mayoría de sus agresiones son «legales» —remarcó, dibujando unas comillas en el aire—.
Además, la mayoría son hombres, aunque también las hay mujeres.
Los hombres se convierten en asesinos con más facilidad, pero suele ser un sesgo pensar que las mujeres son menos psicópatas. Simplemente emplean otros medios.
—Vaya, empiezo a ver a mi exmujer con otros ojos.
—No lo hagas. Seguro que te dejó por capullo —bromeó Patrick.
Aston rio.
—Lo que sí tienen en común los psicópatas es el tipo de víctima que eligen. A veces porque es la más vulnerable, ya sea por su situación económica o por traumas del pasado. Pero luego entra en juego la fijación, y eso es lo que veo en Ethan Caldwell.
—Busca follarse a su madre. De manual.
—De manual, tú lo has dicho. Ahora bien, ¿por qué no agrede a su madre?
—¿Porque es su madre? —aventuró Aston.
—No. Porque no es débil. Sarah fue la primera víctima.
Antes de ella tuvo un par de citas con CJ.
CJ no encaja en el patrón: tiene un padre que la quiere, no es tan rubia ni se parece tanto a Margaret.
Cuando investigué las fechas de esa supuesta relación, descubrí que ambos tenían dieciséis años.
Esa es la edad en la que la psicopatía suele empezar a adquirir una connotación sexual.
Antes, los niños con rasgos psicopáticos se conforman con hacer bullying o maltratar animales; es en la adolescencia cuando dan el salto.
—Has estudiado mucho, ¿verdad?
—Jonathan Reed me ha devorado parte del cerebro, pero ha merecido la pena —ironizó sobre todo lo que había tenido que investigar para el caso del Asesino del Espejo—. Mientras está con CJ, empieza a desarrollar su primera obsesión: Sarah Bloom.
—¿Crees que también mató a Sarah?
—Lo pensé. Lo temí. Incluso dejo abierta esa posibilidad y espero que la batida no encuentre otro cuerpo en el bosque.
Sin embargo, mis tripas me dicen que no.
Que ella huyó. Solo que no huyó de este pueblo porque fuera un lugar muerto o lleno de vecinos metomentodo.
Huyó de Ethan. Hablé con una enfermera que atendía las heridas de Sarah.
Es la única que sabe que no era su padre quien se las provocaba, sino su novio.
—Joder.
—No fue hasta que Chuck Bloom reabrió el caso de su hija cuando pude empezar a recopilar información sobre Sarah. De momento, siguen siendo dos casos separados.
Rick lo entendió. Hasta entonces solo era una teoría y Patrick no quería contaminar los expedientes. Su profesionalidad iba a ser las delicias del fiscal.
—Sarah huyó esa misma noche. Nunca me pareció una casualidad. ¿Cómo podían desaparecer una muchacha y aparecer otra muerta la misma puñetera noche en un pueblo como Careyville?
—Y dos muchachas casi idénticas.
—Exacto. Odio las casualidades. Sarah discutió con Ethan. Lo hizo en público, por su propia seguridad. Ethan no pudo descargar su furia contra ella, pero entonces vio a Johana.
—Vio en ella un reemplazo.
—Fue a por ella. Coqueteó con ella, pero seguía furioso con Sarah. Había salido años con ella, la había moldeado a su gusto, la tenía en el puño y, de pronto, la muchacha se le rebela. No solo eso, sale con Morrison y deja que Hank le coquetee.
—Posiblemente por seguridad. Hank es un baboso...
—Pero Ethan es peor, y solo Sarah lo sabe.
Caldwell está fuera de sí, deja de analizar la situación con frialdad y quiere llegar con Johana al punto en el que estaba con su novia, sin pasar por las etapas previas.
No se toma el tiempo de moldear a su nueva víctima. No consigue que ella le tenga miedo.
—El miedo que le tiene Emma —comprendió Aston.
La actitud de la muchacha empezaba a encajar en el cuadro que planteaba Patrick.
—Johana quería un ligue, que la acercaran a un hotel, una noche divertida. Ethan quería una víctima sobre la que descargar la furia que le había provocado Sarah. Johana lo comprende demasiado tarde y comienza la persecución por el bosque.
—Mierda. Tiene sentido, Gallagher.
—Tiene sentido, pero no pruebas. ¿Qué voy a presentar? ¿Una foto de mamá Margaret cuando era joven? Todo es circunstancial. Si al menos no tuviera una jodida coartada para el día del atropello...
—Puede que lo de Mae solo fuera un accidente.
—¿Te he dicho alguna vez que no me gustan las coincidencias?
—Entonces esta tampoco te va a gustar, jefe —dijo Luke al entrar en la cocina.
Patrick y Rick lo miraron.
—Hemos encontrado una camioneta que encaja con la descripción que dio Noah Pierce.
—¿En el rancho Caldwell?
—Sí, oculta en un viejo cobertizo.
—Lo tenemos. —Aston se entusiasmó.
Patrick no respondió.
—Puede que Emma mintiera después de todo. Tú mismo lo has dicho, le aterra Ethan.
—Sí, eso he dicho.
No. Emma no mentía. Le faltaba una jodida pieza, una que esperaba encontrar cuando volvieran a interrogar a Ethan Caldwell.