Capítulo cuarenta y cuatro #3
Patrick bajó por la pendiente opuesta, siguiendo aquel pequeño halo de luz que desaparecía en cuanto los árboles y él dejaban de formar el ángulo preciso. Imaginó a Johana viendo aquel fulgor parpadear mientras huía, agitada. Latía como una estrella lejana, como el último vestigio de esperanza.
Pasó el detector de metales con toda la precisión de que fue capaz. Fue marcando la zona. Sabía que quizá no encontraría nada ese día, ya era tarde y la noche estaba a punto de caer. Pero quería dejar el área señalizada para continuar al día siguiente.
—Él me sigue. Es más fuerte, es más rápido y ve hacia dónde voy.
Si se trata de Morrison o Caldwell, sabe que allí está el rancho Whitmore.
Tiene que darse prisa. Es posible que me alcance, es posible que rodemos.
Esta pendiente es más empinada que la otra...
—siguió relatando—. Johana intenta gritar. La luz aún está lejos, pero quizá...
La pendiente descendía bruscamente hasta un pequeño valle.
Las raíces asomaban traicioneras entre la tierra, haciendo que tanto Gallagher como Pierce tropezaran.
Pierce, que conocía el terreno como la palma de su mano, también era víctima de él.
¿Qué le quedaba entonces a la pobre Johana?
Caer, caer y gritar. ¿Y qué hacen los asesinos cuando las víctimas gritan? Callarlas.
Patrick lo sintió en las tripas. Estaba en la escena del crimen.
Miró a su alrededor e intentó orientarse. No estaban tan cerca del lugar donde apareció el cuerpo, pero seguía convencido de que todo había ocurrido allí. Johana vio la luz... hasta que la esperanza se apagó.
Él la alcanzó, forcejeó con ella y la lanzó al suelo, posiblemente para estrangularla, pero una piedra le arrebató el placer de hacerlo con sus propias manos.
Patrick odiaba a los estranguladores. Al fin y al cabo, eran criminales sexuales.
La estrangulación, igual que el apuñalamiento, tenía una fuerte connotación sexual.
Gallagher estaba convencido de que aquel había sido un crimen de esa naturaleza.
Exnovio, Morrison o Caldwell... cualquiera de los tres la había matado por no poder follársela y él...
Él quería al jodido animal entre rejas.
Se tumbó en el suelo, con el rostro vuelto hacia el cielo. Johana apenas llegó a ver las estrellas. Patrick se permitió sentir el instante en que ella comprendía que iba a morir.
—Luchó tanto... Luchó por su vida. No iba a rendirse tan fácilmente. Johana Hudson era una guerrera, Pierce —dijo desde esa posición.
Pierce pensó que era una declaración romántica, que el sheriff estaba derrotado y aceptaba que no había pruebas. Solo una teoría, quizá más sólida, pero insuficiente para condenar a nadie.
No era así.
Gallagher se puso en pie y volvió a estudiar el terreno.
—Perdió un diente. No fue por el golpe. Tuvo que morderlo.
—¿Crees que encontraremos el diente aquí?
—Ya quisiera. Si lo encontramos, te juro, Pierce, que me voy a Las Vegas y me juego los ahorros de mi vida, porque seré un jodido afortunado.
Pierce rio. Gallagher recogió el detector de metales.
—Pero hay algo que ese hijo de puta no quiere que encontremos. Si no, no habría atacado a Mae y a Noah.
—Algo que ni él mismo puede encontrar.
—Tú lo has dicho. Se desorientaron. No solo ella; él también. Con la adrenalina, con la lucha, ya no recuerda dónde ocurrió exactamente. ¿Aquí se rompió el colgante? ¿Allí quedó la piedra con la sangre?
Patrick siguió avanzando con el detector. Cada vez que la luz del rancho lo alcanzaba, se estremecía. Johana reptó en esa dirección. No se rindió jamás.
Avanzó un par de metros más cuando el quejido de Arnold le hizo volverse. Pierce miró al sheriff sin saber qué hacer. Su perro estaba marcando un árbol. Después de años entrenándolo, enseñándole a rastrear y de haber encontrado tantas presas juntos, en aquel instante permanecía inmóvil.
No era el único. A Gallagher también le costó moverse. El corazón le había dado un vuelco. Acercó el detector de metales al punto que señalaba Arnold y el jodido aparato empezó a pitar.
Pierce y Patrick cruzaron una mirada durante un instante antes de ponerse los guantes de látex, arrodillarse y empezar a escarbar entre las raíces.
Arnold se mostraba cada vez más entusiasmado.
Recibió un premio de manos de su amo, apoyó las ancas en el suelo, movió la cola satisfecho y soltó algún que otro ladrido de felicidad.
Patrick volvía a pasar el detector cada pocos minutos, después de apartar hojas, ramas y capas de moho. Siempre pitaba. Habían pasado diez años de sedimentos.
—Joder, ¿dónde coño está? —gruñó.
Pasó el detector una última vez y rebuscó en la tierra. Apenas se veía. La suciedad lo camuflaba a la perfección y pasaba desapercibido entre las raíces.
Un reloj.
No un reloj cualquiera, sino uno de diseño, con correa de piel y agujas de oro.
—Harrison no puede permitirse uno de esos —dijo Pierce.
—El exnovio tampoco.
—Solo nos queda un sospechoso, ¿verdad?
Patrick necesitó respirar hondo, serenar el pulso y pensar con claridad antes de soltar su odiosa frase:
—No nos precipitemos. Aún tenemos que determinar si es una prueba o una casualidad.
—Mis cojones —dijo Pierce.
Y la tensión los hizo reír.