Raíces Capítulo cuarenta y cuatro #2
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Capítulo cuarenta y cuatro #2

Sabían que era muy difícil encontrar algo tantos años después, pero Gallagher estaba convencido de que la tierra aún conservaba la evidencia de lo sucedido.

El bosque se lo había tragado, pero también acabaría escupiendo la verdad.

De lo contrario, la vida de Mae no estaría en peligro.

El asesino sabía que su hija estaba cerca.

—Luke, Aston, ¿novedades por ahí? —preguntó por la radio.

—No. Los Caldwell tienen más acres de tierra de los que te imaginas. Hemos terminado con la casa y el garaje, sin resultados. Estamos revisando los alrededores. ¿Y vosotros?

—También sin novedades.

Habían vuelto a pasar por la zona donde Mae y Noah encontraron el colgante. Patrick utilizó el detector de metales y no encontró ni siquiera una moneda de un céntimo.

—Hemos terminado por aquí —anunció el equipo A.

—Entonces bajad —ordenó Patrick—. Id hacia la carretera. Aunque soy contrario a lanzar hipótesis... —sonrió a medias—, es el escenario más lógico. Johana intenta escapar de su agresor y busca alcanzar la carretera.

—Es lo que pensaban Noah y Mae —dijo Pierce.

—En efecto. Son listos.

—Demasiado listos para resolver crímenes y demasiado tontos para intentarlo —gruñó el hombre—. Aún tengo pesadillas al pensar lo cerca que estuvieron de ser arrollados.

—Ni me lo digas.

De haber tenido más tiempo, Patrick habría descubierto que congeniaba muy bien con Pierce.

Era agradable saber que su hija se relacionaba con una buena familia.

Otro motivo más para no plantearse abandonar Careyville.

Pero, en esos momentos, debía concentrarse en el terreno y empujar sus preocupaciones personales al rincón más apartado de su cabeza.

Con el detector de metales encontró un par de chapas de cerveza, una llave de coche demasiado moderna para pertenecer a la época del crimen y algunas tonterías más sin valor.

Las recogió más para no volver a distraerse con ellas que porque pudieran constituir pruebas relevantes.

El corazón se le aceleraba cada vez que el detector pitaba y se le hundía en el pecho cuando comprobaba que el hallazgo no tenía ningún valor.

Las horas pasaron sin avances. El entusiasmo inicial empezó a desinflarse. El silencio concentrado de los rastreadores dio paso a la conversación, buscaban mantenerse despiertos mientras seguían avanzando por el terreno.

—¿Algún avance? —preguntó una vez más Aston por la radio.

Pierce hacía una pausa sentado sobre un árbol caído para que su perro descansara y pudiera mantenerse atento un par de horas más.

—No.

No preguntó por el otro frente. De haber novedades, Aston ya se las habría contado.

—¿Sabes? —dijo el hombre al otro lado de la emisora—. Tendrás que confiar en tus instintos, Gallagher. ¿Qué te hace dudar? Eres un buen poli.

—Soy un pésimo sheriff —rio.

—Pero un buen poli. De verdad, limitarte de este modo no te está ayudando, y no entiendo por qué lo haces.

La respuesta era demasiado compleja para darla por radio.

Se trataba del Asesino del Espejo, de su acusación la noche en que la vida de Patrick se fue al demonio.

Algo se había roto en aquel instante. Temía que su ego fuera como el de los criminales a los que atrapaba, que acabara arrastrándolo a la misma ruina.

Sin embargo, sin una cierta dosis de ego era imposible hacer bien aquel trabajo. Llegaba un momento en que era necesario creer en las propias capacidades, romper con el síndrome del impostor.

—Si fuera imbécil, me afectaría el efecto Dunning-Kruger, ¿verdad? —murmuró para darse ánimos.

Se apoyó en un árbol para reunir fuerzas.

El efecto Dunning-Kruger hace creer a los tontos que son listos, mientras que el síndrome del impostor hace creer a los listos que son tontos.

El simple hecho de dudar lo apartaba del primer grupo, aunque no necesariamente lo colocaba en el segundo.

Su éxito profesional aún podía deberse a un golpe de suerte, a un instante de inspiración, a que, en efecto, Jonathan Reed hubiera tenido razón y se hubiera dejado atrapar.

No. Jonathan Reed no se habría dejado atrapar y su mente le estaba jugando una mala pasada.

Separó la espalda del árbol y desanduvo el camino.

—¿Adónde va, sheriff? —preguntó Pierce.

—A empezar de nuevo. Hay algo que se nos está escapando.

—¿Cree que estamos equivocados? ¿Que no fue un asesinato?

—Mis cojones —masculló.

Pierce contuvo una sonrisa.

—La mataron. ¿Pudo haber sido el exnovio? Sí, tal vez averiguó su verdadero destino, apareció entre las sombras, la vio con Caldwell y perdió los nervios. La siguió por el bosque, la alcanzó y forcejearon...

—Vale, pero eso no encaja con el accidente de los chavales. Y aquí es cuando yo digo «mis cojones», porque alguien estuvo a punto de arrollar a mi hijo y no me creo que fuera un accidente.

—Exacto. Además, si el exnovio sabía que había pruebas en el bosque, sería lógico pensar que hubiera intentado recuperarlas en algún momento.

Es decir, alguien lo habría visto por aquí.

En la gasolinera recordaban un coche con una abolladura de hace años.

Si el capullo de Nick Fallout hubiera vuelto a Careyville, alguien lo habría reconocido.

—Eso nos deja con los dos sospechosos actuales.

—Excepto que ambos tienen coartada. Bueno, para ser más precisos, Caldwell tiene coartada. Puede que sea alguien más...

—Suenas poco convencido.

—Ya... Tengo que permitirme dudar. Si me encierro en una única hipótesis, puedo cargarme el caso.

Llegaron juntos a la entrada del bosque, al camino que comenzaba junto al bar de Morrison. Patrick llevaba el detector de metales; Pierce, a su perro mestizo.

Patrick acalló la voz de la razón y se dejó llevar por el instinto.

Todo indicaba que allí había comenzado una pelea, intentar abrir otra hipótesis solo añadiría ruido.

Primero debía comprobar aquella. Después ya iría a por otra.

Siguiendo esa teoría, en aquel punto exacto, Johana se enfrentó a su agresor y comprendió que debía correr por su vida.

—Estoy aquí —dijo, de pie en el claro del bosque—. ¿Sigue habiendo movimiento en el bar? No. Estoy sola, o eso creo. ¿Sola con Morrison o con Caldwell?

Gallagher le dio la espalda al bosque. El bar se encontraba en mitad del terreno. Un camino de tierra conectaba la carretera con la entrada del local. ¿Por qué no corrió hacia allí?

—Mi agresor está frente a mí. Me corta el paso.

Estoy sola. Se suponía que un lugareño iba a hacerme el favor de acercarme, ¿verdad?

Porque ninguna chica se quedaría sola de noche en mitad del bosque.

Uno de los dos le ofreció llevarla y ella aceptó.

Al principio no lo ve como una amenaza, quizá incluso llega a considerarlo un ligue.

Su primera noche libre, lejos del capullo de su ex.

Johana descarta a Morrison. Ethan es más guapo.

Ethan es el elegido... Pero algo cambia.

¿Ethan la deja plantada y reaparece Morrison, furioso?

¿Ethan deja de ser el lugareño amable y se muestra amenazante?

De pronto, Johana comprende que está en peligro.

Tiene ese frente bloqueado por él, no puede llegar al camino y, además, está desierto.

Se da la vuelta y echa a correr hacia el bosque.

Busca esconderse, ganar tiempo, conseguir que su agresor pierda el interés y la deje marchar.

Se volvió hacia el bosque y empezó a recorrer el sendero.

Llegó al punto donde Mae había encontrado el colgante.

Descendió. El sol empezaba a caer, la noche no tardaría en echarse encima y seguían sin avanzar.

Entre los árboles estaba oscuro. Sintió el peso en el pecho, el miedo que había sentido Johana aquella noche.

—Me escondo aquí —dijo Patrick, acuclillándose tras un árbol—, pero él me alcanza. Forcejeamos, mi colgante se rompe y consigo escapar.

Reptó por la pendiente como habría hecho ella. Las ramas se le clavaron en la piel y los pies resbalaron sobre el terreno. Alcanzó una vez más el sendero. Las pruebas decían que había corrido por él. El cuerpo apareció a unos metros de allí.

Pero Patrick se detuvo y miró hacia atrás.

Pierce seguía sus pasos. El perro olfateaba el terreno sin encontrar nada.

El sheriff continuó su conjetura:

—He dejado a mi agresor allí abajo… No —se detuvo—. No corro sendero adelante, bosque adentro. Intento volver al bar, ¿no? O busco otro escondite.

Miró hacia ambos lados. La noche caía rápido sobre ellos. Avanzó hacia el bar y, entonces, un halo de luz cruzó ante sus ojos.

Patrick habría jurado que era un halo divino, la iluminación de la que hablaban los santos y los elegidos. Claro que él no merecía semejante trato de los cielos.

—¡El rancho Whitmore!

Pierce estaba tras él. Se detuvo a su espalda sin entender, pues desde donde estaba no alcanzaba a ver aquel halo de luz.

—Ella vio la luz del rancho Whitmore. Está huyendo, intenta esconderse, consigue escapar del primer asalto y ve luz. Allí. —Señaló—. Si te colocas justo aquí, en este punto...

El padre de Noah obedeció y comprendió al instante lo que había visto Gallagher. En un único ángulo fugaz, los árboles abrían un claro y dejaban pasar la luz del sol. Aquella noche, en lugar del sol, Johana Hudson vio la luz del granero de Whitmore.

—Puede haber pensado que era la carretera. De tanto correr, se desorientó, vio luz y fue hacia ella —dedujo Pierce.

Gallagher asintió. Quizá Johana se desorientó o quizá se aferró a la única esperanza posible. No había corrido hacia la carretera, donde llevaban horas buscando, ni hacia el lugar donde encontraron el cuerpo; la muchacha había huido justo en la dirección contraria.