Raíces Capítulo cuarenta y cuatro
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Capítulo cuarenta y cuatro

Las alarmas de todos los relojes despertadores y móviles de Careyville sonaron a las cinco de la madrugada. El pueblo estaba en vilo, atravesado por la ansiedad y la necesidad de ponerle un cierre a todo aquello.

CJ despertó enredada en el cuerpo de Patrick.

—Tendremos que encontrarle una solución a esto —murmuró.

Los dos estaban algo tensos por haber compartido la cama de ella.

Aunque no habían necesitado aclarar el asunto ni con Mae ni con Walter, y todo se había dado con total naturalidad, esa misma fluidez los pillaba por sorpresa.

No conseguían decidir si lo mejor era que ella se mudara a la habitación de él, que juntos renovaran la de ella o que empezaran a buscar un sitio propio.

Y, como la relación avanzaba en paralelo a la investigación, tampoco encontraban tiempo para hablarlo y pensarlo con calma. De hecho, Patrick había pagado el mes correspondiente del Airbnb y Barlow había contemplado el cargo con extrañeza, sin saber muy bien qué demonios hacer.

La realidad había mutado. Habitaban ese extraño momento en el que el presente parecía hacerse continuo.

El pasado eran ya cicatrices: la muerte de Kim, la pérdida de Daicy, el divorcio de John…

Y el futuro se les presentaba tan incierto como lleno de posibilidades.

Pero el presente los mantenía anclados a asuntos aún sin resolver.

—No solo a esto tenemos que encontrarle solución —respondió Patrick.

CJ se cubrió con el salto de cama y se sentó sobre el viejo escritorio de su habitación.

—Lo sé. No voy a negarlo, Patrick, me da un poco de miedo.

—¿Miedo o ansiedad?

Salió de la cama y ella se deleitó con su imagen semidesnuda.

Gallagher dormía solo en bóxer y a CJ le fascinaba cómo su cuerpo respondía a la cercanía del de él.

La depresión la había adormecido, era cierto, pero aquel despertar iba mucho más allá.

La había sacado de un letargo que había comenzado mucho antes de la pérdida de Daicy, de un adormecimiento al que ella llamaba rutina.

—Ansiedad, supongo.

—Mejor. Odiaría que tuvieras miedo. Joder, he dejado el uniforme arriba.

Se puso los vaqueros sin abrochárselos para salir de la habitación sin horrorizar a nadie con su desnudez. CJ lo detuvo un instante.

—La ansiedad nace de saber que, cuando resuelvas el caso, ya no tendrás razones profesionales para quedarte —confesó.

—Pero me sobran las personales, CJ. — La besó en los labios. Al separarse, apoyó la frente en la de ella—. Yo también pienso a diario qué haré cuando termine mi sustitución como sheriff.

CJ se arropó un poco más con el salto de cama y salió de la habitación con él detrás. Patrick esperó para ir a por el uniforme, aunque les había prometido a Luke y a Rick Aston que a las seis estaría todo preparado para empezar la batida.

—¿Y has llegado a alguna conclusión?

—Tal vez —reconoció él.

—No me la dices porque piensas que me generará más ansiedad, ¿verdad?

—Tal vez —repitió Gallagher con una media sonrisa.

—Soy fuerte, puedo con ello. Suéltalo.

—Es que ese es el problema, CJ. No quiero que tengas que ser fuerte todo el tiempo. Quizá, si me guardo mis pensamientos hasta que la cosa esté clara...

—Eso funcionaría si fuéramos conocidos, vecinos o amigos. Pero, si vamos a ser pareja, tenemos que poder compartir las cosas sin miedo. Suéltalo.

—Vale.

Cogió aire, la vio preparar el café y exhaló, aliviado.

CJ despertaba en él sentimientos contradictorios.

La fortaleza de ella le daba seguridad y, al mismo tiempo, verla tan perfecta lo llenaba de inseguridades.

Con CJ siempre se preguntaba si estaba a la altura, siempre pensaba en el enorme precio que tendría cagarla con ella y se ponía a temblar como un crío.

—¿Y? —CJ se volvió con una sonrisa. Patrick sintió que le alcanzaba un rayo. Joder, por ella haría arder el mundo.

—Soy un sheriff desastroso, CJ —reconoció.

Ella rio.

—¡No seas tan duro contigo mismo!

—No lo soy. Me reconozco el mérito, teniendo en cuenta que no es lo mío ni lo será nunca. Pero no tengo ninguna de las habilidades necesarias para ser sheriff.

CJ le sonrió. Apoyó la mano un instante sobre la de él, hasta que el café empezó a burbujear en la cafetera italiana.

—Tuvo que ser Michael Donahue quien me guiara para presionar con el IRS y tú quien le diera el empujón político al fiscal.

No se me dan bien los asuntos burocráticos, la política ni los hilos del poder.

Para lo que soy bueno es para el horrible trabajo de entender las mentes retorcidas de los criminales, darles caza y hacerlo siguiendo un procedimiento que cualquier fiscal pueda utilizar sin miedo. ¿En todo lo demás? ¡Apesto!

—Vale. Ya lo sabes, pero te lo diré igualmente: nadie puede ser bueno en todo.

—Ya. Pero me lo han dejado claro, no me darán un puesto inferior. ¿Por qué? Pues por la misma política que detesto. Nadie quiere ser quien degrade a un detective que tiene un buen número de casos resueltos. O vuelvo a hacer carrera en una ciudad grande o...

—O el FBI.

—O los federales, sí.

—Podríamos mudarnos a una ciudad grande, Patrick. No sería tan terrible.

—CJ...

Patrick suspiró. No necesitó decir nada más.

Sería una tragedia. Mae era por fin feliz en Careyville, arrancarla de allí sería cortarle las pocas raíces que por fin había echado.

CJ necesitaba estar cerca de Walter, el único vínculo que la había mantenido con vida cuando todo lo demás se derrumbó.

No. No podía dejar el pueblo. No podía hacerles eso a las dos personas que más quería en el mundo.

—¿Y el FBI? ¿Tienes que estar sí o sí en la capital?

—Depende del puesto.

—Parece que esa es la respuesta, ¿no?

CJ le sirvió una taza de café e hizo lo mismo para ella.

—¿Por qué dudas?

—Porque no lo había hablado contigo.

CJ sonrió. Él también. Bajó la mirada a la superficie negra del café y añadió:

—En otro momento habría hablado antes con Michael Donahue, le habría consultado las posibilidades y lo habría analizado todo en detalle antes siquiera de planteármelo. Pero esta vez había algo que me retenía.

—Patrick...

—Sentía que el simple hecho de hablarlo con él antes que contigo era traicionarte. Yo también estoy ansioso, CJ. Todo mi temperamento prepotente de hombre que sabe lo que hace, de padre y detective, se hace añicos contigo. Me importas demasiado.

—Y tú a mí. Por eso quiero que elijas lo que te haga feliz. Igual que tú no quieres arrastrarme a una vida desdichada, yo no quiero hacerte lo mismo. Esto es un equipo. No seas sheriff porque piensas que es lo que yo necesito, eso me destrozaría más que vivir en una gran ciudad.

—No aceptes vivir en una gran ciudad porque crees que así seré feliz. Eso me rompería a mí.

—Trato.

Se estrecharon la mano sobre la encimera. Walter salió de su habitación en ese momento, los saludó a ambos y se puso manos a la obra.

—Preparaos, yo me encargo del desayuno. Os espera un día muy largo.

Varias personas ya estaban reunidas en la comisaría cuando Patrick Gallagher llegó. El caos parecía mayor de lo que en realidad era. El edificio estaba pensado para un par de personas como mucho; aquella mañana, en cambio, había una decena más, además de sus perros.

—Señor Pierce —buscó al padre de Noah entre la multitud.

De su mano colgaba la correa de su mestizo. Patrick había valorado llevar a Siete Millas, al fin y al cabo, había resultado de muchísima utilidad. Por desgracia, al animal le faltaban el entrenamiento y la certificación necesarios para participar en una batida oficial.

La burocracia podía ser un coñazo.

—Sí, sheriff.

—Tú vendrás conmigo. Aston, tú irás con Luke, ¿de acuerdo? Necesitamos empezar a peinar el bosque, pero no podemos desatender las propiedades de los Caldwell. De momento, es nuestro principal sospechoso y podría deshacerse de pruebas importantes.

—Bien, sheriff.

—Los que tengáis perros, venid conmigo. Formaremos parejas; ya os explicaré mejor el plan cuando lleguemos. ¿Lo tenemos todo?

—Sí —respondieron dos voces femeninas.

CJ y la señora McCoy se sumaron a la comitiva.

—Tenemos café de sobra, agua y cualquier cosa que podáis necesitar.

Patrick le sonrió a CJ. Lilian rio.

—Así me lo agradece… yo también me sumo, pero a mí no me mira de esa manera.

CJ rio.

—Es que sabe que me pondría celosa. Prefiere dejar lo vuestro para cuando no haya testigos.

Los presentes rieron, aceptaron el café y se subieron a las camionetas para dirigirse hasta el punto donde comenzaba el bosque. Ellas hicieron lo mismo y montaron un punto de avituallamiento en la entrada. El día iba a ser largo.

Patrick condujo a los rastreadores hasta el lugar donde habían encontrado a Johana. Una vez allí, plantó la primera bandera y se volvió hacia los presentes.

—El señor Pierce es quien mejor conoce la zona.

—Desplegó un mapa para que todos pudieran verlo—.

Haremos un rastreo completo, pero empezaremos por las zonas más lógicas: el camino principal que conecta el bar de Morrison con este punto, la bifurcación donde mi hija y Noah encontraron el colgante y, desde allí, un equipo bajará en dirección a la carretera y el otro se adentrará más en la espesura.

No os hagáis ideas preconcebidas sobre lo que pueda aparecer, es mejor avanzar con la mente en blanco. Todo puede ser una prueba, ¿vale?

—Vale.

—Empecemos.

El equipo era profesional. Conocían el modo de marcar pruebas y de señalizar las zonas ya rastreadas.

Los perros avanzaban con el hocico pegado al suelo, con una mezcla de concentración y diversión, como si aquello fuera un juego.

Patrick hacía equipo con Pierce. El perro mestizo, llamado Arnold, era muy obediente.

Estaba más acostumbrado a rastrear presas que pruebas, pero el trabajo se le daba muy bien.