Capítulo cuarenta y tres #2
—Por eso —continuó— quería pediros que ayudéis a los vecinos de Careyville.
La vida de Mae Gallagher estuvo en peligro porque se acercó demasiado al asesino.
La clave para capturar al criminal que hizo daño a Johana y ahora a Mae está enterrada en el bosque.
Necesitamos que el fiscal Andrew Keller emita una orden de registro.
No sabemos por qué aún no lo ha hecho, pero confiamos en su buen criterio y en los motivos justos que lo llevan a retrasar este proceso tan necesario.
Jamás se me ocurriría desconfiar de un fiscal del estado de Idaho…
—Aunque sonó sincera, dejó que la palabra desconfianza flotara en el aire.
Que fueran esos reporteros hambrientos de titulares quienes asociaran el bosque a Margaret Caldwell y el dinero de los Caldwell al fiscal—.
Sin embargo, si conseguís transmitir la importancia de esto, no solo para esclarecer lo sucedido a Johana, sino también para impedir que haya nuevas víctimas, los vecinos de Careyville os estaremos muy agradecidos.
—Hizo una pausa—. Yo os estaré muy agradecida. Mae es muy importante para mí…
—¿La considera una hija? —fue la pregunta incisiva de uno de ellos. Los periodistas eran como las tías solteronas, no se preocupaban por hacer preguntas fuera de lugar.
CJ entendía que era algo privado y que, posiblemente, hacer público un sentimiento como aquel cogería por sorpresa a muchos, incluidos los Gallagher, pero decidió decir la verdad:
—Sí. La considero una hija. Aquí, señores, vive una familia, no un grupo de extraños.
Una familia que se cuida mutuamente. Se me encoge el corazón al pensar que Mae pueda estar en peligro, y el fiscal Andrew Keller tiene en sus manos aliviar el corazón de una madre.
Muchas gracias. —Se volvió para marcharse—.
Y no dudéis en pedirnos lo que necesitéis para hacer la espera más llevadera, ¿vale?
Una última sonrisa y la maquinaria de la prensa giró a su favor.
El mensaje fue claro: había una madre desesperada, un asesino cruel capaz de matar a una adolescente y una mujer hermosa que cuidaba del corazón del detective estrella de Boston. La opinión pública estaba de su lado.
Y cuando la opinión pública navega en una dirección, la política se sube al barco.
El fiscal, ante las sospechas de haber recibido sobornos por parte de los Caldwell, aprobó la orden de rastreo del bosque.
Nada tiene más poder para mover el mundo que el corazón de una madre.
La familia Barlow-Gallagher estaba reunida en el salón del rancho.
Mae disfrutaba de las atenciones. La última vez que había estado herida fue cuando murió su madre y el médico la observó con pesar al comprobar que la cicatriz de su rostro probablemente la acompañaría de por vida.
Aquella vez era distinto. Su accidente estaba envuelto en un halo de heroísmo, sus amigos le escribían a diario, Noah la visitaba dos veces al día y, además de su padre, tenía a CJ y a Walter para cuidarla.
Estaba en el centro del sofá. Patrick se sentaba a su izquierda, con un refresco en la mano, y CJ, a la derecha. Walter iba y venía de la cocina, con Siete Millas entre las piernas, pues había decidido que unas pizzas caseras serían el broche perfecto para la recuperación de Mae.
Mae no pensaba discutirlo.
—Walter —llamó la adolescente—, ¿puedes decirles a estos dos que nadie ve los informativos hoy en día? Te enteras de todo por X antes de que uno de esos vejestorios abra la boca. Bah.
Patrick sonrió.
—Lo siento, Mae, pero si la televisión te parece obsoleta, ¿qué me dices de la radio? Yo me informo por ahí.
—Chist —los mandó callar CJ—. Esto era lo que quería ver.
—¿A ti misma? —bromeó Patrick—. ¿Desde cuándo eres tan presumida?
CJ puso los ojos en blanco.
—Si has empezado a ser presumida, hija, ya era hora —dijo Walter.
—¡Eso mismo! —insistió Mae—. ¡Oye! Has salido guapa —comentó cuando volvieron a emitir su entrevista.
—He salido horrible, pero esa era la idea.
—¿Esa es tu idea de «horrible»? —preguntó Patrick con intención.
—No os pongáis tan empalagosos, que estoy en medio. ¡Walter!
Barlow se rio.
—Te aguantas —bromeó Patrick, y se estiró por detrás de su hija para apoyar un brazo sobre los hombros de CJ.
Mae puso una mueca exagerada de asco, pero estaba encantada.
—Vale, ya te hemos visto —dijo la joven.
—Que no es a mí a quien tenemos que ver... —se quejó CJ.
—De todos modos, mola que hayas dicho que me quieres como a una hija —murmuró Mae.
CJ le plantó un beso en la mejilla.
—¡Pero sin tantas demostraciones! —volvió a protestar en tono de broma.
—Es que te quiero como a una hija y... ¡quiero que el hijo de puta que te atropelló se pudra en la cárcel!
—¡CJ! —exclamaron los tres al unísono.
—¿Qué? ¿Solo vosotros podéis decir tacos? Estoy cabreada, ¿vale?
—Vale... —respondieron los tres a coro.
—Para decirte cuánto te quiero no necesito cámaras —añadió, dirigiéndose a Mae—, pero para que el fiscal mueva el culo, sí. ¡Ahí está!
Señaló la pantalla con entusiasmo y subió el volumen.
El fiscal Andrew Keller ocupó el centro de la pantalla. Los reporteros le acercaban los micrófonos a escasos centímetros de la boca. El hombre lucía un traje de diseñador y un bronceado que parecía no conocer el invierno.
—¿Autorizará el rastreo en Careyville, señor fiscal? —preguntó uno de los periodistas.
—Ya he firmado la orden. Estoy plenamente comprometido con que se haga justicia por Johana Hudson y con colaborar con el estado de Nevada para llevar a cabo una investigación coordinada y eficaz.
—¿Le han conmovido las palabras de Claire Barlow? —preguntó otro. Su pregunta se solapó con varias más:
—¿Agradece trabajar con el experimentado detective Patrick Gallagher?
—¿Cree que podría tratarse de un asesinato?
Las preguntas se amontonaron, lo que permitió al fiscal responder únicamente a las que le convenían y lo dejaban en mejor lugar.
Sobre él pesaban sospechas de haber recibido sobornos para entorpecer la investigación, y estaba decidido a hacer cualquier cosa con tal de no verse arrastrado junto a los Caldwell.
—¡Lo has conseguido! —chilló Mae.
—Ya lo veis... —CJ se dejó caer en el sofá, satisfecha.
Walter se acercó con tres botellines de cerveza y una kombucha para Mae. Las bebidas burbujearon al destaparlas para el brindis.
—Los estadounidenses no solo tememos a Hacienda, también a la ira de una madre ranchera.
—¡Amén!
Los cuatro botellines chocaron en el centro y el brindis quedó coronado por el sonido del móvil de Patrick. El permiso para el rastreo ya estaba en su correo electrónico.
La búsqueda acababa de comenzar.