Capítulo cuarenta y tres
Los periodistas llegaron en masa. La mayoría de ellos eran independientes.
Las grandes cadenas no solían gastar presupuesto en cubrir asesinatos antiguos ni las andanzas de detectives notorios.
Preferían, en cambio, comprar las notas a entusiastas de los crímenes.
Sabían que el sensacionalismo, las redes sociales y los pódcasts de crímenes reales harían las veces de publicidad y ellos conseguirían audiencia de manera gratuita.
Era un negocio redondo.
El problema radicaba en que los periodistas independientes o, peor aún, los entusiastas que se creían periodistas estaban tan hambrientos de información que sobrepasaban cualquier límite.
Sin previo aviso, una cámara se plantó en la entrada del rancho Barlow para cubrir las veinticuatro horas de la vida del sheriff Gallagher, su hija, su evidente nueva novia y el recién ascendido al puesto de suegro.
A falta de información fidedigna y para responder al hambre voraz de los nuevos algoritmos, los reporteros llenaban horas con historias medio inventadas.
Que CJ y Patrick habían tenido un romance antes de reencontrarse en Idaho.
Que Mae había tenido una experiencia en el más allá y ahora sufría visiones que Gallagher usaba para encontrar pistas.
Que Barlow había alojado a la víctima en su Airbnb, pese a que diez años atrás tal cosa ni existía.
Y así hasta el infinito.
—En estos momentos desearía tener peor temperamento y soltar un par de tiros al aire para dispersarlos —se quejó Patrick. Tenía que ir a comisaría. Ahora que el fiscal había decidido «cooperar», los formularios se apilaban en su escritorio formando una montaña del tamaño del Everest.
—No harás tal cosa, que estén aquí es bueno. Puede que aparezcan testigos. —CJ decidió que aquella mañana a todos les sentarían bien unas tortitas con forma de Siete Millas. Para la ocasión ya había comprado un molde de silicona y solo le faltaba dibujar con sirope el rostro del cerdito.
Al verla, Patrick se sintió más ligero, casi capaz de enfrentarse a un día más con periodistas en la puerta de su casa.
—De momento, solo llaman chiflados. Luke no da abasto atendiendo llamadas.
—¿Has pensado en pedirle ayuda a la señora McCoy? Estará encantada y ya me ha quedado claro que lo único que debes hacer es emitir otro formulario.
Patrick se mesó el cabello y soltó una carcajada.
—Desde el instituto no se me cargaba tanto la mano de escribir.
—Sacudió la mano para aliviar la tensión.
Muchos formularios debía rellenarlos a mano y estampar su firma antes de escanearlos y volver a enviarlos a fiscalía.
El proceso manual era inevitable, puesto que es más difícil de falsificar que los procesos digitales.
CJ le dio un beso a modo de ánimo y lo acompañó hasta la camioneta.
Le tendió su dosis de buen café y de tortitas decoradas con cerditos y aguardó en el porche a que se marchara.
Mae seguía en reposo, por lo que no necesitaba esquivar a los periodistas para ir al instituto, y Noah, astuto, había encontrado un camino por el bosque que daba a la parte trasera del rancho y le permitía ir a visitarla sin ser visto por los medios.
De momento, la situación era manejable.
Las cámaras seguían los movimientos de CJ.
Ella no entraba en redes sociales, evitaba verse en ellas.
Una mañana la captaron haciendo las labores del rancho, con su ropa de trabajo y un aspecto alejado al de una mujer de ciudad…
los comentarios fueron desde groseros hasta crueles.
Era increíble cómo las redes sociales conseguían banalizarlo todo.
Mientras daba de comer a las ovejas, pensó en si ese enorme poder podía dirigirse a su favor.
Desde que por fin fue capaz de hablar de Daicy, se había producido en ella un cambio radical.
Lloraba de vez en cuando, sí, pero ya no era un llanto tan doloroso.
Empezaba a procesar el duelo de verdad, a poder recordar aquellas horas junto a su hija tal y como fueron: una mezcla de amor inconmensurable y sufrimiento agónico.
Podía pensar en Daicy, incluso había vuelto a soñar con ella…
con su olor a bebé mezclado con antiséptico de hospital, con la suavidad de su piel bajo las manos, con el cosquilleo que hacía el fino cabello cuando le besaba la coronilla…
Y Patrick la dejaba llorar. No intentaba cortar la catarata de lágrimas ni buscaba animarla, impidiéndole atravesar el momento de dolor.
El dolor era como una mala hierba, si la cortas, crece con más fuerza aún.
Hay que dejarla estar y esperar al momento en que la naturaleza la debilite para arrancarla de raíz.
Era un proceso lento, pero ya se sentía capaz de atravesarlo. Patrick la acompañaba, cumplía su promesa de no soltarla. En sus brazos podía estar segura de que no sería ella quien fuera arrancada de raíz del mundo, porque él la sostenía. Su fuerza, su entereza y sí, su terquedad.
CJ había pensado mucho en aquello que él le dijo en el motel: que su bondad, en lugar de retener a la gente, la alejaba, pero que aun así no quería que cambiara. Eso era quererse, aceptarse tal y como eran.
Patrick era intenso, hasta dominante; no de un modo que ella considerase malo, pero sí de esa forma tan suya en la que, cuando estaba presente, era imposible que el mundo no orbitara a su alrededor.
Mae era igual.
Ella tampoco quería cambiarlos. Como tampoco deseaba que su padre lo hiciera.
Walter era silencioso, lo contrario a Patrick.
Era paciente, daba espacio, no demandaba nada de los demás.
Su padre la había acompañado en la pérdida de Daicy desde otro lugar, dejándola atravesar el dolor a su tiempo, brindándole un hogar cuando perdió el suyo y, en su apertura, dejó que los Gallagher entraran en su vida.
Cada uno ocupó un rol en esa dinámica, cada uno supo sostener al otro y sostenerse a sí mismo al mismo tiempo.
Lo que consideramos defectos muchas veces son esas muescas que nos hacen únicos, como piezas de un puzle que solo encajan junto a otras en el gran rompecabezas que es el mundo.
A veces crees que tienes una falla, que debes limarte para encajar, hasta que llega la persona correcta y ya no hace falta forzarlo.
Patrick no se iría porque ella fuera, según él, «demasiado buena». Ella no se alejaría porque él fuera demasiado terco.
Lo que la llevaba a explorar otra emoción a la luz de las demás.
Había perdido a Daicy por una mala jugada del destino, por un gen defectuoso, por un dado mal lanzado.
No hubo forma de evitarlo, nació condenada y esa clase de injusticia hace que veamos la vida como algo carente de sentido. ¿Por qué yo?, ¿por qué Daicy?
Pero no Mae. Lo que le había sucedido a Mae no la angustiaba ni la deprimía…
¡La enfurecía! «¿Por qué Mae?» era una pregunta fácil de responder: porque se estaba acercando al asesino.
El atentado contra ella no era una injusticia del orden metafísico, joder, era una injusticia terrenal.
Lo más importante: no era inevitable. Si atrapaban al asesino, Mae estaría a salvo.
Terminó de abrirles a las ovejas para que fueran a pastar y, sin prestar atención a su atuendo de vaquera, que consistía en camisa de cuadros, botas de caña alta y sombrero, caminó hacia las cámaras.
En cuanto la vieron acercarse, se armó un revuelo. Los reporteros se prepararon, se aseguraron de que sus micrófonos estuvieran encendidos, de que las cámaras captaran cada movimiento…
Todo les venía bien para rellenar horas, incluso que los mandaran a tomar por culo.
—Buenos días —los saludó—. ¿Tenéis café? Aunque aquí ya estemos en primavera, el frío nos acompañará un par de días más. No dudéis en pedir lo que necesitéis.
Después de decir aquello, CJ tuvo que contener tanto las ganas de poner los ojos en blanco como la risa que le subió al pecho.
En cuanto Patrick se enterase de que no había podido evitar ofrecer café a sus insaciables acosadores, frunciría el ceño.
Después la besaría. Claro que la besaría, porque aquello le irritaba tanto como le gustaba.
—Gracias, ma’am —articuló uno. La generosidad de CJ los había cogido por sorpresa y se quedaron sin preguntas.
—Todos en el pueblo os agradecemos el interés por este caso que nos tiene conmocionados, señores, y entendemos que, al igual que nosotros, queréis descubrir la verdad.
—Los reporteros acercaron los micrófonos a la boca de CJ.
De cerca, no había duda de la belleza de la mujer.
La cámara la adoraba. De lejos parecía una ranchera más, pero de cerca la sencillez de su atractivo y sus maneras amables harían que los espectadores la adoraran.
Asumirían que una persona con ese aspecto no podía mentir, una palabra de CJ inclinaría la balanza de la opinión pública a su favor.
Ella no era consciente del efecto que provocaba. De haberlo sabido, habría hecho aquello mucho antes. La empujaba la rabia que la embargaba al pensar que Mae estaba en peligro.