Capítulo cuarenta y dos
—¡El fiscal ha aprobado seguir adelante con el caso!
—exclamó Patrick en un grito de victoria.
Joder, los americanos definitivamente le temían más a Hacienda que al diablo.
La estrategia de Michael había dado resultado, como bien sabía Gallagher.
Su amigo del FBI estaba en lo cierto, él no estaba hecho para la política, sino para perseguir asesinos.
Necesitaba estar en el terreno y, sobre todo, necesitaba a alguien como Donahue para allanarle el camino burocrático.
En cuanto cerrara ese caso, tendría que sentarse a meditar largo y tendido sobre qué haría con su carrera y qué lugar le otorgaría en el nuevo mapa de relaciones, porque una cosa estaba clara… no iría a ningún sitio sin CJ.
En los últimos días, la compañía de CJ había sido crucial.
Se había echado al hombro un montón de responsabilidades, como solo alguien que se tomara aquel proyecto de familia en serio podía hacer.
Era su compañera, eran un equipo. Ni siquiera tuvieron que blanquear la relación ante Walter y Mae; simplemente, como algo que estaba destinado a suceder, pasó y todos lo aceptaron con naturalidad.
Una mañana, un roce, un beso suave y ya estaba todo aclarado.
Sin preguntas ni reproches. Bien sabía él que, si Mae hubiera querido objetar algo, lo habría manifestado.
No era de las que se callaban. Al contrario, no tardó en demostrar que la idea le agradaba y se esforzaba por conformar una cofradía femenina con CJ que pudiera usar en el futuro contra él.
¿Le molestaba saber que había una conspiración en su contra?
¡En absoluto! Le encantaba. Como también le gustaba demasiado ver cómo CJ volvía a brillar.
Él se aseguraba de recordarle que no era de los que se rendían o se marchaban, y Mae la ayudaba a sanar la pérdida.
Y esa nueva dinámica no implicaba alejarse de Walter, romper con el único lazo que la vida no había tensado hasta romperlo.
Pero él no estaba hecho para ser sheriff y lo sabía. Además, Bill pretendía regresar a su puesto.
Joder, las horas de darle vueltas a la cabeza que le esperaban serían terribles.
Sin embargo, ya no tenía que decidir solo.
Compartir la carga de tomar decisiones también ayudaba a aliviar el peso sobre sus hombros.
Es más fácil decidir cuando se tienen prioridades, y las prioridades de Patrick estaban clarísimas.
Una de ellas era cerrar ese puñetero caso.
En cuanto le llegaron las órdenes de registro para Hank Morrison y Ethan Caldwell, llamó a Rick Aston. Los dos habían acordado colaborar plenamente, bastante tenían ya con lidiar con capullos jerárquicos como para complicarse entre ellos.
—Los interrogaré mañana oficialmente. Tengo órdenes de registro para sus casas. Caldwell tiene coartada para el día del accidente de Mae, la confirmé. Las cámaras de la gasolinera de Ponderay lo tienen grabado allí.
—¿Puede que sean cómplices? —preguntó Aston.
—Puede… pero, si lo son, es un acuerdo circunstancial. Un interrogatorio formal con abogados que los asesoren los hará hablar.
—Estaré allí en unas horas. Espérame con café, el viaje es largo.
Patrick no perdió el tiempo. Durante esas horas de espera preparó el interrogatorio. Tendrían que empezar por Morrison, luego irían a por Caldwell.
Cuando Aston llegó, Gallagher le tendió un termo de café a modo de bienvenida y, sin más demora, fueron al bar.
Morrison pidió un abogado, como era de esperar, pero no opuso resistencia al registro de su propiedad y de su bar. Hallaron pornografía violenta. El sadomasoquismo y las violaciones eran sus categorías preferidas. Por lo demás, nada que lo relacionara con el caso.
Lo llevaron a comisaría y repitieron la declaración inicial.
—Sí, he visto a Johana Hudson…
—No, no he visto a Nick Fallout.
—Coqueteé con la víctima. Ella se fue con Caldwell.
—Él fue el último en verla con vida. Cuando yo cerré el bar, no puse atención a las camionetas que aún estaban aparcadas.
—No, no maté a Johana Hudson.
El abogado de Morrison quiso dejar constancia de que el contenido pornográfico era de personas adultas y que, si bien había contenido amateur, no había sido grabado por su cliente.
En el siguiente apartado se le preguntó por Sarah Bloom y si creía que existía algún vínculo.
En ese caso, su historia no se desvió de la versión original:
—Me acerqué a Sarah tras su discusión con Ethan Caldwell. Sí, intenté ligar con ella, pero me rechazó y se marchó. No hice ningún intento de seguirla; el bar seguía abierto y los clientes me vieron regresar. Ethan ya estaba coqueteando con Johana Hudson…
—No. No soy cómplice de Ethan Caldwell ni se me ha solicitado cooperación alguna.
—No, no he vuelto al bar tras el cierre.
—No, no he vuelto a ver a Johana Hudson después de que se marchara.
—Que quede constancia de la cooperación de mi cliente —agregó el abogado con la boca cerca de la grabadora.
Aston y Gallagher transcribieron la declaración, se la tendieron y Morrison estampó su firma.
—Hasta que no se aclare el asunto, se le solicita al señor Morrison que no abandone el estado de Idaho —agregó Gallagher.
—¿Adónde quiere que vaya, sheriff? ¡Este es mi hogar! El que debe irse es usted.
Patrick no se inmutó. Le señaló la salida con un ademán de la mano y el abogado tiró de Hank fuera de allí.
Morrison no era trigo limpio y el abogado sabía que tenía denuncias por acoso en varios pueblos.
Era mejor no declararle la guerra a la policía o se encargarían de mandarlo una temporada a prisión, y él no cobraría mejores honorarios.
—Ahora a por Caldwell.
—Ahora a por Caldwell —repitió Gallagher y volvieron al ruedo.
El interrogatorio a Caldwell fue un calvario. Se presentó con dos abogados de un respetable bufete y cuestionó el registro de su propiedad alegando que era de su madre y que él solo vivía allí ocasionalmente.
—De todas formas, Caldwell, si es la dirección que figura en tu carné de conducir, es la dirección que debemos registrar.
Los abogados no pudieron poner más pegas.
Caldwell negó haberse marchado del bar con Johana Hudson, dijo que la muchacha había decidido quedarse allí y esperar a que Morrison cerrara el local.
Empezaban a enfrentarse.
—Él se marchó a casa, su madre puede confirmarlo —dijo el abogado.
—¿No era que no vivías allí? —insistió Gallagher. Le tendió una libreta y un bolígrafo—. Escribe, por favor, la dirección de las demás residencias.
Caldwell lo hizo. Tenía un apartamento en Ponderay y una propiedad en la capital del estado de Idaho.
Gallagher le preguntó por su relación con el fiscal y el acusado recurrió a la Quinta Enmienda. Un sabio consejo del fiscal, que era consciente de que, si caía uno, caían los dos.
Le preguntó por Sarah. Ethan volvió a escudarse en la Quinta Enmienda.
—No es el caso por el que el señor Caldwell está aquí —insistió uno de sus abogados— y usted no ha podido probar la relación, sheriff, por lo que consideraremos cualquier pregunta sobre la señorita Bloom impertinente para el caso.
Aston exhaló a su lado, estaba a punto de perder los estribos. Gallagher continuó. Repasó cada detalle, cada minuto, buscando alguna contradicción, y la conclusión fue evidente:
—Fue el último en ver a Johana con vida.
—Eso no me convierte en el asesino —respondió—. ¿Si no tiene nada más?
Tenían que dejarlo marchar. Pero aún les faltaba terminar de registrar sus propiedades, eran tan extensas que, con el poco personal del que disponían, les llevaría días.
—Descansemos, Aston, mañana seguimos. ¿Tiene dónde alojarse?
—He encontrado un Airbnb, una tal señora McCoy. ¿La conoce?
Patrick rio.
—Procure no irse de la lengua. Lilian es experta en interrogatorios. Casi diría que la necesitamos aquí, estoy seguro de que habría conseguido más de Caldwell que nosotros.
—Fue ese capullo, sheriff, lo sabe, ¿verdad?
—No. Lo siento en las tripas, pero saberlo, no lo sé y eso me cabrea muchísimo.
—La cabeza a veces se equivoca, tiene sesgos, la razón nos ciega, pero las tripas no se equivocan. Lo cogeremos, sheriff. Pero antes dormiré al menos cinco horas.
Se despidieron y Patrick regresó al rancho.
Cuando llegó, la expresión de CJ le advirtió de que había problemas.
—¿Qué sucede?
Ella giró el portátil y reprodujo un vídeo de YouTube.
«El gran exdetective de Boston, Patrick Gallagher, envuelto en un nuevo y complejo caso en Idaho.
Declaraciones del fiscal Andrew Keller».
Aparecía el fiscal, serio, trajeado, intentando mostrarse profesional y ocultar el hecho de que había entorpecido la investigación, pero era la fotografía de Gallagher en la esquina superior derecha la que captaba toda la atención.
—Joder.
—Mañana tendremos a la prensa aquí, Patrick. —Fue al frigorífico, cogió una lata de Guinness helada y una lager para ella y lo invitó a salir al porche junto a Siete Millas.
—Pero contigo a mi lado será más fácil soportarlo.
CJ le cogió la mano. Afrontarían juntos la tormenta.