Capítulo cuarenta y uno
La voz sobre lo sucedido a Mae corrió como lava ardiente por Careyville. Los vecinos se acercaron a comisaría a preguntar por la salud de la muchacha, a dejar inmensas cestas de comida que les permitirían a los Barlow pasarse meses sin cocinar y, por supuesto, buscaron su dosis de cotilleo.
Gallagher mantuvo la boca cerrada, demasiado consciente de que lo de Mae había sido un atentado contra su vida y de que el responsable estaba vinculado al caso de Johana Hudson.
Le carcomía tener que elegir entre estar junto a su hija en el hospital o permanecer allí, donde la investigación podía poner fin a cualquier otra amenaza.
Por supuesto, lo segundo era lo más racional, y eso había hecho.
CJ había regresado también para hacerse cargo del rancho y devolver a Siete Millas a su vida.
Bastante había padecido ya el pobre animal.
Walter asumió el rol de enfermero improvisado y Mae estaba encantada con la decisión.
Patrick se había resignado a ponerles límites a esos dos.
Barlow estaba decidido a malcriar a Mae como a una nieta y ella estaba igual de empeñada en recibir esos mimos.
En vista de lo que CJ por fin le había compartido, no podía negarle ese gusto a Walter.
El hombre había perdido a una nieta, a una pequeña Daicy que apenas pudo ver a través del cristal de neonatos.
Que malcriara un poco a su hija no le haría daño a nadie; al contrario, le ayudaba a centrarse en encontrar al hijo de puta que se había atrevido a arrollarla con una camioneta.
—Ya no estoy para buenas formas —masculló y cogió el teléfono.
El fiscal no quería vincular ambos casos y seguía entorpeciendo la investigación.
Nevada, al ver la actitud del fiscal, pujaba por llevar el caso a su jurisdicción, pero tenía pocas posibilidades de ganar esa disputa.
El crimen se había cometido en Idaho y las pruebas apuntaban a que el delincuente era un lugareño.
Solo quedaba una cosa por hacer, involucrar a los federales. Era un crimen que abarcaba más de un estado, debía coordinarse entre ambos y, si los estados no llegaban a un acuerdo, el FBI se encargaría del caso.
¿Le molestaba ceder? Sí. ¿Iba a correr el riesgo cuando su hija podía convertirse en víctima? Joder, no.
—Gallagher —dijo la voz al otro lado de la línea sin siquiera soltar un hola. El tono denotaba que estaba esperando su llamada.
—Michael Donahue…
—No me llamas para decirme que mandas a tomar por culo al estado de Idaho y aceptas mi propuesta del FBI, ¿verdad?
—Todavía no.
—¿Quieres decir que hay una posibilidad?
—No lo sé. De momento, no puedo darte una respuesta. Mi vida personal está hecha un lío y ya no decido solo.
—Mae…
—Además de Mae.
—Vaya… Bien, te felicito, supongo. Te recuerdo que el FBI paga mejores sueldos si necesitas mantener a más personas.
Patrick rio. Michael no se rendía.
—Nadie se ha interesado tanto por mí. Me harás sonrojar —bromeó.
—Si no me llamas para aceptar el puesto, me llamas para pedir un favor. Así que suelta.
—Oye, me haces quedar mal. Quizá quería invitarte a ver la Super Bowl.
—Ja, ja.
—Vale, sí. Necesito que los federales presionen, Donahue. —Hizo una breve pausa—. Alguien quiso matar a mi hija.
—¿Qué?
Lo puso al corriente de lo sucedido, de que Mae buscaba pruebas porque el fiscal seguía negándose a autorizar una batida y de que Nevada e Idaho estaban inmersos en una guerra burocrática que complicaba aún más la investigación.
—Mira, esto es sencillo. Intentaron arrollar a Mae porque el asesino sabe que hay una prueba más en el bosque, no sé cuál.
Hasta llego a pensar que mi otra desaparecida, Sarah Bloom, puede estar allí.
Mataron a una por ser testigo del asesinato de la otra…
¿tal vez? Ya estoy enredado en teorías que no puedo probar porque el fiscal no me firma una puñetera orden.
Lo que sí sé es que allí hay algo gordo, de lo contrario, el asesino no habría corrido el riesgo de arremeter contra Mae.
Incluso si la mataba… —y el aliento se le cortó al decirlo— nos alertaría de que estaba cerca de encontrar algo.
Está intentando ganar tiempo, ¿tiempo para qué?
O bien para encontrar la prueba o bien para conseguir que Margaret Caldwell se haga con las tierras y pasen a ser privadas, con lo que la investigación requeriría el doble de burocracia para avanzar.
Joder, Michael, estoy en arenas movedizas y me están tragando.
También creo que el asesino espera a que me desespere y haga algo fuera del reglamento que arruine el caso.
Y, estando Mae en peligro, es muy probable que ocurra.
Sí, Donahue, te necesito y, si me ayudas en esta, seré tu puta —intentó bromear.
Michael rio. Que Gallagher le entregara un cheque en blanco era algo que llevaba años esperando. A la vez, que lo hiciera porque su hija estaba en peligro no le gustaba absolutamente nada.
—Vale, lo entiendo, y claro que te ayudaré, pero no meteremos al FBI, Patrick. Lo harás tú, luego pondrás esto en el currículum y yo presionaré a mis jefes para que no te dejen ir jamás. Tú lo ofreces, yo lo acepto.
—Vendo mi alma al diablo, venga… ¿qué tienes para mí?
—Política. Tú estás atrapado en los procedimientos, quieres hacer las cosas bien, y por eso eres mi chico preferido.
Necesito gente como tú para yo hacer lo mío, que es, por supuesto, política.
Sé que estoy siendo cruel con esta lección, que me estoy valiendo de tu desesperación por Mae, pero así es…
—La política.
—¡Exacto! Tú quieres amenazar al fiscal con el FBI, lo entiendo, puede ser una buena jugada.
Pero nosotros somos más burocráticos que los dos estados juntos, Patrick.
Hasta que el caso pasa a nuestras manos, los estados discuten, se asignan los detectives, nos envían las pruebas, las volvemos a pasar por el laboratorio, interrogamos a los mismos testigos que tú ya has interrogado…
—El asesino ya se ha ido de rositas, ha encontrado las pruebas, las ha destruido y queda impune.
—Y tú crees que esa montaña de burocracia va a asustar a tu fiscal. Pues no, le viene como anillo al dedo. ¿Por qué crees que el fiscal está siendo tan capullo?
—Porque Margaret Caldwell lo tiene cogido de los cojones para que le venda las tierras.
—Bien, lo imaginaba. ¿Esa tal Caldwell tiene mucho dinero?
—Sí, es la élite de la zona. Además, es la madre de uno de mis principales sospechosos.
—Vaya… a ti sí que te gusta complicarte la vida —rio Michael—. Bien, no conseguirás nada amenazándolo con nosotros, tienes que hacerlo con el organismo más temido de los Estados Unidos de América.
El primer organismo que se le pasó por la cabeza fue la CIA, pero luego soltó una carcajada al caer en la cuenta.
—El IRS.
—Ese hombre debe de manejar cantidades difíciles de justificar si alguien le está pagando para que mire hacia otro lado, y seguro que será una suma cuantiosa.
Los fiscales son muy, muy caros. Haz política, Gallagher.
Eres sheriff, no detective. Cuando por fin reconozcas que tu sitio está conmigo, me vuelves a llamar.
—Guardó silencio unos segundos y añadió—: O si alguien osa volver a meterse con tu hija. Ya habéis sufrido bastante.
—Gracias, Michael.
—A por él, chico. Y prepárate… —Suspiró—. El fiscal también hará política para tapar su corrupción. Te usará como centro de atención para que no hablen de él. Dicho en lenguaje corriente: volverás a ser la cara frente a las cámaras.
—Joder.
—Sí, una puta mierda, pero mientras las cámaras te graben, Mae estará a salvo. Espero tu próxima llamada, Gallagher.
—Gracias, Donahue.
Tras terminar la conversación, Patrick cogió el teléfono una vez más. Era hora de hablar con el fiscal otra vez.
***
Uno a uno, los vecinos de Careyville fueron a visitar a Mae. Se dio la misma dinámica que en comisaría: cestas llenas de regalos y cantidades industriales de comida.
—Si se alimenta con lo que sirven aquí —dijo la señora McCoy—, desaparecerá. A mí me vendrían bien unos días de ingreso para perder los kilos que me sobran, pero a ti, muchacha…
—Está fantástica, señora McCoy. Walter siempre lo dice —agregó guiñándole un ojo a Barlow. El hombre se sonrojó y Lilian también. Mae contuvo la risa.
Noah apenas se había separado de su sitio junto a la cama. La señora McCoy había traído a los compañeros del instituto en el autobús y Barlow estaba convencido de que, en cualquier momento, una enfermera aparecería para echarlos a todos.
De momento, comían galletas en un picnic improvisado sobre la mesa plegable que les daba el hospital.
Mae parecía encontrarse bien. No había sufrido una contusión cerebral grave y el brazo parecía estar en orden.
Le dolía bastante, pues le habían puesto una placa para mantener el hueso en su sitio, pero lo llevaba bastante bien.
Los adolescentes conversaban animadamente sobre los avances del caso, era lo más emocionante que les había sucedido en mucho tiempo. Mientras estaban inmersos en esa conversación, un visitante inesperado se acercó a saludar.
—¿Ethan? —Barlow se puso a la defensiva. La señora McCoy lo contuvo con un gesto.
—Creí que te encontraría descansando, Mae, pero me alegro de que te encuentres mejor.
—Dejó a un lado un ramo de flores y una caja de bombones.
Ignoró la tensión que despertaba su presencia con una sonrisa—.
Sé que soy algo así como un «sospechoso» en el caso —intentó bromear—, por eso me parecía importante venir y demostraros que no es así.
Mae se enderezó en la cama. Noah la ayudó al ver que una mueca de dolor atravesaba sus facciones al mover el brazo. Al hacerlo, le susurró:
—¿Quieres que lo eche?
—No.
Noah puso los ojos en blanco, ya conocía lo bastante bien a Mae para adivinar sus intenciones. Quería saber si Ethan se delataba.
—Muchas gracias por venir —le dijo a Caldwell—, y sí, estoy bastante entera, aunque no me agrada coleccionar una cicatriz más. Ya parezco el monstruo de Frankenstein.
—No digas eso, cariño —la reprendió Lilian.
—¿La verdad? —bromeó—. Igual ya no sé si me molestan. Noah dice que me dan personalidad. Pues ¡vaya personalidad tengo!
Nicole rio.
—Yo también tengo una cicatriz. Cuando me operaron de apendicitis estaba tan mal que me rajaron la barriga de aquí a aquí —señaló, levantándose la camiseta.
—La mía está en el tobillo —dijo Miles, y se subió la pernera del pantalón—. Me lo torcí tan fuerte que me tuvieron que abrir y volver a unir los ligamentos.
Los jóvenes hablaron de sus cicatrices para animar a Mae. Los adultos se sumaron. Aunque ninguno tenía una herida tan evidente en el rostro como la de ella.
—¿Y usted, Caldwell? Tiene una ahí, en la muñeca —señaló Mae.
—Me mordió un perro —dijo, y mostró la herida. La conversación no tardó en retomar el tema inicial: las conjeturas sobre el crimen.
Ethan compartió sus propias ideas. Sintió la suspicacia del ambiente.
—Vale —agregó al ver que todos estaban tensos ante su presencia—, me alegro de que, además de bien, estés de buen ánimo.
Ya que estoy por Ponderay, iré a visitar a Emma.
Si necesitáis algo —dijo dirigiéndose a Barlow—, ya sabéis, solo tenéis que pedirlo.
De hecho, estaba en Ponderay en el momento del accidente, podría haber sido de mucha ayuda.
—Gracias, lo tendremos en cuenta —respondió Walter.
Cuando Ethan se marchó, Mae se atrevió a señalar:
—¿Lo habéis notado? Ha venido a soltar su coartada. Estaba aquí cuando me arrollaron, no pudo ser él. Llama a papá, Walter, dile que lo compruebe.
—Mae… —fue el suspiro colectivo. Pero ella no se rindió, era igual de terca que su padre.
—Entonces tiene que haber sido Harrison —insistió, y Barlow fue a hablar con Patrick.