Capítulo cuarenta
El único hospedaje disponible era el motel de Ponderay.
Se trataba de uno de esos típicos sitios que salían en las películas en las que un recepcionista no hacía preguntas y te tendía una llave con el número de habitación.
Menos mal, porque ellos se hospedarían con un cerdo como mascota.
Subieron las escaleras y buscaron su puerta.
Había una dispensadora de alimentos en un extremo con un par de refrescos a precios excesivos y algunos dulces.
Al entrar a la habitación, esperaba por ellos una cama matrimonial, un sillón y un televisor amurado a la pared.
Siete Millas no tardó en ovillarse en el sillón. Dormía más que un gato.
—Menos mal que mi padre ha traído toallas —dijo CJ al revisar las bolsas que había empacado Walter.
—¿Quién lo hubiera dicho? Resultaste ser remilgada.
—Negarse a usar eso no es de remilgada.
—No están sucias, solo están viejas.
CJ ladeó la cabeza.
—Pues válete tú de esas toallas, yo lo haré de estas.
—Venga, ve al baño, yo iré a buscar algo de comer.
CJ se perdió en el baño. Era pequeño y era imposible ducharse sin golpear la mampara con el codo.
Lo único que la animó fue pensar a Patrick intentándolo.
Su padre había sido generoso con ella también, le trajo no solo su champú y acondicionador, sino también su perfume preferido.
No tardó mucho bajo la ducha, si bien necesitaba un baño de horas, no sería con esa falta de presión de agua y en ese cubículo claustrofóbico.
Se secó, perfumó y se vistió con un conjunto de chándal de pantalón y sudadera. Eso hizo que se sintiera mejor de inmediato, también que las emociones empezaran a aflorar.
—No, CJ —se repitió como un mantra—, no puedes romperte ahora.
Se sentó en la cama, abrazándose las rodillas, y posó el mentón entre ellas. Así esperó a Patrick. Él regresó con café de mejor calidad que el del hospital, aunque distaba mucho de ser un café de especialidad, y una dosis de calorías tan excesivas que podía curar cualquier corazón roto.
—No sería un buen policía si no comiera donas, ¿verdad? —le dijo Patrick y le ofreció una glaseada en rosado y con chispas de chocolate.
CJ no dudó en coger una. Patrick fue a su vez al baño, le guiñó un ojo al coger una de las toallas del motel.
Había pasado muchas noches en lugares así en sus primeros años de carrera.
No importa cuán importante sea un departamento de policías, siempre lucha contra el presupuesto.
También se las arregló bien en la diminuta ducha.
Una vez que terminó, se envolvió con la toalla desde la cadera y salió del baño.
El vapor apenas le permitía respirar allí dentro.
CJ ya había terminado su dona y su café. Patrick notó otra clase de hambre en la mirada de ella y decidió no vestirse. Si verlo así hacía que se sintiera mejor, pues andaría por la vida en taparrabos.
—Sé que quieres que te folle para hacerte olvidar, CJ —le dijo él, atrapando su cuerpo contra el colchón—. Y créeme, es una gran idea. Pero ya ha sido suficiente de esconder, te vas a romper, cariño. Te vas a hacer añicos si intentas contener lo que te sucede un segundo más. Es hora de hablar.
—No. —CJ plantó su boca en la de Patrick, buscó hacerlo olvidar—.
Hoy nos tenemos que enfocar en Mae y luego en ti.
Sé que estás destrozado, que has sentido terror al enterarte de que Mae había sufrido un accidente.
Sé que reviviste el pasado, que te culpaste, que mil emociones te atravesaron como cuchillos. No es mi momento, es el vuestro.
—Y una mierda. La vida no funciona así. —La besó, era incapaz de no hacerlo—. La vida no pone en pausa un sufrimiento para que otro pueda compadecerse en paz. La mierda viene siempre en olas, CJ, por eso es por lo que es tan mierda.
—Sería egoísta de mi parte cargarte con esto ahora, Patrick. He tenido mil ocasiones de decírtelo y ¿lo haré justo hoy? ¡Ni hablar! No soy tan tóxica.
Patrick rio. Se dejó caer junto a ella, la toalla apenas le cubría la entrepierna y era tan vieja y delgada que nada hacía para disimular la media erección.
—De verdad, CJ, a veces me haces cabrear tanto que me entran las risas. Primero, me divierte que pienses que te dejaré ir porque un día has decidido ser, según tú, egoísta. Cariño… El tóxico posesivo aquí soy yo, ¿recuerdas?
—No eres así.
—Segundo, te diré algo que no te gustará: tú intentas ser buena porque piensas que si no nadie te querrá, pero parte de lo que aleja a la gente de ti es que seas así todo el tiempo.
Es absolutamente irritante. Adorable, también —agregó—, pero irritante.
Yo estoy absolutamente enamorado de tu bondad, CJ, para alguien como yo, que se la pasa inmerso entre criminales y la peor mierda del mundo, alguien como tú es un tesoro invaluable.
Algo así como la última esperanza en la humanidad.
Me fascinas, CJ, pero joder, que siempre pongas a los demás por delante de ti es exasperante.
—No soy buena todo el tiempo. Esto no tiene que ver con ser gentil, tiene que ver con…
Si seguían jugando el juego de ser demasiado gentiles el uno con el otro, jamás avanzarían. Era hora de dar un salto al vacío, los miedos de los dos estaban a flor de piel. Gallagher dio el golpe:
—Tiene que ver con que has perdido un hijo, CJ. —La voz de Patrick inundó la habitación. A esa declaración le siguió un silencio pesado, como si fuera hasta las aves hubieran decidido detener su canto, el viento dejado de mover hojas y el mundo parado su rotación sobre el eje.
—¿Qué? —CJ empezó a hiperventilar—. ¿Te lo ha dicho mi padre?, ¿la señora McCoy?
—CJ, no le mientas a un detective, cuando hacemos las preguntas es porque ya sabemos las respuestas.
Esa es mi parte exasperante. —Sabía que la gente encontraba insoportable estar junto a un detective que todo lo analizaba bajo ese prisma.
Pues bien, venía con el combo; como en el de ella venía todo ese pasado y esa necesidad casi patológica de complacer a los demás.
No la cambiaría, no la quería cambiar tampoco, solo quería que esa forma de ser no terminara por matarla, como casi lo hace—.
Encontraste a Siete Millas cuando estabas a punto de suicidarte, CJ, eso era lo que intentabas contarle a Mae.
—Basta, Patrick.
Las lágrimas empezaron a brotar sin control. Él se volvió, apoyó su peso en el codo derecho y le secó las lágrimas con la mano izquierda. La cogió del mentón y la obligó a mirarla.
—E ibas a matarte porque perdiste un hijo.
—¡Suficiente!
—Y hoy casi pierdes a Mae. Vale, que es mi hija, pero tú no puedes evitar quererla como propia, porque cuando tú aceptaste a este detective capullo en tu vida lo hiciste con todo lo que trae, Mae incluida.
En tu mente, como en la mía, ya se formaron un montón de fantasías idílicas de los cuatro como familia.
Así que esto te golpeó a ti tanto como a mí.
—No quiero hablar… —Las palabras le rasparon la garganta. El nudo la estrangulaba.
—Tú compadeces el miedo que yo sentí al verme una vez más en la misma situación. Accidente, Mae en el suelo cubierta de sangre, no saber si la ambulancia llegaría a tiempo… ¿Y tú miedo? Yo tengo a mi hija, joder, tú has perdido al tuyo.
—No es igual… —El llanto la hizo estremecerse. Se abrazó con más fuerza las rodillas y los hombros comenzaron a sacudirse.
—¿Nació vivo? —le preguntó él—. CJ, he visto la cicatriz de la cesárea.
La abrazó y contuvo contra su pecho los espasmos. Siete Millas soltó un quejido bajo, percibiendo el dolor.
—Viva. Una niña. Daicy.
Al decir su nombre, la avalancha de dolor afloró de ella.
Patrick siguió meciéndola, le permitió llorar todo lo necesario.
Él era el afortunado en esa ecuación, tenía a Mae.
Joder, llevaba desde el accidente agradeciendo cada mañana que su hija se hubiera salvado, porque de no haberlo hecho, no hubiera existido cerdito posible que lo persuadiera de volarse los sesos.
—Eres la persona más fuerte que conozco, CJ. Joder, cuánto te quiero. Te quiero, cariño, ¿me oyes? Te quiero.
—Ahora sabes por qué Siete Millas nunca será tocino —intentó bromear CJ.
—Defenderé esas patas de jamón con mi honor.
Siete Millas los miraba sin entender por qué de pronto formaba parte de esa conversación.
—Yo también te quiero, Patrick. A ti, a Mae… Sé que eres un capullo, Patrick.
—Vale, me alegro.
—Has sido casi cruel recién, me has obligado a hablar cuando no quería y eso no está bien…
—Lo sé.
—Pero lo cierto es que esto era lo que necesité de John en su momento, era lo que le demandaba en cada puñetera discusión…
¡No me dejes seguir como si nada!, ¡impide que vacíe su habitación!
, ¡cabréate conmigo! ¡Reclámame que también era tu hija, coño!
, di que también la extrañas, que también la perdiste…
Él nunca compartió su dolor conmigo y me hizo sentir más sola por eso.
Nadie quería hablar de Daicy para no abrirme una herida.
¿Cómo podrían abrir una herida que todavía sangraba?
No, no quería hablar y la gente respetó eso, tanto lo respetaron que se alejaron de mí.
Pero tú no, tú no te cansas, tú no sueltas ni miras para otro lado, y aunque esté cabreada, sé que lo haces por mí y te quiero por eso.
—CJ, contigo no miraré jamás a otro lado.
—Cuando me contaste lo de Kim, lo hiciste para «advertirme» cómo eras.
Sin embargo, yo lo único que podía pensar era en la injusticia de que a ella le hubiera tocado el hombre que yo necesitaba.
Te aferrabas a un matrimonio sin amor y yo me preguntaba cómo sería esa determinación si te unía un matrimonio por amor.
Estoy cansada de volar, Patrick, hasta las aves necesitan reposar en un árbol con raíces fuertes cuando azota el invierno.
Patrick soltó una suave risa.
—Es bueno saber que los defectos de uno son tesoros para los demás. ¿Quién diría que llegaría la persona que encontraría valiosa mi terquedad obsesiva?
—Pues tú toleras mi supuesta «bondad exasperante».
—Adoro tu bondad exasperante.
Patrick se puso de pie, fue al baño y regresó con el rollo de papel higiénico de repuesto. Se lo tendió a CJ a falta de algo mejor. Se recostó junto a ella y miraron el techo a la vez.
—Daicy nació con un error metabólico congénito.
No se detecta en el embarazo, en los estudios habituales, todo parecía normal.
Fui a cesárea porque ella no se había dado la vuelta y posicionado en el canal.
Fue de rutina, sin más complicaciones. Como yo estaba en posoperatorio, permanecimos en el hospital más días.
Daicy empezó a mamar, la puericultora casi no tuvo trabajo con nosotras… Hasta que la pesadilla empezó.
CJ se dio la vuelta, Patrick la abrazó por detrás y le besó el cabello.
—Justo cuando nos iban a dar el alta, iniciaron los problemas. Tenía dificultad para comer, vomitaba, lo poco que ingería iba a parar al pañal sin apenas procesar. Se deshidrataba y mientras más quería darle de mamar, más la mataba…
—No la mataste tú, joder.
—En el error metabólico congénito el bebé nace sin la enzima necesaria para procesar las proteínas, o los azúcares y grasas de la leche. Cada vez que intentaba comer, se intoxicaba más y más. La llevaron a neonatología, yo me pasaba las horas allí, pegada al cristal. Daicy nunca llegó a casa.
—Joder, CJ, cuánto lo siento.
—Le causó un edema cerebral. En el momento en que la enfermera me dejó pasar y puso a Daicy en mis brazos, lo supe. Era el último adiós. Murió allí, quietita, con los ojos aún cerrados sin siquiera haber llegado a ver el cielo.
Él la dejó llorar, era un llanto que la liberaba, que dejaba ir parte del dolor.
Él recogió ese dolor y, como una perfecta máquina capaz de transformar emociones, lo fue convirtiendo en una honda ira.
Odiaba a John, no sentía empatía por él, porque en su dolor había abandonado a CJ.
Detestó a las falsas amigas que se alejaron de ella por no tolerar el sufrimiento, malditas cobardes.
Maldijo al mundo, al destino si existía, y a la suerte que había hecho a CJ pasar por eso.
Darle una semana de amor era demasiado cruel, saber que ella no cambiaría esa semana con Daicy por nada en el mundo lo hacía aún más duro.
—No puedo perder a nadie más, Patrick. No puedo perderos.
Tú dices que soy demasiado buena, pero si Noah tiene razón y alguien le ha hecho esto a Mae, te juro que soy capaz de cometer un crimen.
Tal vez no debería confiárselo a un sheriff —rio entre lágrimas—, pero ni la prisión me va a disuadir de hacérselas pagar a quien amenazó el primer rayo de amanecer que veo en meses.
—Nadie nos va a apagar, Mae y yo somos unos capullos demasiado duros y tercos, ¿vale?
—Por eso se siente tan seguro quereros.
Se volvió hacia él para mirarlo a los ojos. Sus bocas no tardaron en unirse. Siete Millas pareció notar lo que se venía y se dio la vuelta de cara al respaldo del sillón. Ellos rieron e hicieron el amor.