Raíces Capítulo treinta y nueve #2
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Capítulo treinta y nueve #2

—Vale, Noah, di lo que piensas y no te preocupes ahora por lo que puedas probar o lo que simplemente sean conjeturas. De eso ya me encargaré yo.

Noah asintió. Patrick admiró la entereza del muchacho, su hija tenía buen ojo, reconoció. El joven Pierce afrontó el miedo que le infundía el padre de su novia para enfocarse en lo importante.

—La camioneta fue a por Mae, señor Gallagher… sheriff…

—Puedes decirme Patrick.

Noah no se sentía capaz de tal cosa.

—No me di cuenta de inmediato, perdón —se lamentó—.

Normalmente los coches que pasan por la carretera se apartan de la banquina cuando hay gente.

Y no venía nadie del lado contrario como para que le faltara espacio, eso sí lo comprobé, por si teníamos que hacernos a un lado nosotros. Creí que estábamos seguros.

—No fue tu culpa, Noah, por favor. No se te ocurra pensar eso.

El joven asintió. Aceptó el café que le daba el sheriff y dio un suave sorbo. Intentó ocultar su cara de asco.

—Lo sé, es horrible —lo animó Patrick—, ponle más azúcar, es la única forma de hacerlo tolerable.

Noah le hizo caso, necesitaba la dosis de cafeína.

—Como le dije, señor, la camioneta fue hacia Mae directo. Ella estaba de espaldas, fue Siete Millas el que se dio cuenta y tiró, arrastrándola hacia abajo. Yo me salvé del embiste porque quien conducía sabía que si intentaba seguir por allí se iría él mismo camino a los árboles.

—¿Él?

—En realidad, no estoy seguro. Eso también me hace sospechar que fue intensional, el conductor llevaba una gorra de deporte y gafas de sol, tenía el rostro bien cubierto.

Además, traté de leer la matrícula y estaba embarrada, pero era lo único que estaba embarrado ¿sabe?

No lo estaban las cubiertas ni los parachoques, solo la matrícula.

Pero no puedo asegurar que fuera un hombre, lo siento.

—De nuevo, Noah, nada que sentir. —Le dio una palmada en el hombro. Se tomó su propio café como si fuera un chupito, si lo mantenía un segundo más en la boca notaría el amargor de granos quemados.

—Si quiere, lo puedo repetir en la comisaría.

Patrick sonrió.

—¿Mae te desquicia con los procesos policiales? Soy yo quien debe disculparse, soy el responsable de ello.

Noah intentó ocultar la sonrisa, le parecía mal reírse del padre de su novia.

—Por cierto —le dijo, antes de regresar junto a sus padres—, buscábamos más pruebas.

Mae quería que usted fuera el que resolvía el caso, quería darle a tomar por culo a Margaret Caldwell por la reunión de la iglesia.

—Patrick sintió que el corazón le daba un vuelco—.

Que la hayan querido arrollar es una prueba de que el asesino tiene miedo, ¿verdad? , de que hay algo más en el bosque…

Patrick se mantuvo impávido y Noah por fin sonrió.

—Vale, lo entiendo. Nada de conjeturas tempranas.

—Pero es una muy buena conjetura —lo animó él. Noah se enorgulleció. Terminó su café igual que había hecho Patrick, de un solo sorbo lleno de coraje, y regresó con sus padres. Allí ya lo esperaba un médico para hacerle una revisión general de su estado de salud.

La puerta de la habitación estaba entreabierta. Barlow aguardaba su turno de ver a Mae en una silla incómoda, con las bolsas de pertenencias de la adolescente en el suelo ante él.

—Gracias, Walter.

—También os he traído cosas a vosotros —dijo—, seguro queráis pasar la noche aquí. Hay un hostal cerca del hospital, no es lujoso, pero os valdrá.

—Nada como el Airbnb Barlow.

—No existe competencia —respondió. Le costaba sonreír y los surcos en su rostro hablaban por él. Estaba preocupado por Mae y por CJ. También con respecto a Barlow era hora de romper el silencio.

—La quiero —le confesó. No necesitó decir a quién.

—Lo sé. Y ella a ti. No dejes que esto la vuelva a romper, yo no puedo ayudarla. Lo intenté, juro que lo intenté, pero ella se cerró al mundo. No sé cómo lo habéis hecho Mae y tú, no importa tampoco, siempre os agradeceré por rescatar a mi niña. No dejes que vuelva a perderse, por favor —rogó.

Patrick asintió. CJ no le había dicho nada, todo lo que sabía era gracias a su deducción. CJ necesitaba contar su historia, hacerse dueña de ella a través de la palabra y no víctima pasiva de la misma.

Se acercó a la puerta entreabierta y las vio. El cuadro que conformaban juntas lo impresionó, supo que estaba ante la familia que nunca creyó merecer. Una hija fuerte, íntegra y valiente, y una mujer igual de valiente e integra, capaz de atreverse a querer a riesgo de volver a sufrir.

—¿Cómo está Siete Millas?

—Pues ahora, durmiendo la mona en la camioneta de mi padre. Ya le hemos puesto agua y mi padre le trajo unas manzanas.

—Me salvó la vida —dijo Mae—. Yo no me di cuenta de que la camioneta iba a arrollarme, él tiró de mí.

CJ sintió el nudo formarse en su garganta.

—Es un gran amigo.

—Sí, ¿verdad?, ¿me dirás cómo lo encontraste?

—Me lo robé —confesó, y Mae rio.

—¡Lo sabía!

—No se lo digas a tu padre.

Patrick sonrió desde su posición privilegiada. Las podía ver sin él ser visto.

—¿Dónde lo robaste?

—En Montana. Escapó de un criadero, los dueños lo perseguían y amenazaban con hacerlo tocino.

—Lo salvaste tú a él y él me salvó a mí, una cadena de favores.

Las lágrimas brotaron de los ojos de CJ sin control.

Mae intentó moverse para calmarla y eso bastó para que CJ contuviera el llanto.

Patrick apretó los puños, detestaba que Claire siempre pusiera a los demás por delante de ella, hasta cuando se trataba de Mae.

Quería decirle que su hija estaba hecha de la misma pasta que él, que podía soportar su dolor.

Que entre los tres podían ver los insectos kafkianos en los que la vida los había convertido y aun así encontrarse bellos, seguir queriéndose.

—Él también me salvó a mí. Fue un acuerdo mutuo —contó CJ. Mae supo apreciar el obsequio que Claire le daba, no solía abrirse y que lo hiciera con ella era la mayor prueba de cariño que podía recibir.

—¿De qué te salvó?

—De mi tristeza. Estaba muy perdida cuando hallé a Siete Millas en la carretera. Mi cabeza y mi corazón se encontraban en un lugar oscuro y no podía ver más allá de esa impenetrable noche. Él me hizo salir de mi escondite para ayudarlo, y al hacerlo, me ayudó a mí.

—¿Por qué estabas tan triste?

—Porque perdí a alguien.

Patrick se tensó. Por fin lo admitía, empezaba a sacarlo de dentro de ella, como un tumor que al fin se extirpaba y daba esperanza al paciente de que la vida podía seguir.

—¿A tu ex?, ¿por el divorcio?

La suave risa de CJ fue una brisa fresca en el corazón ardiente de Gallagher. Odiaba experimentar celos en un momento así, pero no podía evitarlo. Sin embargo, la respuesta de CJ le recordaba lo absurdo. Ella le había entregado a él su corazón.

—No. Él se fue cuando ya no quedaba nada más de mí.

—Eso es mentira, estás aquí y estás entera. Él se fue porque era un capullo cobarde.

—¡Lenguaje! —la reprendió CJ.

—Ya suenas como mi padre.

—Lenguaje —repitió Patrick al entrar. Mae rio y dejó que la risa se convierta en sonrisa al ver el modo en que su padre miraba a CJ. Ella no se había dado cuenta de cuánto había escuchado el hombre. Su hija sí. Sonrió y cambió de tema.

—¿Está Walter?, ¿ya llegó?

CJ y Patrick compartieron miradas. Mae quería a Walter como a un abuelo, si conservaban alguna duda sobre conformar una familia de retazos podía funcionar, la emoción de Mae por ver a Barlow la evaporó de inmediato.

No en vano las mantas patchwork eran un arte milenario, las personas siempre tuvieron que aprender a hacer bello lo remendado.

—Sí, estoy aquí —dijo Walter cuando Patrick le abrió la puerta—. Te he traído tus cosas.

—¡Mi mousse! Debo tener el cabello hecho un desastre. No me han dejado lavarlo —se quejó.

—Pues le preguntas al doctor si puedes usar tu champú en seco, también lo he traído.

—¡Eres el mejor, Walter! —Le extendió los brazos para abrazarlo—. Vosotros podéis iros —agregó para su padre y CJ—, que tenéis unas caras que deprimen. ¡Oh! Me has traído el libro que estaba leyendo.

—Alfa de Ali Hazelwood. Perdona que te diga, Mae, pero he leído una página al azar y no creo que sea para tu edad.

—¡Shhh! Es de hombres lobos, papá —se defendió en dirección a Patrick—, no cuenta como relaciones tóxicas, que además no lo es, o diferencia de edad si no son de la especie humana. ¡Es un agujero legal!

—No juegues conmigo a agujeros legales, Mae.

Ella le hizo una mueca burlona y un gesto de que se marcharan. Sabía que en breve le haría efecto el calmante, ya sentía los ojos pesados, y no le apetecía nada que su padre se quedara una vez más la noche en vela mortificado y rezando por ella, cagado de miedo.

—Volveremos en unas horas, ¿vale?

—Sí, sí. Me quedo con Walter.

Sin más, fueron echados de la habitación.