Raíces Capítulo treinta y nueve
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Capítulo treinta y nueve

Patrick aparcaba su camioneta en el rancho Barlow cuando la voz de la operadora le puso los pelos de punta.

CJ, que había salido a recibirlo, divisó la expresión de Patrick y corrió a su encuentro. Sin siquiera mediar palabra, se montó en el asiento del acompañante y el hombre se puso en marcha.

—Mae —consiguió articular. Cogió la radio y respondió al llamado—. Aquí sheriff Gallagher en camino. ¿Tiene la milla precisa?

—Entre la milla cuarenta y la cincuenta.

—¿Quién ha reportado el incidente?

—Un joven de nombre… Noah Pierce.

—Nombre de la persona herida…

CJ se estremeció al ver a Patrick dividirse entre el tono profesional y su la preocupación de padre. No perdía los estribos. Ella sabía que mientras más calmo se mostraba por fuera, más tormentoso estaba por dentro.

Se enfocó en el dolor de él para no explorar el propio. Patrick la necesitaba de pie, ya llegaría el momento de derrumbarse por todo lo que se movía dentro de ella ante la posibilidad de que a Mae le hubiera sucedido algo.

Vieron a Noah de pie en el medio de la carretera blandiendo los brazos de lado a lado. Gallagher detuvo la camioneta y los dos bajaron al unísono.

—¡Noah! ¿Por dónde?

—Allí. —Señaló y los acompañó a donde estaba Mae junto a Siete Millas. Antes de que siquiera la pudieran ver, la oyeron:

—Estoy bien, papá.

—Mierda.

CJ, Patrick y Noah bajaron por la pendiente. Por poco caen ellos también. Los dos adultos pensaron lo mismo, si a ellos les costaba bajar con el cuidado que ponían, rodar por allí sería peligrosísimo.

—Mae. —Patrick fue el primero en alcanzarla—. Joder, mierda. ¿Cómo te sientes?

—Mal —rio la muchacha—, pero eso es bueno. Me duele, tú me has enseñado que si duele es porque hay actividad neuronal.

—Sí, pequeña. Sí. La ambulancia está en camino.

CJ se arrodilló como pudo al lado de ella.

—Siete Millas me salvó —le dijo la joven y le tendió la rienda. A CJ se le aguaron los ojos por las lágrimas cuando dijo:

—También a mí. ¿Quién diría que los ángeles se verían así? —Mae rio, aunque la risa sonó apagada.

—Papá, no te asustes —le pidió ella. Sentía las manos de su padre buscando heridas. La única de gravedad era la fractura en el brazo, la posición antinatural del codo le indicaba que iría a cirugía.

—Llegas tarde, ya estoy acojonado, Mae.

—Vale, no te asustes más…

—¿Qué sucede?

—Tengo sueño. Pero mucho sueño. El sueño peligroso, ya sabes… como…

—Como te he enseñado. No te duermas, ¿vale?

—Lo estoy intentando. Te prometo que lo estoy intentando. También me está entrando frío.

—Aguanta. —Patrick se comunicó por la radio, la ambulancia estaba a cinco minutos—. Ya casi, ¿lo has oído?

Noah se cogió de un árbol para mantener el equilibrio junto a ella.

—Si te duermes, ¿quién le dirá a tu padre que tú me has metido en este lío? —intentó bromear—. Sabes que tu padre me aterra, no serán tan cruel de dejarme a sola s con él, ¿verdad?

Mae rio. Patrick clavó en Noah su mirada miel llena de gratitud. CJ lo tenía a Patrick cogido de una mano y a Mae de la otra, como si así podía formar una cadena de vida que los mantuviera siempre juntos.

—No es tan temible —murmuró Mae.

—Claro que soy temible —dijo Patrick con una sonrisa—. Lo primero que haré es interrogarlo, es el principal sospechoso de este terrible accidente. Seré brutal.

—No le hagas caso, Noah. Fue un accidente y él lo sabe.

Pero la mirada de Noah se oscureció y a Patrick no se le pasó por alto.

—¿Qué?

—No lo sé, sheriff, pero pareció a propósito.

—¡Claro que no! —insistió Mae. CJ creyó que el corazón se le paralizaba y con un hilo de voz se atrevió a hacer la pregunta que resonaba en ese bosque sin ser expresada:

—¿Seguían buscando pistas?

Noah señaló más allá, donde había quedado olvidado el detector de metales. CJ y Patrick cruzaron miradas de pánico.

La ambulancia llegó. La conversación fue puesta en pausa. Los paramédicos amarraron a Mae a una camilla, le colocaron un cuello ortopédico y, cuando le tocaron el brazo, la joven casi se desmaya del dolor.

—¿Quién viaja en la ambulancia?

Patrick se montó de inmediato. CJ, Noah y Siete Millas cogieron la camioneta y condujeron detrás hasta Ponderay. Lo hicieron en silencio, las plegarias resonaban por dentro.

A Mae la llevaron de inmediato a quirófano. El hueso del brazo fracturado se había desplazado y debían hacer una pequeña incisión para regresarlo a su sitio y asegurarse de que los ligamentos del codo volvieran a tensarse.

Fue breve y, debido al golpe en la cabeza, la realizaron con anestesia local.

Una vez que corrigieron lo urgente, atendieron lo importante.

Las heridas de Mae eran en su mayoría superficiales, le hicieron una resonancia magnética para asegurarse de que los golpes de la cabeza se limitaban a contusiones menores y que no había riesgo de que, en caso de dormirse, no volviera a despertar.

La llenaron de antibióticos y calmantes por vía venosa y, recién entonces, la llevaron a una habitación en la que podía descansar y recibir visitas, bajo la previsión de que no le hablaran todos a la vez pues Mae tendría migrañas por varios días.

Patrick fue el primero en entrar, Noah y CJ decidieron aguardar fuera para no estimularla de más y provocarle dolores de cabeza.

Noah estaba nervioso, andaba de lado a lado.

Había hablado con su padre y CJ oyó cuando se negaba a que lo recogieran.

Que no, decía, que él estaba bien, solo su ropa algo embarrada.

De todos modos, los Pierce no tardarían en llegar e insistir en que lo revisara un médico a la vez que le traerían una muda de ropa limpia.

CJ por su lado había hecho lo mismo con su padre. Se había comunicado con él para tranquilizarlo y le había pedido que trajera las cosas de Mae, en especial un pijama, pues pasarían la noche allí.

Patrick estuvo casi media hora con su hija.

Apenas hablaron, la relación de ellos era de muy pocas palabras, se limitaron a decirse lo importante: que se querían.

Gallagher no iba a cargarla a ella con el temor de padre, cuando Mae estaba sufriendo en carne propia el temor propio.

Por la expresión de Noah sabía que alguien había atentado contra su vida, y aunque su hija intentaba minimizar el asunto y ponerle humor, él sabía que estaba aterrada.

Podía adivinar el miedo al sentirse una vez más tirada, inmóvil, atravesada por un dolor tan intenso que no sabía qué era herida y qué era su cuerpo clamando clemencia.

Sabía, también, porque la conocía demasiado bien, que se mantenía de buen ánimo porque en esa ocasión fue la única herida, porque no tenía que preocuparse porque alguien más hubiera quedado echado en el asfalto, sin vida o batallando un último suspiro.

Mae se preocupaba por los demás. Su duelo podía haberla encerrado en sí misma un par de meses, haberla convertido en una adolescente gruñona, pero en el fondo siempre se preocupaba por los demás.

—¿Noah? —preguntó. Patrick sonrió.

—¿Ya es oficial?

—Papá, no seas antiguo —se rio ella. Él aceptó que en su caso tampoco lo había pedido con todas las letras.

—Vale, lo preguntaré de otro modo, ¿va en serio?

Mae intentó contener el sonrojo. Patrick carcajeó.

—Okey, no hago más preguntas, ya veo que estáis en esa etapa en la que uno cree que siente más que el otro y no está tan seguro de que el otro sienta tanto como uno.

—¡Papá! Que no puedo girar el cuello para que veas el cringe que me estás dando.

Gallagher volvió a reír.

—Vergüenza a ajena le decíamos en mi época. Y, por cierto, en algún momento tendrás que juntar coraje y decirlo, ¿vale?, que la gente no es adivina. Sé que, si algo te sobra, hija, es coraje.

Ella volvió a sonrojarse, esa vez por el halago de su padre. Él estaba orgulloso de ella, y eso la hacía feliz. Patrick salió de la habitación y le informó a Noah que Mae quería verle.

Quedaron a solas con CJ en el corredor del hospital.

Los Pierce llegaron en ese instante y demandaron de Patrick las posibles explicaciones.

Él respondió lo poco que sabía hasta el momento, se ahorró de momento compartir con ellos la duda de Noah respecto de que fuera un simple accidente.

La madre del muchacho acusó al alcalde de no preocuparse por las banquinas, de la falta de obras y de cómo los jóvenes no tenían espacios seguros.

—¡Luego se quejan de que no hay sangre nueva!, ¡de que nuestros jóvenes se van del pueblo! ¿A qué se quedarán?, solo tienen un granero destartalado para reunirse y ni siquiera están seguros al volver a casa.

Patrick asentía conforme, la mujer quería hacerlo partícipe de su indignación.

—¡Esta vez fue Mae!, ¡podría haber sido cualquiera! —seguía, loca de preocupación. Patrick mantenía la calma, una vez más dividido entre su rol de sheriff y de padre.

Sus ojos, en cambio, iban a CJ una y otra vez. CJ estaba petrificada, apenas había soltado palabra desde que había pasado todo y se notaba que por dentro se había derrumbado mientras escondía al mundo su dolor.

Joder. Ya era hora de que se lo dijera, no podía acompañarla, rescatarla de ese hondo pozo si ella no hablaba.

Barlow llegó con varias bolsas repletas de cosas.

Gallagher rio al ver que le había empacado a su hija el mousse para definición de rizos, él hubiera sido más práctico y eso le hubiera granjeado una buena reprimenda de su hija por no pensar en la melena de león que se le armaba cuando no usaba sus productos específicos.

CJ abrazó a su padre. Patrick notó que el abrazo fue tenso y que ella lo cortaba antes de que el contacto humano la resquebrajara. Cuando Noah salió, casi corrió a entrar ella para ver a Mae.

Pese a su necesidad, una vez más había puesto las prioridades de los demás antes de las de ella. Mierda, tendrían que repetir esa conversación sobre la bondad excesiva de CJ, porque sentía el modo en que el dolor de ella se volvía cabreo en él.

Terminó de responder algunas preguntas y llamó a Noah aparte. Le dijo que le vendría bien un café, que él lo invitaba, y fueron juntos a la máquina expendedora.