Capítulo treinta y ocho
—Mae, creo que es hora de soltar —dijo Noah. Cargaba el detector de metales que la muchacha había tomado sin permiso entre las cosas de su padre. Ella llevaba a Siete Millas de la correa. Caminaban al costado de la carretera, en el delgado espacio que separaba el asfalto del bosque.
—Todo lo contrario, es hora de seguir, Noah.
—Pero si tu padre ha dicho…
—Él y sus normas. —Puso los ojos en blanco—. Pues alguien tiene que saltárselas, ¿sabes?
—¿Y es necesario que seamos nosotros?
—¡Sí!
—Tu padre me matará.
—Mi padre sabe muy bien que he sido yo la de la idea.
Noah debió sobrepasar a Mae, porque el camino se hacía cada vez más angosto. La idea de ella era bajar por allí hasta la zona en donde hallaron el colgante para ver si encontraban algo más.
—Ahora está involucrada la policía de Nevada —siguió Noah—, ellos conseguirán una orden de rastreo y lo harán personas profesionales.
—Que harán lo mismo que nosotros, pues nos adelantamos y le ahorramos tiempo.
—¿Y si me dices la verdad? Ya no es por hacer algo bueno por los demás, esa cuota ya la has cubierto, Mae. ¿De qué se trata todo esto?
—Pienso que tú serías mejor psicólogo que yo.
—Lo dudo, a ti es a la única persona que le soporto estas tonterías —gruñó por lo bajo. El viento llevó sus palabras hacia Mae y ella respondió con un leve empujón.
—Oye. No sé si me has ofendido y si has sido muy dulce.
—Entonces…
Mae siguió tirando de Siete Millas, quien estaba ansioso por perderse en el bosque a buscar trufas.
—Que la policía de Nevada se llevará el mérito de meses de trabajo de mi padre, ¿vale? ¡Y no es justo!
—Mae, aquí quien importa es la víctima.
—Ya lo sé, pero alguien se tiene que interesar por mi padre. CJ es demasiado buena para saltarse las normas, así que me ha caído el trabajo a mí. —Se encogió de hombros. Noah volvió la cabeza un segundo para mirarla y negar.
—Dudo que a tu padre le importe quién se lleve los aplausos.
—Claro que no le importa. Está en modo obsesivo, ahora solo quiere descubrir la verdad a fondo y preparar un caso que hasta el fiscal más inútil del mundo pueda ganar. ¿Y sabes a quién entrevistarán los medios?
—¿Al fiscal? —se atrevió a conjeturar Noah.
—¡Exacto! Tras el accidente, mi padre huyó de los focos y la gloria por atrapar al Asesino del Espejo recayó en la fiscalía.
—Tu padre se hizo bastante famoso también. Aquí todos conocemos su nombre.
—Créeme, no lo suficiente. Nadie trabajó como él en ese caso, dieciocho horas al día, siete días a la semana… sin descanso, sin parar un segundo…
—¿Piensas que este caso compensará aquel?
—Tal vez no, pero, aunque la prensa no lo cubra o a nadie le importa, si él cierra el caso, aparecerá en su expediente. Si el día de mañana al fin se decide a coger el puesto del FBI, eso sumará.
Noah asintió en silencio. Mae era intensa, cabezotas, con un temperamento de mil demonios, pero era leal. Muy leal. Sin dudas, la clase de persona que querías a tu lado cuando el mundo se desmoronaba.
—Además —agregó Mae, con un tono más bromista—, quiero verle la cara a la vieja Caldwell cuando mi padre resuelva el caso.
Noah rio.
—¿Te ha quedado la espinilla?
—Joder, ¡montar semejante espectáculo! Quería poner al pueblo contra mi padre. ¿Qué te apuesto a que ella es la que interfiere con el fiscal?
—Es una acusación muy grave.
—Tú has sido el que me dijo que no puedo quedar bien con el pueblo y buscar la verdad, ¿recuerdas?
—Vale, sí. Pero Margaret Caldwell es solo una mujer ambiciosa, no creo que odie a tu padre. Estoy segura de que, si algún día a ella le sucede algo, va a desear que sea Gallagher y no Hawkins quien investigue.
—Ya, que siga soñando.
—Al menos sacamos algo positivo de todo esto —comentó Noah y se volvió. Mae lo miró a los ojos—, que has sanado tu relación con tu padre. Ya no estás cabreada con él.
—Ya no estoy cabreada con todo el mundo —respondió ella. Le sonrió a la vez que hizo un raro mohín. Era su forma de disculparse por haber sido tan borde al principio.
Noah la atrajo hacia sí para besarla, ella le devolvió el beso.
Cuando el sol se pusiera irían al viejo granero, pasarían un buen momento con sus amigos.
Él sabía que también por eso hacía aquello, porque Gallagher había puesto en pausa su carrera para brindarle a ella esa vida amena, feliz.
De modo que sí, él seguiría acompañándola al bosque a buscar pruebas que dudaba que existieran.
Rompieron el beso. Él se volvió para seguir camino. Oyó el ruido de un motor que se acercaba y apenas giró el rostro para asegurarse de que Mae no estuviera caminando sobre el asfalto. No prestó mayor atención.
Lo siguiente pasó a la velocidad de un rayo.
Siete Millas tiró de la correa con fuerza, tanta que consiguió hacer que Mae perdiera el equilibrio y cayera hacia el lado del bosque.
Esos pocos centímetros la salvaron de la muerte, porque la camioneta que se acercaba arremetió contra la banquina en un movimiento claramente deliberado.
Noah se tuvo que lanzar también al bosque para no ser arrasado, pero en su caso tuvo más espacio de maniobra, porque la camioneta había ido a por Mae específicamente.
El conductor era consciente de que, si arremetía más, se iría también colina abajo y se delataría, por lo que había podido hacer ese simple movimiento antes de retomar la carretera y perderse en el camino.
Noah captó todo con la premura que imprime en el organismo la adrenalina: camioneta azul vieja, posiblemente de los años noventa.
Matrícula cubierta por barro. El conductor llevaba gorra y gafas de sol, ocultaba su rostro adrede y no había podido reconocerlo.
Mae había rodado más por la pendiente. Siete Millas había tirado de ella, salvándole la vida, pero también haciendo que cayera sin poder poner las manos para protegerse.
—¡Mae! —Cuando Noah consiguió alcanzarla, se le cortó el aliento.
Las ramas la habían arañado por completo.
El rostro, las manos… cada porción de piel que la ropa no le cubría estaba llena de rasguños.
Siete Millas la empujaba desde el hocico y soltaba unos sonidos lastimeros que el muchacho jamás había oído en un animal—. ¿Mae?
—Estoy viva —murmuró con pocas fuerzas—, me duele demasiado para estar muerta.
—Joder, Mae.
Ella intentó moverse y fue entonces que Noah vio la posición del brazo.
—¡No! Quieta, quieta, por favor, no te muevas. —Buscó su móvil y maldijo al ver que no tenía buena señal.
—¿Qué pasa?
—No tengo señal.
—Conmigo, Noha, ¿qué pasa conmigo? —Estaba más aterrada de lo que dejaba transmitir. Noah fue muy consciente de lo mucho que Mae le gustaba, era más valiente que cualquier persona que hubiera conocido—. Ya estuve en esta situación —agregó y la voz le sonó apenas temblorosa—. Solo dime qué ves.
—Tu brazo, estoy seguro de que te lo has fracturado.
—Vale. Algo más.
—Tal vez la pierna…
—Ok. Entonces estoy bien. Me duele todo, hasta la uña del pie —rio—. Si duele, estoy bien.
—Voy a llamar a urgencias… —Noah empezó a reptar hasta alcanzar la carretera. Allí, sin que los árboles fueran tan espesos, conseguiría la cobertura necesaria para hacer la llamada.
—Sabes quién te va a atender esa llamada, ¿verdad?
—¡Mae!
Ella rio. Rio pese al dolor y al miedo. Y Noah comprendió que lo que sentía por Mae era más que simple atracción.