Capítulo treinta y siete
Rick Aston no tardó en ponerse en contacto con el sheriff Gallagher.
Era un hombre que estaba a punto de retirarse y a quien, como solía sucederles a los detectives, los casos antiguos sin resolver lo atormentaban por las noches.
Patrick era consciente de que eso le pasaría, los fracasos pesan más que los éxitos.
—Le envío una foto de Johana Hudson y Nick Fallout.
Sé que ya cuenta con una de la señorita Hudson, pero tengo otras en las que se la ve más natural.
Los familiares siempre entregan fotografías favorecedoras.
Temen que, cuando su ser querido vuelva a casa, les eche la bronca por haberlos expuesto en sus peores pintas. Pero usted lo sabe…
—En general, nos vemos en nuestras peores pintas.
—Exacto. El fiscal de Nevada ya ha empezado a mover el culo, pretende que podamos arreglar esto sin meter a los federales. ¿Cree que será posible?
—Creo que ni los federales quieren estos casos.
—Es cierto que usted ha trabajado con ellos.
Patrick rio.
—Solo con su departamento de psicología criminalística, no los echo demasiado de menos —bromeó. Tras lo cual, añadió—: Tampoco son tan malos, se lo prometo. Antes de ser el FBI fueron seres humanos.
Rick Aston rio al otro lado de la línea.
—Vale, por mi parte, tengo permiso para compartir información con Idaho.
—Por mi parte, no. No sé qué coño le pasa al fiscal de Idaho, empiezo a pensar que le caigo mal y que es algo personal. Pero no se preocupe, un tipejo con traje no me va a impedir seguir con el caso, ¿vale?
Se despidieron y Patrick se puso en marcha. Con las dos fotografías en su tablet, se montó en la camioneta y fue directo al bar de Hank Morrison.
Decir que el hombre lo recibió de mala manera era quedarse corto. Gallagher no se mosqueó por ello. Fue a la barra y pidió un refresco.
—Tengo algunas preguntas para ti, Morrison.
—Pues yo no tengo ninguna respuesta para usted, sheriff. Son tres dólares —le dijo al poner el refresco. La casa no invitaba.
—Vale, en tal caso… —Puso los tres dólares en la barra, sacó además la placa de la cartera—. Morrison, le pido que me acompañe a comisaría para tomarle declaración como posible testigo de la muerte de Johana Hudson.
Hank palideció.
—¿Es necesario que vaya?
—Solo si se resiste. Será un mogollón de papeleo para mí, tendré que molestar al fiscal, que al parecer ya me tiene hasta los cojones, y eso me pondrá de muy mal humor.
Sin contar con que, una vez que lo tenga allí, tal vez quiera ser más incisivo con las preguntas y todo lo dicho quedará registrado.
—O podemos hablar como amigos.
—Exacto. O podemos hablar como amigos. —Patrick bebió su refresco en una posición relajada.
Había calado a Morrison a la primera, con él no funcionaba la estrategia del poli bueno, se creía más listo que los demás.
Estaba convencido de que su actitud con las mujeres no había tenido consecuencias en Careyville porque él era muy sutil, más astuto, y no porque en el pueblo las dejaran pasar por alto.
Ya no. Patrick sabía que Morrison era un potencial agresor e incluso, si preguntaba por allí, encontraría alguna víctima convencida de que era culpa suya que Hank le hubiera tocado el trasero o besado a la fuerza por no haber sido clara en su negativa.
Joder, cómo odiaba a esos capullos.
—¿Qué quiere saber?
—La noche del 3 de abril de 2015…
—Ha pasado mucho tiempo, sheriff.
—Lo sé, pero fue la noche en que Ethan y Sarah discutieron, así que espero que la tengas presente… En fin, esa noche o cualquier otra de esa semana, ¿viste a estos dos? —Le extendió la tablet con las fotos de Johana y Nick.
Morrison hizo el esfuerzo de recordar. Le puso verdadera voluntad.
Patrick lo estudiaba a él mientras Hank se concentraba en las imágenes.
El hombre quería reconocer a alguno de los dos, dar una respuesta satisfactoria que le ayudara a quitarse de encima al sheriff y sus preguntas sobre sus conquistas.
Mierda, ¡cuánto deseaba que ese maldito regresara a Boston y los dejara en paz!
—Tal vez a ella —reconoció—. No estoy seguro, sheriff.
—Pero tienes buen ojo para las mujeres, ¿no es así?
—Que te den —masculló. Patrick sonrió al escucharlo.
—¿Y a él?
—A él no lo recuerdo, aunque tiene una cara bastante corriente, ¿verdad?
Sí, era la clase de hombre que no llamaba la atención. Ni muy guapo ni muy feo, ni muy alto ni muy bajo…
—¿Y ella? ¿La viste esa noche?
—Mmm… Joder, han pasado diez años —insistió. Su frustración pareció real—. Estoy casi seguro de que sí la vi, pero no puedo confirmarlo del todo, ¿vale?
Patrick se terminó el refresco. Guardó silencio un par de minutos, hasta que se le ocurrió una forma de refrescarle la memoria.
En su bandeja de entrada tenía el informe minucioso de la autopsia de Johana, con cada detalle, entre ellos la ropa con la que fue hallada.
Los forenses habían encontrado incluso los números de serie del producto, la fecha de fabricación y hasta el precio de entonces.
Él tenía copias de las prendas no solo en el estado en que se hallaron, sino en el que debieron de verse en aquel momento. Mostró el atuendo de Johana esa noche.
—Vestía así —le señaló.
La expresión de Morrison cambió por completo, incluso sonrió.
—Sí, sí la he visto. Hablamos esa noche y no, no quise ligar con ella. Aunque me contó que se había peleado con el novio, ¿sabe? Me dijo que estaba sola. Una mujer no debería dar esa información tan a la ligera…
—¿Te valiste de esa información?
—No, joder. —La actuación de ofensa de Hank era excesiva. Sí había querido valerse de esa información. Patrick fue presa de uno de esos momentos que solo otro detective podría reconocer, casi una visión paranormal de los hechos.
—No lo necesitaste, porque ella estaba coqueteando contigo, ¿verdad? Johana se había peleado con el novio y quería vengarse de él, cualquier tío le valía, y justo te cruzaste tú…
—Tal vez pida un abogado, sheriff —respondió Hank en un intento de cerrarse como una ostra. A Patrick no le importaba, porque el abogado le recomendaría contar la versión completa de todos modos, y él sabía cómo conseguirla.
—Pero no ligó contigo al final. ¿Eso te cabreó?
—No diré ni una palabra más.
—No ligó contigo porque tú no eres tan guapo como Ethan Caldwell. Ethan le podía servir de venganza y, de paso, de buena noche.
Morrison lo miró estupefacto. ¿Cómo demonios lo había adivinado?
—¿Te sorprende, verdad? Hank… hombre… Se llama deducción. Vaya subidón nos da a los detectives cuando conseguimos encajar todas las piezas.
Johana había querido vengarse de Nick. Llega al único bar del pueblo, aún no tiene alojamiento.
No le importa porque matará dos pájaros de un tiro, se liará con un tío y se asegurará de que el tío la invite a dormir.
Hank parece el indicado, tiene un radar para detectar mujeres vulnerables.
Pero entonces, una discusión llama la atención del bar: una mujer y un hombre mucho más guapo que Morrison se pelean y la joven se va.
Johana se acerca a Ethan. Los dos están cabreados con sus ex, los dos quieren venganza.
Ella es la mujer con la que se queda Ethan y el motivo por el que no va tras Sarah.
Quien va tras Sarah es Morrison. Una vez más, misma estrategia: una mujer enfadada, sensible. Él perdió a Johana frente a Ethan, pero puede ganarse a Sarah en su lugar, y todos contentos.
«Joder», piensa Patrick al darse cuenta de que está en un camino que se bifurca, «los dos son potenciales agresores. Ethan tiene antecedentes de violencia contra Sarah. Hank tiene antecedentes de abuso contra mujeres».
—¿Sabes qué, Hank? —Patrick se puso de pie—. Busca a tu abogado, tendremos esta charla en comisaría después de todo.
—¡Pero dijiste…!
—O eres culpable o eres el testigo clave, Morrison, en cualquier caso, necesito esto oficial.
Cogió su tablet y regresó a comisaría. El fiscal le daría las puñeteras órdenes, aunque tuviera que ir en persona a la capital de Idaho e instalarse en el porche de su casa.
Estaba a un paso de resolver el asunto, el hilo rojo que unía a Sarah y Johana se estrechaba cada vez más, y sentía en las tripas el vértigo de un caso que está a punto de esclarecerse.
Patrick pasó las siguientes cuatro horas en comisaría rellenando formularios con una precisión de cirujano.
Estaba decidido a que el fiscal no le diera largas para aprobarle las órdenes.
Necesitaba la declaración de Hank Morrison por escrito y, en especial, necesitaba poder traer a Ethan a comisaría.
Le había dado su palabra a la enfermera Cathy de que no compartiría lo que ella le había dicho, por lo que solo Hank podía asociar a Ethan con la víctima.
Él había pensado que Margaret Caldwell le estaba poniendo palos en la rueda porque quería hacerse con las tierras, pero ¿y si era su hijo quien tenía los contactos?
, ¿y si todo ese tiempo había sido Ethan quien hablaba con las autoridades, hacía uso de su poder como miembro de una familia influyente para obstruir a la justicia?
, ¿qué diría Margaret si supiera que la razón por la que tenía un caso abierto en las tierras que anhelaba era su propio hijo?
Claro, si es que Ethan estaba involucrado.
Mientras adjuntaba prueba tras prueba al informe para la fiscalía, llevaba a cabo el ejercicio de pensar en los posibles escenarios.
Porque había una pregunta que Ethan debía responder: ¿por qué no había dicho que la mujer con la que se quedó en el bar esa noche se asemejaba al retrato que todos en el pueblo habían visto?
La respuesta que un abogado le daría era evidente, porque no lo recordaba, no le había dado importancia a esa mujer.
El cerebro olvida lo irrelevante y, como Ethan era inocente, no tenía por qué recordar un rostro más entre miles.
Y, joder, sería una muy buena respuesta.
El abogado defensor llamaría a Morrison al estrado, le preguntaría si reconoció a Johana de inmediato; él diría que no, que solo lo hizo cuando el sheriff le mostró la ropa que llevaba esa noche, y bingo.
Ethan tenía un muy buen motivo por el cual no haberse presentado motu proprio en comisaría con esa información.
Luego el abogado jugaría con el hecho de que la ropa era muy común y con el paso del tiempo para plantear la duda de si Morrison había visto a Ethan de verdad con Johana o si solo lo había visto con una mujer que se le parecía.
El caso se derrumbaba ante sus pies. Ethan Caldwell: 1 – Patrick Gallagher: 0.
También existía el escenario en que Ethan declarase que se marchó del bar, que Morrison mentía y que era el dueño del bar quien vio a la víctima por última vez. ¿Había más testigos? Tenía que hallarlos, pero no podía ir de casa en casa sin tener una orden.
Lo que sí había compartido con su colega de Nevada era que tenía pruebas de Johana, pero ninguna de Nick.
¿Y si Nick Fallout la esperaba a las puertas del bar?, ¿y si Johana no se fue ni con Ethan ni con Hank, sino que se encontró con su exnovio violento, que la mató por los celos de haberla visto coquetear?
Vale, en ese caso Ethan también era un testigo. ¿La acompañaste a un hostal?, ¿te dijo dónde pretendía pasar la noche?
—¡Luke! Mi impresora se ha quedado sin magenta. —Tenía que imprimir los formularios para estampar su firma y volver a escanearlos para enviarlos a la fiscalía. Nada de firmas digitales en Idaho.
—Mándalo a la de aquí, sheriff. Es la que aparece como Epson.
Patrick lo hizo y aprovechó para estirar las piernas. Fue a por un café y pasó por la oficina de Luke. El joven ayudante estaba clasificando un par de multas de tráfico. El trabajo que Patrick había esperado hacer al mudarse a Careyville.
La impresora seguía escupiendo papel. Era láser, lo hacía más rápido, y Patrick negó con la cabeza, resignado. De haberlo sabido, habría mandado a imprimirlo todo allí. Mientras esperaba, se apoyó en el borde del escritorio de Luke y miró la decoración.
La mayoría eran cuadros de pintores locales. Buscó alguno de CJ sin hallarlo. Lo consideró un desprecio más hacia ella. Entre tantas pinturas, había algunas fotos de inauguraciones: la reforma de la iglesia, la oficina de correos, la feria de la calabaza.
Sonrió al encontrar a Barlow joven. Lo reconoció de inmediato. El tiempo lo había vuelto canoso, pero no le había cambiado los rasgos. A su lado estaba la señora McCoy, el estilo de la mujer era tan atemporal que también le resultó fácil reconocerla.
A Bill Hawkins le costó más identificarlo, al igual que a Whitmore. Pero fue una mujer la que le hizo fruncir el ceño y acercarse a mirar más de cerca.
—¿Quién es esta? —Señaló la foto. Luke alzó la mirada. Sonrió.
—Es Margaret Caldwell. —Al ver que Patrick alzaba las cejas, sorprendido, añadió—. Era muy guapa, ¿verdad?
—Era más que guapa… —Luke rio, malinterpretando las palabras del sheriff. Patrick se aclaró—: Es demasiado parecida a Sarah, ¿no lo crees?
—Puede ser… —Luke se puso de pie y se acercó a la imagen.
—Y a Johana, por cierto.
—Claro. Johana y Sarah son muy parecidas.
—Y a la actual novia de Ethan Caldwell —añadió Patrick con un leve estremecimiento.
—Oh, a ella no la conozco. ¿Emma, verdad?
—Sí. Emma Empey.
Luke no le dio mayor importancia al asunto.
—Bueno, podemos decir que Ethan tiene su tipo, ¿no?
—Que se parece demasiado a su madre. —Hizo una pausa prolongada. La impresora dejó de soltar papel—. Joder, cómo odio a Freud —terminó.
—No sé, sheriff, yo no lo he leído.
—Yo me tragué horas y páginas de ese desgraciado y de todos los desgraciados que reinterpretaron sus teorías, y de los que las corrigieron. —Suspiró.
—¿Y sacó algo bueno de eso?
—Según él, todos queremos follarnos a nuestra madre, Luke. —Volvió a mirar la imagen y lo asaltó un escalofrío—. Pero se supone que es simbólico.
El ayudante no estaba seguro de entender el punto de Patrick.
Gallagher tampoco estaba muy seguro, era más bien una sensación.
En la investigación del Asesino del Espejo, uno de los psicólogos criminalistas lo había explicado muy bien: las personas repiten patrones, responden a ciertas cosas que las erotizan y las atraen, y muchas veces esas cosas están grabadas en el inconsciente.
Los asesinos en serie llevan esos patrones al extremo y repiten las fantasías casi al dedillo, es lo que los diferencia de los demás.
Jonathan Reed mataba a mujeres que se parecían demasiado y lo hacía siguiendo un mismo ritual, siempre idéntico, cada vez más perfecto respecto a su fantasía.
Pero allí no tenía un caso en serie. Era solo una mujer. Una mujer que se parecía demasiado a otra… a otra que estaba desaparecida.
Cogió los formularios y estampó su firma al final de cada uno. Más le valía al fiscal no tocarle los cojones en esa ocasión o metería a los jodidos federales, como que se llamaba Patrick Gallagher.