Raíces Capítulo treinta y seis
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Capítulo treinta y seis

El análisis del colgante no tardó en llegar.

Patrick recibió el correo electrónico en su oficina.

Luke estaba algo incómodo tras lo sucedido en la reunión vecinal; quería apoyar el trabajo policial, pero se sentía dividido por la lealtad hacia el pueblo.

Gallagher no lo culpaba, aunque era una lección que, como policía, debía aprender: no se puede estar en paz con Dios y con el diablo.

A veces, para llegar a la verdad, hay que molestar a personas importantes.

Decidió que le daría espacio, era decisión de Jensen qué camino tomar. Quizá no tenía madera para ese trabajo, tal vez solo estaba allí porque la oferta laboral era escasa en Careyville.

Quien no estaba incómoda era la señora McCoy. Esa mañana le había provisto de galletas y de charla.

—Nos ha sorprendido a todos la aparición de Bloom —le dijo la mujer—. Cuesta pensar que pueda haberle hecho daño a Sarah, ¿verdad?

Patrick puso los ojos en blanco.

—No me sacarás conjeturas, Lilian.

La mujer rio, ya acostumbrada al hermetismo del nuevo sheriff.

Gallagher sabía que aún no podía descartar a Bloom en lo que respecta a la desaparición de Sarah y los supuestos moratones que la llevaban al hospital.

Aunque empezaba a creer que Chuck era mal juzgado por el pueblo, también sabía que muchos borrachos podían perder la cabeza cuando estaban bajo los efectos del alcohol.

Como fuera, al no compartir más información, McCoy se marchó a hacer algo más productivo con su tiempo. La suerte no la acompañaba esa mañana, porque fue nada más dejar la comisaría cuando el correo electrónico llegó a la bandeja de entrada del sheriff.

Patrick lo abrió y leyó con cautela.

«El colgante es de oro de dieciocho quilates, con un diseño artesanal sin firma del fabricante.

Se trata de un camafeo normal, con un cierre mecánico que muestra pocos daños por el paso del tiempo.

En su interior se halla el espacio para guardar un recuerdo pequeño, usualmente cabello de bebé o el primer diente, pero no se encontraron rastros de esto en el compartimento.

En el segundo lado del camafeo se puede ver una fotografía analógica dañada por el paso del tiempo.

Se perciben cortes en el colgante compatibles con una ruptura forzada; el cierre está en perfecto estado, el daño se ha producido en el eslabón quinto contando desde el cierre hembra del colgante.

Respecto a la foto, se han realizado los análisis pertinentes.

Se adjunta imagen a este informe. Se trata de una figura femenina, de edad estimada entre los catorce y diecisiete años, de rasgos sajones.

No se puede determinar el color de ojos, aunque por la pigmentación se puede concluir que son claros, al igual que el cabello.

En la parte frontal del camafeo se leen grabadas las letras: «J» y «H» en cursiva, caligrafía manual; no se puede identificar al orfebre.

No se aprecian huellas dactilares distintas a las que el sheriff Patrick Gallagher, número de placa IH34098, adjunta de los testigos que hallaron el objeto. No se puede deducir el tiempo que ha estado a la intemperie ni si alguna persona lo ha manipulado con anterioridad.

Se deja constancia de estos hallazgos.

Dra. Beatrice Holland. NPI: 1029416789».

El sheriff abrió la imagen adjunta y se tensó en su butaca.

Era ella. Era Jane Doe. No había dudas si comparaba la imagen de aquella adolescente con el retrato hecho por CJ.

Si bien el dibujo se asemejaba a Sarah y podía dar lugar a confusión, respecto a la muchacha de la foto no había duda a simple vista.

El detalle definitivo era la mandíbula, esa que había hecho a CJ dudar de que fuera Sarah.

Claro que la joven en la imagen era más joven, sería mucha suerte que su víctima se hubiera hecho la foto para el camafeo como si fuera la del carné de conducir.

Esos obsequios suelen darse a las muchachas o bien cuando nacen o bien cuando cumplen dieciséis, y, por fortuna para la investigación, era la segunda ocasión.

Sabía que no hallaría nada en la base de datos de Idaho, lo intentó. El resultado fue el mismo que la última vez: solo una mujer que coincidía con su víctima y que Michael Donahue le había confirmado que estaba en protección de testigos en el sistema federal. No más información. No era ella.

Restaba una cosa por hacer: consultar estado por estado hasta hallar a alguien que coincidiera con Jane Doe, en esta ocasión con una forma de reducir los resultados.

Esa mañana sería intensa, ya vería cuántos departamentos le solicitarían una orden y cuántos accederían a consultar sus datos con el fin de cerrar un caso.

Cogió el mapa de Estados Unidos, lo extendió ante él y decidió comenzar por arriba a la izquierda. De más cerca a más lejos.

—Washington, allá vamos.

En Seattle le pidieron una orden para compartir los datos. Patrick marcó ese estado en amarillo, esperaba que en esa ocasión el fiscal por fin accediera. Al fin y al cabo, le iban a endosar el muerto a otro, de manera casi literal.

En Portland, Oregón, sí revisaron de inmediato.

Tuvo la suerte de que le cogiera la llamada un detective y no un jefe; a los detectives, bien lo sabía él, les encantaba cerrar casos.

Pero ninguno de los dos tendría suerte: dos mujeres coincidían con la descripción y ninguna con las iniciales.

De todos modos, se prometieron compartir las imágenes por si las iniciales correspondían a alguna madre o abuela.

El siguiente en la lista fue California. En Sacramento también le pidieron una orden. Sin embargo, accedieron a que Gallagher les enviara lo que él tenía para ver si reabría algún caso olvidado diez años atrás.

En Las Vegas, Nevada, Harry Newhause casi se echó a reír.

—Las desaparecidas aparecen aquí, sheriff Gallagher, no en Idaho.

Habitualmente la llamada se da en otra dirección —dijo el jefe del departamento de policía de Las Vegas.

Por eso mismo, porque siempre estaba al otro lado de esa situación, accedió a consultar sus bases—.

Espere… —el tono del jefe cambió de inmediato.

—No juegue conmigo, colega —le dijo Patrick.

—Ya saben lo que dicen, sheriff, la suerte está en Nevada.

—¿La tiene?

—Eso me lo tendrá que decir usted, aunque no me hará ninguna gracia hacerme cargo de un caso más. Aquí ya tenemos de sobra.

Se oyó el ruido del teclado al otro lado y el inconfundible sonido que hace el auricular de los teléfonos de escritorio cuando intentas sujetarlo entre el hombro y la oreja. Patrick contuvo la respiración. Al final, su colega habló:

—Tenemos una coincidencia. Johana Hudson.

Ciudad de Wells, Nevada. Reportada como desaparecida en 2015 por su madre y su padre.

Principal sospechoso, el novio o exnovio, según declaraciones variadas: Nick Fallout.

Iban a ir de vacaciones juntos, discutieron y ella se marchó sola.

El destino era California, pero una amiga declaró que Johana quería cambiar el itinerario, pues las reservas en California eran de los dos y temía que él se presentara en el lugar.

No le dijo adónde iría en cambio. Johana se comunicó por última vez con su familia el día 3 de abril de 2015, desde su móvil —describió el jefe Harry.

—Joder. ¿3 de abril?

—Sí, sheriff. ¿Es eso relevante?

—Lo veremos en el curso de la investigación.

—Oh, me olvidaba con quién hablaba…

—Joder —repitió Patrick.

—Hombre, es usted conocido en todo el país. Que haya terminado en una comisaría de Idaho es el misterio del año.

—No es un misterio, necesitaba paz.

—Y ahora tiene un posible homicidio.

—Al parecer lo tiene usted —bromeó.

—Que te den —aceptó la puja el jefe de Nevada—. Entonces…

—Además de un homicidio, tengo una desaparición de fecha estimada entre el 2 de abril y el 5 de abril. Pero puede no estar relacionado.

Ni él se creía esto último. Sarah había desaparecido al mismo tiempo que asesinaban a otra mujer, en un pueblo en el que se aburrían hasta los gorriones.

—Aquí eso es lo que tenemos. Pásame la dirección de correo electrónico y te envío una copia del informe.

—¿Llevaba ella un colgante camafeo?

—Mmm… —Harry leyó el informe en diagonal, buscando de manera superficial las palabras clave—. ¡Bingo! Un camafeo de oro.

—Es ella. —Patrick le pasó la dirección de correo y de inmediato recibió el informe. Al abrir la foto que la familia había proporcionado, no quedaron dudas. Había hallado a su Jane Doe: Johana Hudson, de Nevada. Una turista. Margaret tenía razón y él había exagerado la situación.

¿Y Sarah?, ¿estaba relacionada o veía conexiones donde no las había?

—Bien, llama a tu fiscal, yo llamo a la ciudad de Wells para que se pongan con el caso. Aquí figura un tal Rick Aston como el detective a cargo, pero han pasado diez años, quizá ya no esté en servicio, ¿vale?

—Vale.

—La muchacha había denunciado a su novio por violencia muchas veces, hombre. Y ya sabe…

—En el noventa por ciento de los casos es la pareja —completó con el manual de un buen policía.

—La siguió a su nuevo destino y la mató.

—Ya sé que tienes que pasar por la ciudad de Wells y de allí al fiscal que le corresponde, en general no me salto los procesos, pero ¿tendrás una imagen del tal Nick? Preguntaré en el único bar del lugar si lo han visto, eso nos ahorraría tiempo.

—Vale. Todo suyo, sheriff. Estaremos en contacto.

—Desgraciadamente.

Se despidieron. Patrick sintió que se quitaba de encima una pesada mochila. Era un caso simple y cuadraba con todas las teorías: sí la habían asesinado, sí la habían perseguido desde el bar y se habían deshecho de su cuerpo in situ. Ahora necesitaba recopilar las pruebas.

Puso una nueva jarra de café, cogió un par de galletas de la señora McCoy y regresó a su escritorio. Estaba mirando la imagen de Johana, incrédulo ante el parecido atroz con Sarah, cuando el teléfono volvió a sonar.

—Qué eficiencia, mi amigo Newhause… —tardó un segundo más en responder, necesitaba convencerse de que el caso no le había cegado, sino de que las coincidencias podían confundir a cualquiera.

La fecha de desaparición de Sarah y de Johana eran las mismas, el parecido entre ambas era indiscutible…

Pero no las unía nada más. Ni ciudad, ni amigos, ni forma de vida… —. Sheriff Gallagher —se presentó.

Una voz femenina respondió temblorosa al otro lado.

—Eh… hola.

No era a quien esperaba escuchar.

—Diga, ¿en qué puedo ayudarla?

—Usted vino al hospital de Ponderay hace unos días, preguntando por Sarah Bloom, ¿verdad?

—Así es.

—Mi jefa dice que no puedo hablar con usted sin una orden, ¿me traerá problemas? —preguntó, dudosa.

—¿Cómo te llamas?

—Cathy.

—Tranquila, Cathy, puedes decirme lo que desees y quedará entre nosotros.

De todos modos, lo que digas no lo podré usar en el caso si no es con una orden y podrás retractarte en cualquier momento, incluso tratarme de mentiroso, te lo prometo —intentó bromear.

Lo consiguió, porque la mujer rio por lo bajo, más relajada.

—Sarah venía con frecuencia por golpes. Al principio decía lo mismo que todas: un accidente, me caí, o estaba practicando senderismo, o cualquier excusa… Pero una vez a solas me confesó que no eran accidentes.

—Gracias por decírmelo, Cathy, estás siendo muy valiente. ¿Te confesó quién la golpeaba?, ¿el padre, tal vez?

—El novio. Siempre es el novio, sheriff.

Ethan Caldwell.

—Siempre es el novio —repitió como un mantra.

—Es todo lo que sé. Espero no meterme en problemas, de verdad, pero Sarah estaba muy sola y siento que, si no lo cuento, la estaré traicionando. Ella ansiaba escapar de Careyville.

—Has hecho bien, Cathy. Te prometo que nadie sabrá que has sido tú, ¿vale?

La mujer murmuró un «vale» y colgó. Cuando llamaron de Wells, la cabeza de Patrick era de nuevo un ovillo de ideas enredadas.