Capítulo treinta y cinco
Rodó en la cama una y mil veces antes de rendirse a la idea de que esa noche no dormiría. Pensaba en CJ y solo en ella, en cuánto la necesitaba en esos momentos.
Lo que le sucedía con CJ seguía sorprendiéndole cada vez que tomaba consciencia de ello.
Llevaba demasiado tiempo solo, refugiado únicamente en Mae, en su rol de padre y detective.
Cuando miraba hacia el pasado desde ese nuevo presente, se daba cuenta de que Kim lo había dañado más de lo que se atrevía a admitir.
No la había querido, pero había querido quererla.
Joder, cuánto se había esforzado por sentir eso que ahora le brotaba con naturalidad hacia CJ.
Entendía que el tango se bailaba siempre de a dos. Lo de Kim había fallado tanto por su parte como también por la de ella. Kim no había querido quererlo. No había puesto empeño. De hecho, dedicó gran parte de su tiempo y esfuerzo en odiarlo, en destrozarle la vida.
Y él se había acostumbrado.
Kim no era la única que lo había traicionado. Él se había traicionado a sí mismo. Dejó de quererse cuando no pudo quererla a ella, y ese autodesprecio lo siguió hasta Careyville. Hasta CJ.
CJ le exigía que se recompusiera para estar con ella. Que se aceptara. Porque CJ lo hacía ver que merecía ser querido pese a sus fracasos, a la vez que le hacía consciente de que le faltaba mucho para ser digno de ella.
CJ que todo lo perdonaba.
CJ que había estado al borde del abismo.
CJ que volvía a atreverse a abrir las puertas de su corazón.
No quería estar más solo, tampoco quería la compañía de cualquiera. La quería a ella.
Resignado a que no dormiría, apartó las mantas y se puso de pie. La noche era silenciosa, no se oían siquiera las aves nocturnas. Apenas un suave viento que movía las hojas de los árboles.
Bajó las escaleras en busca de algo para beber.
Lo más probable era que se decidiera por un café doble.
Ya que no iba a dormir, al menos esperaba estar alerta.
Pese a lo que pensara Margaret, tenía dos casos que atender.
El de Jane Doe y el de Sarah. Porque sí, Sarah había desaparecido, quizá con algunas respuestas a cuestas que le vendrían muy bien.
Sus pies descalzos hicieron crujir la madera de las escaleras. CJ dio un respingo en la cocina y, al verlo, su sonrisa iluminó la estancia.
Joder, pensó Patrick. Joder con CJ, joder con lo mucho que le gustaba.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —le preguntó en un susurro. Gallagher acortó la distancia que los separaba y, sin mediar palabra, la acorraló contra la encimera para besarla con pasión.
La alzó cogiéndola por debajo de los muslos y la sentó en la encimera para que sus alturas se igualaran y poder besarla a gusto. Ella lo rodeó con las piernas y le devolvió el beso.
Cuando se hizo evidente que no podrían detenerse, ella apartó los labios hasta llevarlos al oído izquierdo de él:
—Mi habitación —propuso.
Él aceptó la invitación. ¿O acaso fue una orden? Como fuera, no dudó en cogerla en brazos, dejando que ella se anclara a su cintura como un koala, y la condujo hacia la habitación.
Se trataba de un lugar sencillo. Al fin y al cabo, la habitación de CJ era la que ahora usaba Mae.
Esa de allí era para invitados o, en el peor de los casos, un trastero improvisado.
De hecho, cumplía ambas funciones. Una cama de pino de una plaza con mantas de retales se hallaba contra la pared, para dejar más espacio para moverse.
Un escritorio, también de pino, con varios estantes encima que contenían cajas archivadoras, se encontraba en la pared contraria.
El armario era pequeñísimo, apenas una cajonera y un espacio para perchas.
Las paredes estaban decoradas con los cuadros que nadie sabía dónde colgar, demasiado feos para tenerlos a la vista, pero no lo suficiente como para deshacerse de ellos.
En medio de ese cuarto, CJ.
Patrick tuvo presente el viaje a Montana. CJ estaba allí por una buena jugada del destino, por una nueva oportunidad que el universo le había dado. Supo que esa clase de fortuna no se da dos veces y que sería un gilipollas si la dejaba ir.
Se preguntó si él sería suficiente para que ella no se marchara. Tal vez, solo era unas pequeñas vacaciones en la tristeza de CJ.
De ser así, él estaba dispuesto a convertirse en un resort de lujo que ella no quisiera abandonar jamás. Le brindaría vacaciones eternas a su tristeza, empezando por una sesión de placer.
Le quitó el pijama de algodón. Era tan sencillo como sexy.
Su polla había dado un brinco en cuanto la vio en la cocina con él.
El pantaloncillo era tan pequeño que dejaba entrever la curva que formaba su trasero con las piernas, y la camiseta, tan suave y fina, que se traslucían los pezones a través de ella.
No sintió pena alguna al desvestirla. CJ desnuda era un espectáculo mucho mejor.
Ella no se quedó atrás. Tiró de su camiseta blanca de dormir, de esas que compraba en packs en el Walmart. Sus pantalones de pijama a cuadros verdes también volaron y fue el turno de CJ de deleitarse con la desnudez de Patrick.
—Dime que la cama no cruje —rogó él, al recostarse sobre ella.
—Es bastante robusta —rio.
—Bien.
Ella lo acunó sobre su cuerpo, demasiado ansiosa como para preocuparse por los crujidos de la cama. Bien harían en recelar de los sonidos que haría cuando al fin volviera a sentirlo dentro de ella.
—Te necesito, Patrick.
Él llevó su mano al lugar donde sus cuerpos se unían. Le separó los pliegues y palpó su humedad. Comenzó a esparcirla con caricias suaves, estimulando el clítoris hasta enloquecerla.
CJ clavó los pies en el colchón, elevó las caderas y su entrada rozó la polla de Patrick. Un simple movimiento y la empalaría sin resistencia.
Cuánto deseaba hacerlo.
—No tengo condón, joder.
—Yo sí. —CJ buscó a ciegas su bolso, tarea ardua cuando sentía cómo la polla de él se rozaba entre sus labios—. Compré la última vez que fui al pueblo.
—¿Tenías planes?
Patrick la premió por su previsión. Bajó con la boca por su cuello, lamió sus senos, mientras CJ hacía malabares para alcanzar el envoltorio que tenía en el bolso.
Cuando al fin dio con ellos, Gallagher también dio con lo que buscaba. Hundió su cara entre los muslos de CJ y lamió su clítoris hasta hacerla gritar.
—Chist, o tendré que detenerme —la reprendió.
La hizo darse la vuelta y le dio un cachete en el trasero.
Ella ahogó el siguiente grito contra la almohada.
Patrick la instó a abrir más las piernas para poder alcanzarla desde esa nueva posición.
La espalda de CJ se arqueó, elevó más el trasero, al tiempo que escondía su rostro para amortiguar sus sonidos de placer.
—Patrick, por favor —rogó, demasiado cerca del orgasmo. Él cogió uno de los condones, se lo puso sin demora.
—No te muevas, quiero follarte así.
CJ estaba muy de acuerdo con el plan. Él posó la punta de la polla en su entrada y ella, por instinto, alzó más las caderas haciendo que el primer embiste bastara para llegar hasta el fondo.
Se cubrió la boca con una mano, no confiaba en poder contener los gemidos en cuanto él comenzó a moverse en su interior.
Patrick soltó un gruñido bajo y gutural, casi animal. La imagen de CJ así lo volvía loco, tan cerca del orgasmo, tan desinhibida con el placer. Estaba seguro de que no había sido así con nadie más, solo con él. Solo él podía hacerla perder sus modos de chica buena.
—Estoy tan cerca —murmuró, sus manos arrugaron las sábanas al aferrarse—, tan cerca.
—Tócate, CJ. Tócate mientras te follo.
Ella llevó sus dedos a su clítoris, estaba inflamado y sensible. Patrick la sujetó con fuerza de las caderas y arremetió a ritmo feroz dentro de ella. CJ le cogió una de esas manos y la posó sobre su propia boca. Contra la palma abierta de Gallagher, dejó escapar el grito glorioso de su clímax.
Patrick se corrió de inmediato al sentir el primer espasmo femenino. La erótica imagen de CJ ahogando sus gemidos contra su mano se grabó en su retina para siempre.
Rodó junto a ella sin sacar la polla de su interior, hasta quedar en posición de cucharita. Así recuperaron el aliento.
—Joder, cuánto necesitaba esto —le confesó Patrick, besándole el cuello. La acarició en cada rincón, memorizando con su tacto lo que ya sería inolvidable a la vista.
—Yo también. No solo follar, también necesitaba estar aquí para ti.
No sabía de qué estaba hecha la felicidad, pero sin duda esas palabras de CJ la conformaban.
—¿Y yo?, ¿podré estar para ti cuando me necesites?, ¿me dejarás estar? —le preguntó. Ella guardó silencio. Él siguió acariciándola hasta llegar a esa casi invisible cicatriz que formaba una sonrisa sobre su pelvis. La había visto en el granero y ahora la sentía bajo su dedo.
—Ya estuviste, ¿recuerdas?, en Montana.
—No me refiero a una vez, me refiero a siempre.
—¿Quieres que sea para siempre? —CJ tembló en sus brazos.
—¿Te asusta?
—No. —Se acurrucó más contra él—. Me da un poco de vértigo, pero no es miedo.
—¿Qué es?
—Lo que toda la vida llevaba buscando, Patrick.
Alguien sólido, alguien que no se escurra, alguien que hable de eternidad y no de momentos.
Tú te enfadas conmigo porque dices que soy buena, que perdono, pero es muy fácil soltar lo que nunca estuvo atado a ti, ¿sabes?
Nadie quiso de verdad atarse a mí. ¿Te asusta?
—fue su turno de preguntar. Al fin y al cabo, no le iba con la hermosa frase de «si lo amas, déjalo ir».
Ella ya había dejado ir demasiadas cosas, demasiadas personas…
CJ quería raíces y alguien que no se fuera jamás.
—No. Pero tengo que preguntarte, ¿estás segura de atarte a mí? He intentado advertirte quién soy, qué clase de fantasmas me acompañan.
—Has hecho más que yo, ¿verdad? —Se valió de la oscuridad y la posición para esconder sus facciones—. Yo no te he dicho de qué está hecho mi fantasma.
—¿Lo harás?
—Sí.
—Hoy.
—No. —Tras una pausa extensa, agregó—: Hoy soy muy feliz, no quiero empañarlo. He tenido un orgasmo increíble y el hombre más guapo que he visto en mi vida es quien me lo ha brindado, además de prometerme que será para siempre…
—Vale. Aquí estaré cuando estés lista.
Desacoplaron sus cuerpos lentamente. Él se deshizo del condón y acomodó el cuerpo de ella sobre su pecho desnudo.
—¿Crees que Margaret tenga razón? —le preguntó. Jugueteó con su cabello de manera relajada—. ¿Me guía el ego?
—Creo que ha sabido darte donde te duele, Patrick. Tú temes que el ego te ciegue, pero no es así. Lo primero que oculta el ego es a sí mismo; alguien engreído no se da cuenta de que lo es.
—Jonathan Reed, el Asesino del Espejo, jugó con la fama el día en que Mae tuvo el accidente.
Yo estaba allí, frente a las cámaras, cosechando gloria, mientras el coche en el que iba mi hija impactaba de frente contra otro.
Reed, sin saberlo, metió el dedo en una llaga que no era consciente de tener.
—La falsa humildad también es soberbia, Patrick. No reconocerte como un buen detective sería engreído; fingir que no sabes tus habilidades te haría pedante.
—Confiar demasiado en ellas también.
—¿Es este el caso? —Se incorporó a medias para mirarlo a la cara—. Crees que tus habilidades te engañan. Sé honesto, no digas lo que piensas que quiero oír, dime la verdad.
—La verdad es que estoy seguro de que a Jane Doe la mataron.
En Boston, asociar una desaparición a una muerte puede ser una lotería, pero aquí…
Son menos de cien habitantes y uno desaparece casi al mismo tiempo que otro muere.
No puedo dejar de ver los dos casos unidos con una línea roja en mi mente.
—Vale, entonces sigue esa línea, y que le den a Margaret Caldwell.
—Que le den a Margaret Caldwell —repitió—. Tanto es así que no pensaremos más en ella. Nos quedan un par de horas hasta el alba y los dos sufrimos de insomnio, ¿alguna propuesta para pasar el tiempo?
—¿Jugar al Monopoly?
Patrick se rio, la hizo girar hasta dejarla debajo de él.
—Solo si tu cuerpo es el tablero, así sí tendré ganas de conquistar territorios.
Un par de caricias más tarde, estaban listos para la segunda partida de la noche.