Capítulo treinta y cuatro
La reunión tuvo lugar en el salón de la iglesia.
Allí, bajo un vitraux con una cruz, ocupó el lugar central Margaret Caldwell.
El reverendo se mantuvo a un lado, en una silla contra la pared, observando de manera neutra a su rebaño.
Parecía contar a quiénes veía con frecuencia y quiénes faltaban en sus misas dominicales.
Patrick faltaba. La mirada del reverendo parecía calcinarlo. La batalla entre anglicanos y católicos había tenido inicio, mas nunca un final, y si alguien debía arder en la hoguera de esa inquisición no sería un ateo, sino ese sheriff rubio que lucía una cruz al cuello.
Pues bien, si algo caracterizaba a los irlandeses era la capacidad de sobrellevar el puesto de mártir.
Gallagher se sentó en medio de la sala. Ni en primera fila, donde pudieran hacerlo protagonista, ni al final, como si cargara culpas.
Mae quiso acompañarlo, pese a que los jóvenes solían ser dejados a un lado en esas ocasiones.
Y si Mae estaba, como una parte anexa a ella, Noah Pierce ocupaba un sitio al otro lado del corredor central junto a su padre.
CJ y Walter rodearon a los Gallagher. Walter y Mae ya eran un equipo; CJ y Patrick, otro.
En la primera fila, como era de esperarse, estaba Ethan.
Su novia era una forastera, por lo que no lo acompañaba en los importantes asuntos de Careyville.
La señora McCoy también ocupaba un sitio junto al atril, en su caso, como corresponsal no oficial de los cotilleos del pueblo.
Morrison, Whitmore, Elena Cross… uno a uno fueron sentándose, no sin antes echarle algunas miradas al sheriff. Hasta Bill Hawkins hizo su acto de presencia, con su esposa ayudándolo a mantener el paso con las muletas.
Pero fue Chuck Bloom quien recibió más miradas.
El hombre seguía sobrio y la abstinencia hacía mella en su cuerpo.
Sudaba copiosamente, tenía la piel de un insano color sepia y le temblaba el pulso.
No dudó en mantenerse al fondo. Sin embargo, eso no le sirvió para quedar lejos de la mirada de águila de Margaret Caldwell.
—Creo que estamos todos —anunció ante un micrófono que saturaba el sonido—. Podemos empezar.
Un murmullo acompañó su declaración. Margaret golpeteó apenas el micrófono para pedir silencio. Los presentes bajaron la voz hasta hacerla desaparecer.
—Bien. Os he convocado por algo que es por todos sabido… el cadáver en el bosque.
Una vez más el murmullo se alzó y Margaret carraspeó hasta conseguir captar de nuevo la atención.
—Cuando se conjeturó que podía tratarse de Sarah, los vecinos hemos quedado conmocionados y no dudamos en ayudar a esclarecer el asunto…
Mae soltó el aire por la nariz de manera sonora.
Más de uno se volvió a mirarla. Patrick le dio una pequeña palmada de agradecimiento por su apoyo y de reprimenda por no poder contener sus respuestas.
Margaret clavó en ella sus ojos. El desafío visual fue más que evidente e hizo a los presentes ponerse incómodos.
No era habitual que una mujer como Margaret se rebajara a enfrentarse a una adolescente.
—Pero resultó no ser Sarah. Algo que el sheriff Hawkins intentó recordarnos.
Sarah se ha marchado, como él bien dictaminó en el pasado, y el sheriff de reemplazo —remarcó la palabra «reemplazo»— decidió desoír.
Nos hizo perder tiempo, recursos y, sobre todo, jugó con las emociones de quienes queríamos tanto a Sarah.
—Que te den, Margaret —respondió Bloom desde el fondo, desatando un alboroto.
Chuck debió alzar más la voz para hacerse escuchar—.
A ti Sarah te importa una mierda, tú lo que quieres es que se cierre la investigación para poder comprar las tierras.
Déjate de jugar a la buena ciudadana y deja de meter a Sarah en medio, cuando no puede defenderse.
El alboroto alcanzó el nivel de griterío.
—Ya sabemos cuánto te importa a ti tu hija, Bloom —respondió la mujer con evidente sarcasmo—.
Siento que mi consideración a quien podía convertirse en mi nuera te incomode y siento aún más —agregó mirando a los presentes— que mis planes para no dejar caer Careyville en la desidia os molesten.
Claro que quiero conseguir esas tierras y lo que me lo impide no sois vosotros, sino un caso inventado por el sheriff Gallagher.
—¿Insinúas que planté un cuerpo solo para que no puedas pujar por las tierras, Margaret? —le preguntó Patrick, con calma—. ¿He venido desde Boston solo para molestarte?
Los vecinos callaron ante la voz de Gallagher.
Sabía cómo transmitir autoridad. No gritaba, no dejaba ver su enfado…
simplemente soltaba preguntas incómodas.
Pero Margaret también sabía jugar a ese juego, llevaba años siendo la figura de poder de Careyville, una especie de alcalde paralelo que manejaba el futuro del pueblo.
—No, sheriff Gallagher, yo no insinúo, yo digo las cosas. Usted no vino aquí a plantar un cuerpo, usted vino aquí tras el fracaso en Boston…
—Margaret, eso es una bajeza hasta para ti —la interrumpió CJ. La sonrisa de Mae ante la defensa de CJ fue de absoluta satisfacción, y hacia esos dientes blancos y parejos fue la mirada enfadada de Margaret.
—Hay verdades que pueden ser incómodas, querida —siguió Margaret—, aquí todos tenemos un pasado que nos condiciona, ¿no es así?
CJ apretó los dientes. Ya no hablaba de Gallagher, hablaba de ella. De lo que todos en Careyville sabían sin decir, lo que la había hecho volver a sus raíces en busca de consuelo.
—¿A mí podéis acusarme por mis intereses personales, pero no podemos hablar de los del sheriff?
—No, no podéis —respondió Patrick con firmeza—, porque no hay relación entre mis problemas personales y un cadáver en el bosque enterrado diez años atrás.
La mayoría asintió.
—En eso se equivoca, sheriff. No es con el cuerpo con el que sus asuntos personales entran en disputa, sino con el caso.
—Dejó de mirar al equipo que conformaban los Gallagher con los Barlow y se dirigió a los demás—.
Debe de sentir que somos muy poca cosa en comparación con sus grandes asuntos de Boston…
—Al contrario —intervino él, aunque Margaret no lo miraba—, justamente porque lo trato con el mismo respeto y profesionalidad que a mis casos de Boston es por lo que estamos aquí reunidos.
Tú quieres que lo cierre rápido, que me conforme con los rumores locales como fuentes fiables, que no compruebe pruebas… ¿para qué?, ¿por qué?
«Por las tierras» fue el murmullo colectivo, pero no lo que brillaba en los ojos de Patrick.
Sentía que tenía una nueva sospechosa en la lista.
¿Podía Margaret ser la asesina? La mujer pareció leer sus sospechas en la mirada y arqueó las cejas.
Casi rio por lo absurdo. Pero él no. Si había considerado a CJ, tenía que hacerlo con Margaret, aunque la tesis fuera demasiado débil.
Era evidente que Caldwell perdía con un cuerpo en el bosque en lugar de ganar.
No, lo más probable era que su apuro por cerrar el caso respondiera a fines económicos.
Lo que lo llevaba a lo segundo: ¿era ella quien ponía trabas en la fiscalía? Tenía el dinero, las relaciones…
—¿Por qué? Pues por su ego, sheriff. Por su gran ego.
¿Qué hace el gran detective de Boston, el cazador del Asesino del Espejo, investigando un simple accidente en el bosque de alguna turista ocasional?
Oh, no. Eso es muy pequeño para usted, ¿verdad?
Necesitaba hacer de esto algo enorme, algo al tamaño de su gigantesco orgullo.
Gallagher exhaló, elevó apenas las cejas y la miró.
—Margaret, si quisiera alimentar mi ego, tengo un productor de Netflix que me llama cada semana para rogarme que le dé los derechos del documental sobre el Asesino del Espejo.
No necesito montarme un caso para eso. Y si quieres hablar de temas personales, de motivos privados, pues te diré que he venido a Careyville por la paz que promete este sitio.
Una paz que se vio truncada por este caso.
Así que soy la última persona aquí que quiere complicar la situación.
Sin embargo —dijo en dirección a los demás—, la situación es complicada, lo desee yo o no, beneficie a los Caldwell o no.
Tenemos una mujer muerta, señores. Una mujer que importa tanto como Sarah.
Que sea una turista no hace que su vida valga menos ni que su muerte no merezca justicia.
Sí, seguí la línea de investigación de la desaparición de Sarah y, al parecer, me equivoqué…
—¿Al parecer?
—Sí, al parecer —insistió él—. Aún su huida precipitada suscita preguntas y que haya sido en el mismo periodo en que asesinaron a nuestra desconocida duplica esas preguntas. ¿Fue Sarah testigo?, ¿huyó por miedo?
El rumor en la sala se convirtió en caos. Nadie se había hecho esa pregunta, ni siquiera CJ, que miraba a Patrick con pavor. La mujer se volvió a buscar con los ojos a Bloom, el hombre estaba hecho un despojo de nervios.
—¡Ya lo ven! —gritó Margaret—. ¡Es incapaz de reconocer que se ha equivocado y enreda más la investigación!
—Ninguno se beneficia de continuar este caso, bien lo sé —siguió Patrick por encima del clamor—, pero quien menos se beneficia es el asesino.
—¡Si es que lo hay! —vociferó Caldwell.
—De eso estoy seguro —masculló Gallagher. La tumba, la profundidad de la herida en el cráneo… solo quedaba determinar si fue doloso o culposo, pero que aquello era un jodido asesinato lo sentía hasta en la médula.
—¡Suficiente! Queda claro que os habéis subido a la paranoia del nuevo sheriff, que deseáis ser el próximo documental de Netflix.
No contéis conmigo —dijo—. Este pueblo requiere inversión, trabajo real, no unos minutos en el prime time .
Pero cada cual cosecha lo que siembra. El sheriff se irá cuando termine su reemplazo y aquí quedaremos nosotros, con los focos apagados y un pueblo que languidece día a día por falta de inversión. Ya veréis qué elegís.
La quietud fue total cuando Margaret bajó del atril. Las miradas iban desde ella al sheriff y una vez hacia ella. La mujer instó a su hijo a ponerse de pie para hacer una salida teatral. Bloom le arruinó el espectáculo al volver a hablar:
—Lo que propones, Margaret, es elegir entre el hambre o la injusticia. Eso es lo que hacen los dictadores. Aquí no hay dicotomía. La verdad no es enemiga de los bolsillos. —Se puso de pie con dificultad y le arrebató la posibilidad de ser la primera en irse.
El pueblo hizo lo propio. El único que se acercó a Margaret fue Morrison, los demás aún no habían llegado a un veredicto sobre el nuevo sheriff. No obstante, habían cambiado su forma de ver a un vecino particular: Chuck Bloom. Siempre paria, esa tarde se les presentó humano.