Raíces Capítulo treinta y tres
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Capítulo treinta y tres

Se sentaron en el despacho del sheriff. Patrick los recibió y los trató con la formalidad que merecía cualquier testigo de un caso.

—¿Qué estabais haciendo en el bosque? —preguntó. Mae estaba muy excitada por el descubrimiento. Su padre había recogido el colgante con guantes y lo había metido en una bolsa de pruebas, con su rotulado perfecto asociado al caso de Jane Doe.

—Buscando pruebas, papá. Ya te lo he dicho. Quería hacer algo importante.

A Gallagher lo embargó el orgullo.

—¿No podíais besaros como cualquier par de chavales? —Puso los ojos en blanco. Noah pasó del rojo fresa al blanco papel. El pobre muchacho lo estaba pasando muy mal, y Patrick admiró el valor de mantenerse allí, de pie, junto a Mae. Porque no tenía dudas, eso había sido idea de Mae.

—Si necesitas saberlo… —dijo su hija. Patrick frunció el ceño como si estuviera cabreado. No lo estaba. Noah, en cambio, casi se muere. Por piedad hacia él, cambió de tema.

—Vale. A ver, ¿cómo habéis llegado a esto?

Mae le explicó que llevaban semanas buscando, pero que ese día hicieron un experimento.

—Recordé que tú me has dicho que, junto a los fiscales, recreáis la posible escena del crimen para ver si todo cuadra. Intenté hacer eso —explicó la joven—. Partimos de la teoría de que Jane Doe corrió desde el bar de Morrison, perseguida. ¿Lo ves? ¡Tiene que ser Morrison!

—Mae, estás sacando conclusiones precipitadas —le recordó él.

—Pero siempre dices que las teorías son importantes. Además, tú has interrogado a Morrison. ¡Todos lo comentan en el pueblo! Al parecer, muchos piensan que ya era hora, que siempre se pasa de la raya con las jóvenes que van al bar.

—Sí, las teorías son importantes, y por eso se presentan ante el fiscal, pero no antes, ¿recuerdas?

No la estaba reprendiendo y a Mae eso le encantaba. Su padre le estaba explicando, compartiendo con ella su trabajo, como hacía antes de la muerte de su madre. Era el idioma que hablaban: cadáveres, muertes, violencia, pero idioma al fin y al cabo. ¡Volvían a comunicarse!

Tal vez no había hecho eso por sentirse útil o por miedo a convertirse en una zorra egoísta. Tal vez, solo quizá, era la forma que había hallado de reconstruir el puente entre ellos que se había dañado con el accidente.

—Antes contaminan la investigación —repitió Noah en tono monocorde.

—Veo que mi hija se ha puesto pesada…

El joven volvió a sonrojarse, en esa ocasión por miedo a haber ofendido a Mae. A Patrick le costaba no reírse. Una vez asumido que su hija tenía edad de novios, que el candidato fuera el joven Pierce era una buena noticia.

—¿Qué se puede hacer ahora? —preguntó Mae, sin ofenderse. Ya sabía que era pesada, como también entendía que la paciencia de Noah era su forma de demostrar cariño.

—Sois testigos, no parte de la investigación.

—¡Papá! —se quejó ella. Patrick, al fin, rio.

—Vale, vale. Ahora enviaré esto al laboratorio.

La foto es vieja, lo que implica que no es digital.

Antes se empleaban negativos… —Mientras hablaba, la confusión de los jóvenes le hizo sentirse más viejo.

Joder, su hija no había visto jamás una cámara fotográfica analógica—.

Eso deja impresa una imagen por debajo que, aunque no sea clara, puede recuperarse con más nitidez.

También intentaré presentar esto como prueba, para ver si nos autorizan un rastreo.

—¡Y para eso necesitas una teoría!

—Sí, exacto. Pero sin nombres. No se puede asumir que sea Morrison. Cualquier persona que estuviera en el bar esa noche podría ser sospechosa… en caso de que la teoría fuera acertada, claro está.

—No me gustan los procesos —se lamentó—. Prefiero el modo en que trabajan los polis de las series, saltándose las normas.

—Ya lo noté, Mae.

—También puede ser que sea un simple colgante, ¿verdad? —sugirió Noah. Patrick entendió la necesidad del chico de ponerle los pies en la tierra a Mae.

—Claro. Hasta que no lo vinculemos al caso no lo puedo usar ni como evidencia ni como base para una teoría.

—Al ver que se desanimaban, añadió—: Pero habéis hecho un gran trabajo.

Es exactamente esto lo que se busca en un rastreo.

No se sabe qué se encuentra hasta después, cuando se analiza en el laboratorio y en relación con otras pruebas.

Las sonrisas volvieron a sus rostros.

—Ahora sí. Dadas vuestras pintas, es hora de iros a casa. ¿Necesitas que te acerque, Noah?

Una vez más, el muchacho pasó de su tono moreno habitual al color del papel.

—No, está bien.

—Venga, os llevo a casa —decretó el sheriff. Era hora de saludar a los Pierce no como sheriff, sino como padre.

Fue el turno de Mae de palidecer.

***

Café en mano, su gran aliado. Luke estaba en una de sus excursiones por el bosque.

Solo por si acaso, Patrick le pidió que pusiera atención a la zona en que Mae había hallado el colgante.

Sabía que no debía hacerse ilusiones al respecto, bien podía pertenecer a cualquiera, pero cuando no tienes ni una evidencia física, cualquier pieza que ayude a conformar un relato plausible sirve.

Maldecía el hecho de que su hija hubiera sido quien hallara el colgante.

Se suponía que ese era trabajo policial.

Sin embargo, lo agradecía. Él no podía hacerlo, lo podían culpar de plantar pruebas y, en lo que respectaba a la fiscalía del distrito, no veía señales de que fueran a cambiar la disposición con ese caso.

De hecho, esa misma mañana había recibido una llamada no muy feliz de los altos mandos de la policía de Idaho. Un mensaje que se resumía en:

«Deja de tocar los cojones y cierra el caso».

El trasfondo de ese pedido no era más que otro asunto central en Careyville, uno que no pertenecía al pasado.

Margaret Caldwell quería hacerse con esas tierras.

Llevaba años litigando para que el estado se las cediera y los vecinos eran la única resistencia.

Una resistencia que comenzaba a menguar, huelga decir.

Walter Barlow y Whitmore eran los últimos en pie.

La llegada de CJ podía cambiar eso en parte, pero Margaret estaba convencida de que Claire cedería.

El rancho estaba en caída, apenas podía sola con las tareas y hasta debió poner en pausa la búsqueda de trufas porque necesitaba trabajar desde el alba hasta el anochecer solo para mantener el rancho en pie.

No le quedaba margen para invertir ni para conseguir más ovejas y hacerlo rentable.

El trabajo de CJ era de una resistencia constante.

Ahora había alguien más que se interponía entre esas tierras y Margaret Caldwell: él.

O, mejor dicho, su investigación. Mientras allí hubiera una escena del crimen abierta, no podía venderse.

Que el sheriff hubiera añadido un banderín a la zona que Mae había descubierto le otorgaba, además de una posible prueba, tiempo.

Tiempo que pendía sobre su cabeza. Tiempo que el estado de Idaho estaba harto de concederle.

—En ocasiones extraño Boston —murmuró. Dio un nuevo sorbo a su café.

El colgante estaba en Hayden, el ADN de Bloom también y allí, dos casos abiertos que no estaba seguro de si se relacionaban o si veía fantasmas donde no los había.

Cogió el teléfono y marcó el número que aparecía en el registro.

—No quiero nada, joder. No toquen los cojones —le dijo una voz áspera de cigarro al otro lado de la línea antes de cortar la comunicación.

Patrick debió insistir un par de veces antes de conseguir que la mujer no lo mandara a tomar por culo.

—Soy el sheriff Patrick Gallagher, de Careyville —se presentó antes de que le soltaran un nuevo insulto—. ¿Es usted Jannet Richmond?

—Un sheriff, ¿eh? ¿De qué coño me acusan ahora?

—De nada, señora. ¿Es usted la madre de Sarah Bloom?

—¿De quién?

Patrick se pellizcó el puente de la nariz. Joder, iba a volver a sufrir migrañas.

—De Sarah Bloom, hija de Chuck Bloom y, según el registro, de Jannet Richmond. ¿Es usted la madre de Sarah?

El silencio se extendió al otro lado de la línea. Patrick tuvo que preguntar si aún estaba allí.

—Sí, soy la madre, pero lo que sea que me reclame, que le den —fue la respuesta. Le cortó la comunicación y Patrick debió volver a llamar para poder cerrar el jodido expediente.

—Señora Richmond, no le están exigiendo nada. Necesito preguntarle si Sarah ha contactado con usted en los últimos diez años.

La carcajada al otro lado se volvió un arrebato de tos ronca.

—No. Si viene, no le pienso abrir. Ya he terminado con los Bloom treinta años atrás. Son como los piojos, nunca te deshaces de ellos por completo, pero uno hace el intento. —Volvió a toser.

—Si se pone en contacto con usted, tenga a bien llamar a la policía. —Al oír que la mujer reía—. O la acusaré de obstrucción a la justicia, señora Richmond —amenazó. La risa se le cortó.

—Como diga, sheriff. Como diga.

La mujer terminó la llamada sin siquiera un adiós y Patrick se echó sobre el respaldo de su butaca.

—Al menos Bloom no ha mentido sobre eso, la madre de Sarah sí que es una hija de puta —masculló.

Desoyendo la inminente migraña, Patrick se puso de pie para rellenar su taza. Al demonio con todo, necesitaba cafeína. Antes de conseguir su cometido, sonó su móvil. Leyó en la pantalla el nombre de Elena Cross.

—Elena…

—No sé si son buenas noticias o malas —dijo la mujer, tras un escueto saludo.

—Suéltalas. Veré si las digiero con café o voy a por un whisky.

—No es Sarah, sheriff. La mujer del bosque no es Sarah.

Patrick se quedó en silencio, procesando la información. Un pensamiento ganó por encima de los demás.

—CJ —murmuró, aliviado.

—Entonces, son buenas noticias —se animó Elena.

—Son buenas noticias.

Su caso se iba al carajo, pero CJ no había perdido a una amiga. Sí, joder, eran muy buenas noticias.

Mae estaba exultante con su descubrimiento. Nada quedaba de la adolescente retraída y gruñona que llegó de Boston. Había secuestrado la atención de Walter Barlow y le relataba cada detalle con tintes épicos.

—Además de una perfecta psicóloga criminológica, serías una perfecta escritora —la animó Walter—. ¿No es así, CJ?

—Sin duda. Si hasta me pican los dedos de las ganas de volver a ilustrar.

—¿Lo harías? —se animó aún más Mae. Tan entusiasmada estaba que no era consciente de que ayudaba a poner la mesa sin que se lo pidieran y no se quejaba de la mala conexión de Internet—.

¡Molaría! Noah y yo como personajes de una novela…

—Se echó el cabello hacia atrás, descubriendo sin darse cuenta la cicatriz.

Patrick hablaba poco. Su silencio respondía a lo feliz que le hacía la voz de su hija. Tenía el pecho hinchado de orgullo, por ella, que empezaba a dejar atrás los días grises, y por él, que había acertado por primera vez en la vida.

Eran felices. Por fin lo habían conseguido. Sus ojos fueron hacia CJ. La sonrisa con la que ella observaba y escuchaba a Mae le aceleraba el corazón. Era tan perfecta. Debía reconocer que, además de su corazón, otra parte de su anatomía respondía a la cercanía de la mujer.

No habían vuelto a encontrar el momento para estar a solas; se sentía como un maldito adolescente que espera ansioso a que sus padres no estén en casa.

—…Y entonces, Noah corrió… —La voz de su hija se colaba entre sus pensamientos.

Él solo podía mirar a CJ, quien comenzaba a sonrojarse por el escrutinio.

Walter simulaba no entender, no ver el cambio entre los dos.

Les daba tiempo para que hablaran con Mae, no los empujaba a reconocer lo que, para cualquiera con dos ojos en el rostro, era evidente—.

Y Siete Millas, como siempre… —siguió la joven, cogiendo al cerdito entre las manos y dando vueltas con él.

Al animal eso no le gustó, soltó un gruñido y Mae rio, depositándolo en el suelo.

—Y de paso, habéis encontrado trufas —agregó Walter—. ¿Qué haremos con tantas?

—¡Venderlas! El padre de Noah nos va a enseñar a conservarlas mejor —continuó Mae, entusiasmada.

—A este ritmo, cerraré tu cuenta universitaria —bromeó Patrick—, te pagarás los estudios con las trufas.

Mae carcajeó, le dio un beso a su padre y siguió, como si nada, con las tareas previas a la cena.

CJ le guiñó el ojo. Compartía con él la felicidad de verla tan plena.

Ella también se moría de ganas de volver a estar en sus brazos, de que esa dicha se convirtiera en placer.

La vida adulta a veces apestaba, pensó, mientras ponía la cazuela de arroz con pollo en el centro de la mesa.

Se quitó las manoplas y, justo cuando iba a sentarse, su móvil sonó. Era raro que lo hiciera, solo Patrick o su padre le escribían. A veces, algún vecino que se ofrecía a traer algo de otro pueblo. Por eso, pese a que detestaba los móviles en la mesa durante la cena, leyó el mensaje.

—¿Es alguna urgencia? —preguntó Barlow. El suyo también había sonado, pero como se encontraba en la sala, no fue a comprobarlo.

De inmediato, también lo hizo el de Patrick, y el humor de la mesa mutó.

—¿Malas noticias? —Mae se sentó lentamente en su lugar, miró los rostros adultos con cierta ansiedad.

—Se ha corrido el rumor de que no es Sarah —dijo Patrick.

—Y Margaret ha convocado a una reunión de vecinos —siguió CJ, con sus ojos fijos en Gallagher. Walter mantuvo la serenidad, acostumbrado a lidiar con Margaret.

—Será lo de siempre, quiere que cierres el caso para insistir en comprar las tierras.

—Sí, eso será… —coincidió Patrick, pero su tono dejaba entrever algo más. Mae lo adivinó:

—Quiere tus pelotas colgadas en la plaza central, ¿eh?

—¡Mae! —La reprimenda por el vocabulario careció de autoridad, porque él no lo hubiera podido expresar mejor.

CJ le dio una palmada en la mano, transmitiéndole ánimos.

Lo que él necesitaba era acostarse con ella, y era eso exactamente lo que ella quería darle en lugar de toquecitos gentiles.

Era la única forma de liberar la tensión ante la noticia.

Mae se encogió de hombros y se dispuso a servir la cena.

—Has lidiado con cosas peores, papá. Una vieja ambiciosa no puede ser más grave que la prensa de Boston, ¿verdad?

—Mae… —fue la aún más débil advertencia. Que Walter se riera no ayudó a su autoridad paternal.

—Solo digo, ella no sabe con quién se mete. ¿Comemos?

—Comemos —dijeron los otros cuatro a coro. Ya se ocuparían de la reunión vecinal cuando tuviera lugar.