Capítulo treinta y dos #2
El cerdito estaba muy compenetrado en la tarea de las trufas, necesitaron coger a Siete Millas en brazos para regresar hacia el bar. Noah y Mae se pararon justo en el sitio en el que el camino del bosque desembocaba en la parte trasera del bar de Morrison.
—¿Y ahora?
Mae pensó. Dudó. Miró a Noah. Con él se sentía segura, por eso nunca había sido capaz de considerar lo peligroso que podía ser el bosque.
—Ahora tú eres el agresor y yo la víctima.
—¿Qué?
—Tú me persigues en el bosque, yo intento escapar. Veamos hasta dónde llego.
A Noah la idea no le gustó ni un ápice. Mae no conocía el terreno, él sí. Mae era más frágil que él. Mil cosas podían dañar a Mae. Incluso podía caer por la ladera, partirse el cráneo y terminar muerta y enterrada durante diez años.
—No.
Pero ya lo había dicho, Mae no se rendía. Ella le lanzó una sonrisa de disculpa y se echó a correr por el sendero.
Noah la siguió. Lo hizo para detener esa locura.
—Joder, Mae, no corras. No vas vestida para el bosque.
—Jane Doe tampoco, ¿recuerdas? —le gritó desde varios metros de distancia.
—Mierda —masculló el adolescente. Mae estaba loca, era igual de impulsiva que su padre. ¿Sería la sangre irlandesa o era algo genético de los Gallagher, que no sabían cuándo detenerse?
Como fuera, él la detendría.
Mae aceleró el paso. Mientras corría, tirando de la correa de Siete Millas, intentó ponerse en la piel de Jane Doe: Alguien la persigue en el bosque, alguien más fuerte. Si la alcanza, no tendrá ninguna posibilidad. Solo le queda…
—Esconderme —murmuró.
Miró hacia atrás. Noah ya estaba a unos veinte metros. Sus piernas más largas acortaban la distancia a gran velocidad. Era más ágil, conocía el terreno mejor que ella.
Su persecutor puede matarla y ella solo tiene una posibilidad: adentrarse en el bosque fuera del camino.
Siete Millas tiró de la correa, ajeno a la puesta en escena en la mente de Mae; parecía advertir que es una muy mala idea. Noah le gritó:
—¡Mae, detente!
En la cabeza de Mae sonó como la última advertencia del asesino a su víctima.
—Si te detienes, mueres, Jane Doe.
Baja por la pendiente; tiene que hacerlo casi apoyando el trasero .
Siete Millas bajó con ella, era una pieza fuera del guion. Jane Doe estaba sola esa noche, ¿o no?
Cuando cree que lo va a lograr, que va a perderse entre los árboles y nadie la verá, el depredador cae de un enorme salto a su lado. La agarra.
Mae gritó, completamente metida en el papel.
El corazón le late acelerado, está aterrada.
—¡Estás loca! —la reprendió Noah con fiereza—. ¡No vuelvas a hacer eso, nunca! —La acercó a él y la abrazó, más asustado que ella.
Mae le devolvió el abrazo, demasiado dichosa de que él no sea un asesino, demasiado consciente de su vulnerabilidad.
Saber que alguien podía matarla con tanta facilidad, saber que la vida se puede ir en un suspiro, como le sucedió a su madre.
Un accidente y adiós. Un volantazo y no respiras más. Tu vida puede irse en manos de otro.
Quiso llorar. Había llevado eso demasiado lejos. Se abrazó a Noah y él empezó a dejar ir el cabreo exhalación tras exhalación.
Cuando creyó conseguirlo, ella volvió a cabrearlo.
—Estamos a menos de cinco metros del cuerpo, Noah.
—¿Qué?
—Concuerda con la escena. Si el asesino fue apenas más lento que tú o ella apenas más rápida que yo…
—Mae, no me toques los cojones. ¡Déjalo ya!
—No hemos traído el detector de metales —insistió. Noah estaba tan cabreado que soltó el abrazo y empezó a subir la pendiente—. ¡Es una teoría posible, Noah! Era lo que querías.
—¡Claro que no! —siguió subiendo. Ella lo hizo detrás y Siete Millas el último—. No quería que te pusieras en riesgo así, ni que…
—Ni que ¿qué?
—¡Que me miraras con el miedo con el que lo hiciste, joder!
—Vale, se me fue un poco de las manos. Sé que no me harías daño.
—Pues en este momento no estés tan segura, Mae. Porque llevo un cabreo…
Ella rio. Sabía que era una amenaza vacía. Le cogió el tobillo para detenerlo y él se volvió. La pendiente era tan empinada que casi parecía vertical. Mae reptó y quedó sobre él.
—¿Me perdonas?
—No.
Le dio un beso.
—¿Y ahora?
—No.
Otro beso.
—¿Y ahora?
Noah suspiró. Era tan fácil. Lo que ella tenía de terca él lo tenía de débil. La besó en la boca y sacó el máximo provecho de la situación. Ya vería cómo calmaba a su madre cuando llegara con la ropa completamente embarrada.
Mae sostuvo el peso de su cuerpo apoyando las manos a los lados de Noah. Algo se le clavó en la palma, pero lo ignoró pensando que era una piedra. Tenía otras cosas en las que pensar. Hasta que sintió el hocico de Siete Millas.
—Oye, no seas celoso —le dijo al animal que hurgaba bajo su mano. Solía hacerlo cuando quería caricias, como los gatos, pero no parecía ser el caso.
Noah y Mae se pusieron a escarbar entre hojas podridas y raíces. Un pequeño pedazo de metal dorado asomaba de la tierra y provocaba ese pinchazo en la mano. No se hicieron ilusiones, ¿otra moneda tal vez?
Pero lo que rescataron del terreno fue un colgante dorado con un relicario.
—¿Mae?
—Él la alcanza justo aquí, ella consigue zafarse y se le suelta el relicario —conjeturó.
Lo abrió; lo que en una época fue una foto lucía casi blanco en el interior, imposible de reconocer.
Al otro lado, las iniciales J. H.—. ¡Tenemos que llevárselo a mi padre!
¡Tenemos que marcar la zona! Es una prueba, Noah. Por fin dimos con una prueba.
Él no la desanimó. No le dijo que había mil motivos por los que un colgante podía terminar allí. Simplemente lamentó el beso trunco y puso los ojos en blanco.
—Vale, pero tú le explicas a tu padre cómo terminamos los dos embarrados.
Mae le dio un beso más.
—Tendrás que perderle el miedo a mi padre —rio ella, animada. Se puso a gatas y juntos dejaron el barranco.