Raíces Capítulo treinta y dos
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Capítulo treinta y dos

—Hagamos este recorrido de nuevo —insistió Mae. Tiraba de la correa de Siete Millas, que ya se había aficionado a esos paseos.

Al animal le gustaba la vida de mascota.

Nada de vivir en un corral, nada de esperar a que lo conviertan en tocino.

Su vida se reducía a disfrutar. Cierto era que CJ tenía poco tiempo para él.

Los planes de la mujer habían menguado cuando entendió que el rancho la necesitaba.

Walter apenas podía con las tareas mínimas de mantenimiento y el presupuesto no alcanzaba para contratar trabajadores.

Tenía que ser ella quien se encargara de limpiar el granero, alimentar a las ovejas y, en breve, esquilarlas, entre otras tareas.

El tiempo se le consumía desde el alba hasta la noche, sin tener ni un segundo para ir a buscar trufas con Siete Millas.

Pero eso no había afectado a los planes por completo. Mae había entrado en el juego. Con su afán detectivesco dio con la actividad perfecta para el animal: buscar trufas.

¿Evidencias? Ni una. Noah y ella no habían hallado ni una prueba que pudiera asociarse al crimen.

Tal vez algunas monedas perdidas, un Apple Watch que no se correspondía con la fecha de desaparición de Jane Doe, envoltorios de chuches de años inmemoriales, colillas de cigarrillos, cajetillas de tabaco, mecheros de plástico…

Y tantas trufas que debieron aprender a conservarlas.

—Vale —accedió Noah con un encogimiento de hombros.

—Tienes que tratar de pensar como la víctima, ¿a dónde crees que iría?

Noah repitió el gesto. No iba a decirle que era hora de rendirse. Mae no era de las que bajaban los brazos. Pero el motivo de su silencio era que, gracias a ese absurdo plan de buscar pruebas, pasaba mucho tiempo con ella.

Le gustaba.

Cuánto le gustaba.

—¿No dices tú que, si seguimos una teoría, podemos autoengañarnos?

—Sí, pero ya hemos probado con la neutralidad sin resultado. Empecemos a probar hipótesis. Mi padre piensa que la asesinaron, tal vez de manera culposa. Entonces, Jane Doe entra en el bosque, alguien la sigue para «hablar», discuten y forcejean…

Noah le miraba la boca. Las palabras de Mae le llegaban con retardo a la cabeza. Él solo podía pensar en lo guapa que era, en el modo en que la cicatriz le atravesaba el rostro sin conseguir disminuir su belleza ni un ápice. La herida terminaba justo encima del labio; de hecho, lo cortaba un poco.

Suspiró.

—¿Me estás escuchando?

—No.

Mae rio. Le dio un suave empujón y él la atrajo hacia sí.

—No te estás tomando esto en serio, Noah.

—¿Cómo que no? Me lo estoy tomando muy en serio.

Bajó la boca y la besó. Mae ya no lo esquivaba ni fingía que no se gustaban.

Al principio, solo se había dejado besar.

Se mantenía pasiva, algo insegura, mientras Noah tomaba la iniciativa.

Ya no. Ahora era consciente de que de verdad le gustaba al muchacho, de que a él no le molestaba su aspecto ni su cicatriz.

Más aún, al día siguiente del primer beso, él se sentó con ella en el autobús camino del instituto, pasó el brazo por detrás de su asiento y sonrió soberbio ante sus amigos.

Se sentía un rey porque Mae le hubiera prestado atención y ella, una reina a su vez por el orgullo con el que Noah inflaba el pecho al saberse el elegido.

Con esa sensación que le aceleraba el pecho y que la hacía caminar en el cielo, le costaba estar cabreada con su padre.

Tras su última discusión, fue incapaz de guardar rencor o mostrarse arisca con él.

Era imposible enfadarse con el hombre que había hecho posible esa felicidad.

Por el contrario, quería devolverle algo a su padre, y por eso no se rendía en la búsqueda.

Aunque eso no implicaba que cada día se tomara más pausas en su trabajo. Pausas para besar a Noah, para hablar con él de cosas que no tuvieran nada que ver con muertes y asesinatos, averiguar sus gustos, lo que le hacía reír, lo que esperaba del futuro… y compartir lo mismo a su vez.

—Venga, en marcha —lo instó ella, separando sus bocas. Tenía las mejillas sonrojadas y el aliento entrecortado por el beso.

—Eres una aguafiestas.

—Podemos dejarlo —propuso. La voz estaba algo desanimada—. Pero tendríamos que encontrar otra excusa para venir al bosque.

—No necesitamos excusas.

—Pues bien, entonces tú le explicarás a mi padre qué hemos hecho toda la tarde en el bosque si no volvemos con trufas —replicó, conteniendo una sonrisa.

A Noah le daba miedo Patrick y a Mae eso la divertía muchísimo.

No había forma de convencer al chico de que el sheriff Gallagher no era tan rudo como parecía.

—Vale, seguimos. Pero empecemos por otra teoría, una más divertida.

—¿Cuál?

—No lo sé —dijo Noah—, tú eres la psicóloga criminalista, ¿recuerdas?

Ella hizo una mueca.

—No te contaré nada más —bromeó. Le había dicho que consideraba esa carrera para el futuro.

No quería ser detective como su padre, detestaba las guardias nocturnas y tenía muy presente la expresión vacía de Patrick tras hablar con los familiares de las víctimas.

No, ella no tenía madera de detective. Pero sí le fascinaba la mente criminal.

El caso del Asesino del Espejo, le gustara o no, había afectado a su vida desde muy pequeña.

Y cuando algo así sucede, quieres respuestas.

—No me estaba mofando, al contrario. Creo que te limitas —la animó Noah. Ella lo miró de soslayo.

Caminaron por el sendero siguiendo los pasos de Siete Millas.

Se detuvieron enseguida ante una nueva trufa.

Noah se agachó a recogerla. Se le daba mejor que a ella sacarlas enteras, casi desde la raíz.

Le dio apenas un centímetro a Siete Millas a modo de premio, y rio al ver la expresión ofendida del animal.

—Lo estamos malcriando —dijo Mae, con humor. El cerdito siguió camino, tal vez con la esperanza de que su siguiente hallazgo le granjeara una porción mayor de premio—. ¿Por qué crees que me limito?

—Porque estás tratando de pensar bien de todos nosotros, Mae. Tu padre no lo hace, por eso es detective.

—No pretendo superar el instinto de mi padre a mis dieciséis años, Noah. Él lleva demasiado tiempo lidiando con criminales, los huele.

—No hablo de eso.

—Entonces, ¿de qué?

—De que eres feliz aquí y no quieres arruinarlo.

Noah la miró a los ojos. Mae siempre se sorprendía con lo perspicaz que era. En lo que respectaba a ella, la leía como un libro abierto. Nada se le escapaba.

—Mi padre casi la arruina con CJ por considerarla sospechosa.

—Ya ves… no quieres hacer lo mismo. Y está bien —añadió de manera apresurada—.

Es una decisión como cualquier otra. Puedes buscar la verdad o puedes ser buena vecina, pero a veces las dos opciones no son compatibles y, quizá, esta sea una de esas veces.

Mi padre sabe mucho de bosques, de tierra, de cómo esconder un cuerpo y no ser hallado…

—Exacto, por eso no puede ser tu padre. Él habría sabido que, al enterrarla allí, las raíces podían descubrir la tumba.

—Bien, pero para eso primero tuviste que pensar en él como posible sospechoso. ¿Yo?

—Tú tendrías ocho años por aquel entonces. Ni la fuerza, ni el motivo… —le siguió el juego. Se detuvieron ante otras trufas. Esta vez, Siete Millas recibió un poco más.

—¿CJ?

—CJ podría ser. Discute con su amiga, Sarah se cae, se rompe el cráneo y ella la esconde en el bosque. —Se imaginó a su padre planteando esa hipótesis y casi le dolió el pecho como a él—. No es posible. CJ habría llamado al sheriff, no escondería el cuerpo.

—¿Y el sheriff? Tal vez Hawkins siente pena de que CJ se condene por una simple discusión y la encubre. Planta las pruebas de que Sarah se fue a pie…

—Siempre y cuando sea Sarah —se recordó Mae.

—¡Bien! Ahí lo tienes —la animó Noah—. Ahora empiezas a pensar fuera del pueblo. Crees que es Sarah porque todos lo dicen. Plantea una teoría sin saber quién es la víctima, una teoría neutral en base a lo que sí sabes y está probado: fue enterrada, la herida de la cabeza era muy grande…

—Vale. —Mae pensó en silencio. Se repitió constantemente: «no contamines con conjeturas sobre la víctima y los motivos, sé neutral. Lanza una hipótesis neutral»—. La persigue un hombre para violarla.

—¿Por qué?

—Porque eso es lo que nos pasa a las mujeres solas en el bosque, Noah —soltó Mae. Él se estremeció al pensar que pudiera ser cierto—. Es una teoría probable. A las mujeres las mata su pareja, alguien que quiere ser su pareja o en situación de robo.

—No tenía la cartera.

—Pero nadie lleva cosas de valor al bosque, sería un sitio extraño para intentar asaltar a alguien.

—Sigue.

—Si alguien la quiere violar, puede ser algún merodeador o alguien que la vio antes y la desea. Un merodeador tiene menos posibilidades, porque si en Careyville hubiera un violador en serie ya lo sabrían… Por tanto, es más probable que fuera alguien que la conocía…

—O que la vio una vez y se obsesionó.

—Pero la tiene que haber seguido desde algún sitio. Este bosque es muy grande como para «esperar a que pase».

—Salvo que Jane Doe hiciera siempre el mismo camino.

—No iba vestida con ropa de deporte. La gente hace el mismo camino si va a casa o si entrena. Hacia allí solo están el rancho Barlow y Whitmore.

—La teoría más segura es que la siguió. Y, si la siguió —dijo Noah—, solo hay un lugar aquí: el bar de Morrison.

—Mi padre sospecha de Morrison —murmuró Mae.

—¡No te contamines!

—¡Ya! —rio ella—. Pero es que sé que todo esto pasó por la cabeza de mi padre. Él no lo dice, porque justamente no quiere autoconaminarse. Impide que las teorías lo enreden, pero va a por ellas cuando hace las preguntas. ¡E interrogó a Morrison!

—Tú no eres tu padre, eres una psicóloga criminalista, ¿recuerdas? Él hace el trabajo de detective, busca pruebas, arma un caso. Tú buscas respuestas más hondas. No le pongas nombre, sigue —la animó.

—Vale. Un hombre —resaltó en neutro— ve a Jane Doe en el bar de Morrison. ¡Vayamos hacia allí!