Raíces Capítulo treinta y uno
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Capítulo treinta y uno

Hay momentos que parecen la pieza faltante de un puzle.

Uno de esos fue reconocer lo que le sucedía con CJ.

Tras estar con ella, una sensación de orden y completitud lo embargó.

Pero no fue solo una sensación. En cuanto aparcó en la comisaría, una camioneta destartalada y oxidada se detuvo a su lado.

El rottweiler soltó varios ladridos que, en oídos de alguien desprevenido, podrían haber sonado amenazantes. No lo eran. Si ese perro pudiera hablar, diría que era el día más feliz de su corta vida. Su lengua pendía babeante a un lado y sus ojos negros brillaban.

Patrick no dudó en acariciarlo y recibió sus húmedas muestras de afecto.

—Oye, se te ve feliz —le dijo al animal. Este bajó de un salto sin esperar a que su dueño le abriera la portezuela. Se valió del parachoques para no impactar con sus cuatro patas sobre la gravilla y, sin pérdida de tiempo, regresó junto al sheriff moviendo su rabo sin cortar.

Al menos, pensó Patrick, Chuck Bloom no era partícipe de la crueldad animal.

El dueño del perro bajó a su vez de la camioneta. Lo hizo con cautela y demasiada lentitud para que pasara desapercibida para el sheriff.

—Chuck, ¿te encuentras bien? —fue a ayudarlo. El rottweiler saltó sobre su dueño con todo el peso y le impidió al hombre dar un paso. Chuck cayó de nuevo sobre la butaca raída de su camioneta.

—He tenido días mejores —reconoció el hombre. Buscó sus cigarrillos y Patrick vio que le temblaba el pulso al encender uno. Lo ayudó con la tarea.

—Y los tendrás mucho mejores si sigues así, Bloom. Te lo prometo.

El hombre rio. La risa sonó amarga.

—No se haga ilusiones, sheriff. Nunca duro, nunca conseguí llegar a los días buenos.

La mano tembló aún más cuando intentó sacar el cigarrillo de su boca tras una calada. Patrick esperó paciente; se apoyó en la portezuela cerrada de su propia camioneta y no apremió a Bloom.

Los temblores eran de la abstinencia. El hombre intentaba dejar de beber y hasta había sido capaz de conducir un par de millas. Todo un logro. No iba a presionarlo ni mostrar ansiedad, aunque adivinaba la razón de tal cambio.

El perro se echó a los pies de su amo. Patrick estudió la escena. Había algo que no cuadraba en Chuck Bloom. O, mejor dicho, que no encajaba con lo que todos decían de él. Era un borracho y un perdedor. De eso no cabían dudas. Pero ¿era cruel?, ¿era violento?

El alcohol sin duda era un aliciente para la violencia, le había lanzado botellines a la cabeza.

Sin embargo, allí estaba el hombre, vulnerable y tembloroso, con un perro al que muchos mutilaban sin mutilar, un perro que no mostraba señales de agresividad pese a ser una raza con tendencia a serlo si se la educa mal…

Cuando el cigarrillo ya estaba casi por completo consumido, Bloom habló:

—Quiero que busque a Sarah. ¿De verdad cree que puede ser la mujer del bosque?

—No hago conjeturas.

—Que le den, sheriff —dijo, pero sin cabreo. Sonaba más frustrado—. Necesito respuestas.

—¿Por qué no pusiste la denuncia diez años atrás?

—El sheriff Hawkins me dijo que Sarah se había ido. Le pregunté a Pike, ¿sabe? Él la vio. Me dijo que llevaba vaqueros y una chaqueta de paño vieja. Busqué la chaqueta en casa, no estaba. Era de su madre, la usaba cuando estaba triste… esa noche mi Sarah estaba triste.

—¿Sarah solía estar triste?

—No. Tenía dos estados: feliz y cabreada. Rara vez estaba triste.

—¿Extrañaba a su madre?, ¿hay forma de contactar con ella?

Otra risa amarga.

—La madre de Sarah es una hija de puta, sheriff.

Sarah abrazaba esa chaqueta no porque la extrañara, sino porque anhelaba una madre que no fue.

Eso sí la ponía triste. Creo que mi hija prefería pensar en su madre como muerta, era más reconfortante.

Como sea… se llevó la chaqueta. Tuve la certeza de que se marchó.

—¿Ahora dudas?

—Sí y no. Sigo creyendo que se marchó, sheriff. No lo sé explicar. Siento aquí —Se tocó la boca del estómago con un puño— que está viva, pero ya no sé qué pensar. A uno no le bastan las corazonadas para dormir en paz.

—Dímelo a mí, Chuck. —Lo ayudó con el siguiente cigarrillo—. Te lo tengo que preguntar…

—¿Le pegaba? —Patrick asintió—. No. Fui un capullo con ella, eso sí.

Lo acepto. Era lo único que tenía y temía tanto perderla que fui un hijo de puta.

Le decía que nadie la iba a querer, que en el pueblo todos la odiaban, que le tenían pena…

Le decía que la gente como yo nace y muere en una puñetera caravana y que soñar solo le traería decepciones.

Le gritaba. Le gritaba mucho, sheriff… —Pareció encogerse, envejecer veinte años en una simple declaración—. Pero nunca la golpeé.

«Sin embargo, ella iba al hospital por magullones», pensó Patrick.

—¿Estás dispuesto a darme tu ADN?

—A ti sí. Usted es forastero. Usted no hará lo posible para endosarme un crimen que no cometí para deshacerse de mí. Tal vez, en unos años, si decide quedarse, pensará que Careyville está mejor sin los Bloom, que su hija merece un espacio libre de borrachos y plantará mi ADN en algún robo…

—No soy de los que hacen eso, Chuck. Se me ha acusado de muchas cosas, en especial de ser un obsesivo de los procesos, pero jamás de corrupción.

—Todos tenemos un precio.

—Eso es bastante cínico.

—Es bastante cierto. Se le nota en la cara, sheriff. Al igual que yo, su precio es su hija. Mataría por ella. Y ahora también por CJ, eso dicen por ahí.

—La gente en este pueblo habla demasiado.

—No tenemos otra cosa que hacer. ¿Cómo le doy el ADN?, ¿escupo en algún sitio?

Fue el turno de Patrick de reír.

—No, Bloom. Ya le dije, soy un obsesivo de los procesos.

Detesto que un hijo de puta de traje Armani me tire un caso a la basura por un tecnicismo.

Iré ahí dentro, redactaré un formulario de consentimiento que tú firmarás ahora mismo, sin estar bajo los efectos del alcohol, y luego llamaré a la doctora Cross para que recoja la muestra, de modo que nos aseguremos de que nada se contamine.

Esa muestra viajará por correo exprés a Hayden, donde se registrará y cotejará, lejos de cualquier lugareño. ¿Suena seguro, Chuck?

—Suena seguro.

Terminó el segundo cigarrillo. Se incorporó lentamente, mareado por la abstinencia, para acompañar al sheriff dentro de la comisaría. Se detuvo antes de atravesar la puerta.

—Sheriff, en caso de que sea Sarah… ¿me darán sus restos para que la entierre en el cementerio?

Patrick tragó saliva. No siempre amaba su trabajo:

—Sí. Si es Sarah, volverá a casa.

—Pero no es… —murmuró Bloom, dándose ánimos—. No es mi niña, ella está viva y feliz.