Capítulo treinta #3
—¿Ibas a maldecirme? Yo tan gentil y tú tan lista para soltarme un insulto.
—Vete a la mierda —gruñó ella, riendo. Él rio a su vez, pero no estaba para bromas.
Introdujo su dedo en ella. La risa de CJ se convirtió en un grito de placer.
—¿Decías?
—Nada —respondió casi sin aliento—, no decía na…
Aceleró el ritmo. Más hondo, más rápido. Sumó un dedo más y volvió a bajar su boca. Succionó el clítoris y la sintió estremecerse justo al borde del orgasmo.
—Joder, eres deliciosa, CJ. Te comería el coño todo el día.
—¿Quién te lo impide?
—Eso mismo pensaba yo. —Movió los dedos lentamente dentro de ella, desde casi sacarlos por completo hasta hundirlos hasta el fondo—. Me parece un buen uso del libre albedrío.
Pero Patrick no estaba dispuesto a renunciar a estar dentro de ella solo por goloso. Su polla latía desesperada, ansiosa de sentir una vez más el calor de CJ.
Retiró los dedos y el cuerpo de CJ protestó. Buscó en su cartera un preservativo y se lo puso antes de volver a la acción.
—Estás tan húmeda —susurró contra su coño. Estaba lista para él, abierta y preparada. Pasó sus dedos por entre los pliegues, esparciendo la humedad por cada rincón. Fue más abajo, hasta el ano, y trazó círculos en su segunda entrada.
A CJ el aliento se le cortó por la sorpresa de hallar ese toque tan erótico. Patrick ardió de deseos de enseñarle a gozar por allí también; sabía que sería la primera vez para ella y eso lo hacía sentir demasiado bien.
Pero no esa mañana. No esa primera vez.
Ascendió con su boca, deshizo el camino que lo llevó de los labios de CJ a su coño, para viajar del coño a sus labios. Dejó que ella probara su propio sabor de la boca de él, que supiera cuán delicioso era su placer.
Acomodó su pene en la entrada de ella y comenzó a penetrarla lentamente. CJ lo miró a los ojos en todo momento. Su rostro mostraba cada indicio de placer a medida que él se adentraba. Respiraba por la boca, estaba sonrojada y tenía un gesto de lujuriosa súplica.
Una vez que estuvo dentro hasta el fondo, comenzó a moverse. Primero suave, retirándose hasta casi abandonarla para luego llegar al fondo. En cada ocasión, ella lo premiaba con un gemido, como si el placer siempre la cogiera por sorpresa cuando al fin lo sentía clavado en sí.
Patrick no rompió el contacto visual. Se llevó dos dedos a la boca y los humedeció con su saliva. Con ellos, bajó hasta el coño de CJ y trazó círculos en su clítoris.
Cuando ella cerró los ojos, rendida, y soltó el primer «Patrick», el sheriff cambió el ritmo de sus embestidas.
Aceleró al máximo. Sus pelvis golpeaban en cada encuentro; los quejidos de él se mezclaban con los gemidos de ella.
Los nombres se entremezclaban y, como los dos ya habían descubierto, eran incapaces de determinar dónde empezaba el placer de uno y terminaba el del otro.
—Voy a correrme —anunció CJ. Se mordió el labio, la súplica se traslució en su mirada. ¿Qué temía?, ¿que él se lo negara?, ¿o acaso romperse en mil pedazos?
—Sí, CJ. Córrete, joder. Sí. —Arremetió con más fuerza, tan cerca de su propio orgasmo como ella.
CJ clavó sus ojos en el punto en que sus cuerpos se unían.
Los dedos de Patrick la acariciaban con una suavidad que no se correspondía con sus embestidas, pero que, de algún modo, componían una perfecta sintonía en su cuerpo.
Veía cómo la polla de él se perdía en su interior, cómo su coño se abría a él.
Se tensó por completo. Clavó sus talones en la cintura de Patrick, lo atrajo con todas sus fuerzas hacia su centro. Su orgasmo demandaba todo de él. Quería retenerlo, que de los dos se hicieran uno.
El primer espasmo la alcanzó con la fuerza de un rayo. Un grito breve escapó de sus labios para luego quedar atrapado en esa misma tensión que recorría su cuerpo. Patrick sintió los músculos femeninos apretarle la polla y él mismo fue arrastrado a la misma tormenta.
CJ recibió el orgasmo de Patrick con el mismo placer que entregaba el suyo. Se desarmó sobre el fardo, sin fuerzas. Sus piernas temblaban, la piel estaba hipersensible; había pasado de creer que moriría de tanto goce a reír y sentir cosquillas por todas partes.
Cuando Patrick abandonó su interior, el cuerpo de CJ protestó. ¿O fue ella?
—¿Patrick?
La duda la asaltó, así, tan desnuda como estaba. Él la contempló, maravillado ante lo hermosa que era CJ. Dios, no había pasado ni un minuto y ya quería volver a follar.
—No pongas interrogantes a mi nombre, CJ —le dijo. La ayudó a ponerse de pie y a recoger sus ropas.
—Es difícil no hacerlo.
—Yo también lo creía, pero es fácil, CJ. Es muy fácil. Esto será lo que queramos que sea. ¿Qué quieres que sea?
CJ se cubrió el cuerpo con el montón de ropa arrugada. Él, al menos, llevaba los pantalones.
—¿Costumbre? —sugirió. Patrick rio—. Que se nos haga costumbre.
—Lo ves, las mentes geniales piensan parecido.
Pero antes de empezar a generar el hábito, la radio del sheriff sonó. Era Luke, que le preguntaba si su camioneta había vuelto a fallar.
Patrick maldijo por lo bajo. Tenía que trabajar. No sin antes besar a su más perfecta costumbre.
Alcanzó a CJ, le apartó la ropa para volver a sentir su piel y le dio un largo beso antes de regresar al horrible mundo real.