Raíces Capítulo treinta #2
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Capítulo treinta #2

—No vuelvas a contener los gemidos, CJ. ¿Acaso temes molestar a alguien con ellos?, ¿acaso te han dicho que callada estás mejor? —CJ tembló al oírlo. ¿Se atrevía a dejar de ser una chica buena?, y si lo hacía, ¿era por ella o por él?

—Bésame —le ordenó. Patrick acató de inmediato. Plantó su boca sobre la de ella con fuerza y CJ halló su respuesta. Lo hacía por ella. Estar con Patrick era lo primero que hacía por sí misma en años.

La boca del sheriff no era suave ni gentil. La besaba con fiereza, asaltaba con su lengua la cavidad húmeda de CJ, profanando su sabor y dejándola sin aliento. Los brazos de la mujer pendían a los lados del cuerpo, estaba inerte. Solo la mano de Patrick la sostenía y le impedía caer.

El beso cambió de matiz. Dejó de ser voraz para volverse más lento y sensual. La punta de la lengua de Patrick le abrió los labios con suavidad y comenzó a moverse de lado a lado de manera sugerente. Cada caricia en su boca se replicaba en su coño, que parecía entender que el mensaje era para él.

Primero fue un calor ardiente en su centro, después fue la humedad… y entonces los vaqueros se sintieron insoportables sobre su piel.

CJ salió al fin de su estado de estupor. Pasó las manos por los brazos de Patrick, ascendiendo hasta alcanzar los hombros. Palpó a cada palmo la musculatura masculina, se deleitó con sus formas, con su fuerza.

La siguiente vez que la lengua del hombre entró en su boca, ella la capturó, la succionó, devolviéndole la sugerente invitación.

No, ya no sería una chica buena.

Patrick le soltó el cabello, bajó la mano por su espalda hasta el valle entre sus omóplatos y desde allí ejerció presión hasta pegar el cuerpo de CJ al suyo. Sintió los senos apretados contra su pecho y, una vez conforme, siguió descendiendo hasta el trasero.

En esa ocasión, se valió también de su pierna. Abrió las de CJ colando la punta de su bota entre las de ella y, solo entonces, la atrajo hacia sí desde el trasero. La mujer pudo sentir su polla dura pujando en los pantalones caqui de sheriff.

CJ se frotó contra él, sin pensar. Era puro deseo. No analizaba si se veía sensual con su ropa, si aquel sitio era cómodo para follar, si sus bragas eran de encaje o de algodón. Ningún pensamiento la distraía del anhelo que la invadía por sentir la polla de Patrick contra ella.

La mano del sheriff no se distraía con banalidades tampoco.

Su dedo medio seguía la costura del vaquero de CJ, surcando la hendidura hasta alcanzar su centro por detrás.

Desde allí empujó hacia arriba, consiguiendo no solo que CJ sintiera que su coño se contraía por el deseo, sino también rozando el cuerpo de ella contra su polla.

El gemido de CJ fue más fuerte esta vez, y la sonrisa de Patrick, más satisfecha.

—Así me gusta —le dijo. Le mordió los labios—. Así está mucho mejor.

—Patrick… —soltó su nombre en un suspiro o un ruego—. Patrick, no sé si aún estás cabreado y esta es tu forma de castigarme o si se te ha pasado y esta es tu forma de pedir perdón.

—¿Importa? —Llevó la mano ahora por delante y dibujó con su dedo medio la costura desde el cierre hasta el punto exacto que hacía a CJ vibrar.

—No, joder, no importa —reconoció.

—Quítate la camisa —le ordenó él—. Como verás, tengo las manos ocupadas.

CJ tuvo que sujetarse a él para recuperar el equilibrio. Patrick seguía estimulando su clítoris por encima del vaquero y empezaba a perder la cabeza. Una vez que se sintió segura de no caer, acató la orden y se quitó la camisa.

Debajo llevaba una camiseta sin mangas y sin sujetador.

En cuanto la tela abrigada de la camisa dejó de cubrirla, el algodón no hizo más que delatarla.

Sus pezones erguidos se marcaban a través de la camiseta y las areolas rosadas podían adivinarse a la perfección.

Sentía los pechos pesados por el deseo y las puntas casi dolían por lo enhiestas.

Fue peor cuando Patrick clavó allí sus ojos. Su simple mirada bastaba para hacerla arder, pero joder si el sheriff se conformaría con observar.

Apartó la mano de su coño solo para llevar ambas a su trasero y empujar.

—Rodéame con las piernas —demandó. CJ dio un pequeño salto y el vacío que había dejado su mano en su centro fue reemplazado por la polla de él. Mil veces mejor.

La cargó hasta donde estaban los fardos de paja.

Una vez allí, la sentó sobre uno y se quitó la camisa.

CJ aprovechó para mirarlo, para empaparse de su ruda imagen.

El cabello rubio, la barba apenas crecida sobre su mandíbula, el pequeño hoyuelo en su mentón…

pero, sobre todo, su cuerpo fuerte, trabajado.

—La camiseta también —ordenó ella.

—Sí, mi general.

—Prefiero que me llamen «alteza» —bromeó.

Patrick sonrió. Se quitó la camiseta y reveló su pecho desnudo.

Estaba cubierto de un vello dorado, que se hacía más tupido en el centro y luego se afinaba en una línea justo sobre la de su abdomen marcado.

A CJ le quedaba imaginar cómo volvía a ensancharse esa línea por debajo de la cinturilla del pantalón.

—¿Así está bien, alteza?

—Mmm… no tengo quejas. —Patrick puso su camisa sobre la paja del fardo para cuidar la piel de CJ de posibles rozaduras.

Ella aprovechó el movimiento para rodearlo una vez más con sus piernas y acercarlo a su centro—.

Me dices que no quieres que sea complaciente ni gentil, pero en este momento lo único que quiero es complacerte y ser gentil. Vaya paradoja.

Llevó su mano a la nuca de él y lo atrajo para besarlo con desesperación. Él coló la suya bajo la camiseta de ella y alcanzó su seno pesado. Trazó círculos con su pulgar al tiempo que repetía el mismo movimiento con su lengua en torno a la lengua de CJ.

—No es una paradoja, CJ. —Al demonio la camiseta. Se la quitó por encima de la cabeza. Al verle el torso desnudo, el aire abandonó sus pulmones en un ronco gruñido—. Yo tampoco sé dónde coño empieza tu deseo y termina el mío. Qué hago por ti, qué hago por mí, qué demonios hago por los dos.

—Bien, porque odiaría estar en desventaja —dijo. Bajó con sus caricias por el pecho de él hasta la cinturilla de sus pantalones. Le acarició la polla por encima de la tela, sopesando su grosor, su dureza y el ardiente calor que atravesaba las capas de tela.

—No dirías semejante tontería si supieras el poder que tienes sobre mí.

A CJ ese poder la seducía. En su vida se había sentido bonita, buena, incluso en ocasiones inteligente o graciosa… pero ¿poderosa? Poderosa, jamás. La vida la había desarmado demasiadas veces, la había hecho añicos… hasta ahora.

Patrick la hacía sentir invencible, no porque ella pudiera con todo, sino porque no necesitaba poder sola.

Lo tenía a él. A ese enorme hombre que ahora batallaba con sus vaqueros, que la estaba desnudando a plena luz del día, en el granero de la casa de su padre, que le hacía olvidar las normas, lo correcto…

Con él no necesitaba ser una chica buena para ser querida.

Gallagher lanzó las botas de ella lejos y arrastró el vaquero y las bragas en un movimiento. Adiós, preocupaciones. Que si las bragas eran bonitas, que si se veía sensual… Él la quería desnuda. Hasta un conjunto de Victoria’s Secret sería un estorbo entre el hombre y su deseo.

CJ notó que era la única desnuda de los dos.

¿Estaba en desventaja? Tal vez, porque, joder, cómo quería verlo a él igualmente desnudo, pero no se veía en una situación inferior.

Por el contrario, fue absolutamente consciente de su poder cuando se bajó del fardo y quedó de pie, sin nada que la cubriera, ante él.

Y más aún cuando, así, llevó su mano a la cremallera del pantalón del sheriff y liberó su pene.

—¿Ansiabas corromperme, Patrick? Creo que lo has logrado —le confesó. Se arrodilló ante él—. Porque no pienso hacer esto por ti, sino por mí.

El gruñido de Gallagher le erizó la piel. Sus pezones respondieron irguiéndose todavía más, y esa fue la perdición del sheriff.

—Joder, CJ. —Le apartó el cabello hacia un lado y fue testigo de cómo la boca de la mujer le rodeaba el glande.

Si había algo que lo excitara más que CJ comiéndole la polla, era la jodida suavidad con la que lo hacía.

Una mezcla perfecta de poca experiencia y muchas ganas que iba a hacerlo perder la razón.

Claire nunca había aprendido a metérsela por completo en la boca sin sufrir arcadas y dudaba conseguirlo con el tamaño de Patrick, pero se valía de la lengua para llegar a la base, para estimular su longitud y luego se concentraba en la punta sensible.

Una gota de líquido preseminal brotó de él. CJ la recogió con la punta de la lengua y Patrick la instó a ponerse de pie.

—¿Pretendes dejarme en ridículo?

—Nada de esto puede ser ridículo, Patrick.

Él la volvió a llevar al fardo, la hizo recostarse.

CJ apoyó su peso en los antebrazos. No quería perderse ni un segundo de ese perfecto cuadro que componía Patrick entre sus piernas.

El hombre volvió a besarla, apenas un instante, para luego bajar con su boca por el cuello, el esternón, hasta alcanzar sus senos.

Atendió cada pezón con su lengua y con pequeños roces de sus dientes. CJ apenas soportaba tanto placer. Lanzó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos, renunciando al espectáculo visual en pos del resto de sus sentidos.

Patrick siguió con su exploración, llegó a su ombligo, sobre el que trazó suaves círculos antes de seguir viaje hasta el coño. CJ estaba húmeda, abierta, más que lista.

Primero fue un roce suave en el punto más sensible.

—Patrick… —rogó.

—Sí. Di mi nombre, me encanta oírlo con ese tono entrecortado. —Repitió el toque suave de su lengua y CJ lo premió:

—¡Patrick!

—Mucho mejor. Ahora me esforzaré en que lo grites.

Ya no fue suave. Pasó la lengua por toda su abertura, arrastrando su humedad hasta cada rincón. Se concentró en el punto más sensible, imprimió mayor velocidad, hasta que sintió que los talones de CJ se clavaban en sus hombros.

Se detuvo antes de permitirle el orgasmo.

—Patrick…